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Mientras el Gobierno bailaba

30 October 2026 at 02:50

Los análisis políticos –sí, políticos, porque política es la gestión de los recursos públicos– de la tragedia de Urda repiten una palabra: «Realidad». Lo hacen para describir aquello con lo que el Ejecutivo se da de bruces cuando anda enfrascado en alguno de los múltiples «relatos» que lleva ocho años produciendo en serie. Desde la pandemia hasta anteayer. Sabíamos que anticiparse a los problemas –¿para qué sirve un Gobierno?– nunca fue una prioridad para Pedro Sánchez y los equipos a su mando. Ahora somos conscientes de que solucionarlos tampoco entraba en sus planes. El argumentario habitual ya es dudoso de por sí. Aplicado a una segunda hecatombe en las vías de la misma línea de nuestra red ferroviaria es directamente obsceno.

Lo malo de estar en precampaña es que tenemos una respuesta crudamente visual a la pregunta de qué han estado haciendo los que mandan en el tiempo que ha separado los dos dramas. Bailar. Alguno pensará que es un resumen algo tosco. Pero si estos años han sido los de los gestos habrá que prestar una atención especial a aquellos cuya ejecución ha quedado más subrayada. Sobran los motivos que explican por qué estaba siendo la precampaña de las emociones. Citaremos dos. Uno es que encaja bien en un esquema que ha erradicado la rendición de cuentas. Otro es que hemos llegado a acostumbrarnos a un ecosistema en que el estado anímico del presidente está mucho más arriba en la escala de prioridades que el interés general.

Para que todo ello fuera posible era necesaria una factoría de distracción funcionando a pleno rendimiento. Estremece recordar la cantidad de nimiedades usadas para evitar prestar atención al derrumbe de la clase media española tal y como la conocíamos.

No era necesario para darnos cuenta, pero la tragedia ha presentado hasta un carácter macabramente simbólico. Ha tenido que producirse precisamente en el AVE, emblema de aquel país efervescente que hace cosa de tres décadas creía tener el futuro domesticado. Que ocurra bajo el manto competencial de Óscar Puente termina de hacerlo insoportable. Exceptuando a los que se han dedicado a dar soporte político a los grupos criminales, es la persona que más toxicidad ha aportado a la vida pública española desde el fin de la dictadura.

Su «personaje» de aspiraciones canallitas ha supuesto la creación más abyecta de la comunicación política. Sólo en la España del muro, instalada en el enfrentamiento avivado por las instituciones, podía ser viable un ministro que se pasara el día insultando a contribuyentes desde unas redes sociales que usa con la compulsividad propia del jubilado o del estudiante en estado de pellas permanentes.

Su hosquedad agreste, barnizada a veces con un poco de ese ingenio que adorna al despiadado, intentó vestirse de sentido de Estado con un torrente de palabrería hueca inmediatamente después del desastre de Adamuz. No tardó en volver por sus fueros, jaleado por esa marea de juglares capaz de tragar cualquier bazofia siempre y cuando venga envuelta en el logotipo del PSOE. Lo que llegó a escribirse sobre un hombre limitándose a hacer su trabajo.

Puente ha sido Puente hasta el último momento. Qué tono condescendiente en la comparecencia desde Atocha. El esfuerzo que no dedicó a la infraestructura lo empleó en tejer algo parecido a una narrativa exculpatoria. Ojalá estas líneas se queden antiguas y, para cuando aparezcan ante sus ojos, ya haya dejado de ser ministro de Transportes y candidato del PSOE al Congreso por Valladolid. Su renuncia a todo cargo es indispensable, pero no suficiente. Debe desaparecer completamente de la vida pública que tanto contribuyó a emponzoñar. Como Gerardo Iglesias volvió a la mina, Julio Anguita al instituto o Mariano Rajoy al registro, Óscar Puente ha de regresar allí donde sea capaz de ganarse la vida sin que su presencia nos recuerde la ofensa sistemática por parte de aquel que tenía que haber trabajado para nosotros. Eso servirá para que, dentro de muchos años, al topar con su efigie en alguna foto de archivo, podamos recordar todo aquello que nunca debiéramos volver a ser. Ojalá para entonces hayamos perdido el miedo a subirnos a un tren.

© La Razón

El ministro de Transportes, Óscar Puente en rueda de prensa
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