La tostada socialista cae boca abajo
La campaña rosa del amor, los besos y arrumacos en actos preelectorales y el «buen rollete» bailongo han tenido que regresar a chiqueros. Ni se contaba con los negocios inmobiliarios de la pareja de su portavoz, ni con que PP y Vox acabarían recogiendo el envite desde la izquierda de listas únicas para el Senado, ni, por supuesto, con una tragedia ferroviaria de Urda que, sumada a la de hace meses en Adamuz, ronda la cifra de 120 fallecidos. El núcleo duro sanchista está contemplando cómo su elaborada tostada de argumentarios preelectorales y conejos en la chistera se les desliza entre las manos y cae al suelo justo por la parte más engorrosa, ya saben, la de la mantequilla y la mermelada. Su plan electoral –al menos hasta hoy– se está desmoronando.
Que Pedro Sánchez es el primero entre los consumados especialistas a la hora de convertir problemas en oportunidades, manejar los tiempos a conveniencia y revertir situaciones desfavorables gracias a la inestimable ayuda de la falta de escrúpulos no es ya ninguna novedad. Igual que en 2023, tras los comicios autonómicos supo ver antes que nadie el filón de los pactos PP-Vox para meter a la izquierda remolona y desencantada el miedo del dóberman en el cuerpo, en esta ocasión adelantaba los comicios generales tratando de alimentar su legendaria «baraka» con el caso «Mari Carmen» y sus derivadas a propósito de la precariedad de la vivienda, con sus dos decretos tumbados como fondo. Todo, sin embargo, le está volando por los aires. El discurso de la vivienda amortizado por un empresario «buitre» dueño de treinta pisos, el de la tensión en las calles –incluida la acampada en la madrileña Puerta del Sol, monumento a la insensatez populista– se está volviendo contra el propio Gobierno en forma de «kales borrokas». El pacto con el Frente Amplio para copar el Senado ha activado el entendimiento PP-Vox para controlar más aún la cámara alta y ahora el golpe de gracia que ha supuesto la tragedia de Urda, reflejado en unos cargos del Gobierno –especialmente en La Moncloa– en estado de shock con un ministro de Transportes cuya cabeza ya pondera Sánchez de cara a su control de daños electoral. Pensaban tomar la calle, pero la calle les da la espalda. Aquí ya no vale el marketing de la «señorita Pepis».


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