Jesús Linares, el sostén emocional de Urda: «Pequeñas certezas en medio de la incertidumbre reduce enormemente el desamparo»
El estruendo del accidente de Urda (Toledo) deja paso a una réplica invisible pero devastadora: el impacto psicológico en las víctimas, sus familias y los propios equipos de rescate. En la primera línea de esta tragedia, los psicólogos especialistas en grandes catástrofes no aplican tratamientos de despacho ni psicoterapias prolongadas. Su cometido en esas primeras horas se enmarca en los primeros auxilios psicológicos: acompañar, estabilizar, detectar necesidades inmediatas y proporcionar las herramientas emocionales necesarias para transitar el caos inicial. «Aunque somos psicólogos, aquí no estamos haciendo terapia, en una emergencia lo que hacemos es intervención en emergencias». Jesús Linares es psicólogo y estos días gestiona desde Atocha y Urda la atención a las familias de las víctimas que iban llegando.
La premisa de trabajo parte de una evaluación casi instantánea sobre el terreno: determinar qué ha ocurrido, qué sabe la persona afectada, con quién se encuentra y qué capacidad de funcionamiento mantiene en ese instante de quiebre.
Según el experto, en este escenario de desorientación, las manifestaciones del dolor no siguen un patrón predecible. Hay quienes reaccionan con una intensidad emocional desbordada, gritos o expresiones de rabia, mientras que otros se sumen en un silencio absoluto o en una aparente frialdad pragmática. «Adaptarnos al ritmo de la persona es fundamental. Hay quien necesita hablar, hay quien no quiere hablar, hay quien llora y hay quien permanece en silencio. Ninguna de estas respuestas es buena o mala per se: son respuestas normales ante una situación absolutamente anormal».
Frente a conductas desreguladas que la población general podría interpretar como un extravío mental, la perspectiva profesional es tajante: «Nadie se está volviendo loco; lo que se ha vuelto loco es el contexto».
Pero la eficacia de la respuesta no se mide por la cantidad de psicólogos desplegados en el primer minuto, sino por la capacidad de garantizar que nadie se quede solo en el camino. «En una emergencia no podemos cambiar lo que ha ocurrido; nuestro trabajo consiste en procurar que nadie tenga que atravesarlo solo y evitar todo el daño colateral que sí es prevenible». Porque la intervención ante una tragedia ferroviaria atraviesa distintos momentos psicológicos. En la fase aguda de shock, el objetivo prioritario es reducir la sobreestimulación y atender las demandas fisiológicas y de seguridad más primarias, hablando de forma clara y sencilla y orientando a la persona. En muchos casos, la saturación mental obliga a repetir la misma información básica varias veces debido a la severa merma de la capacidad de procesamiento.
Sin embargo, el reto más complejo durante las primeras horas es la gestión de la incertidumbre. Ante la falta de datos definitivos, la desesperación empuja a los familiares a buscar respuestas en fuentes no contrastadas. La regla de oro en la atención en crisis prohíbe especular o alimentar falsas esperanzas. «Se trabaja con lo que se sabe en cada instante: esto es lo que sabemos, esto es lo que todavía no sabemos y esto es lo que se está haciendo para averiguarlo». El experto cree que «devolver pequeñas certezas concretas en mitad del desamparo ofrece un anclaje de realidad que reduce notablemente la desprotección».
Cuando la incertidumbre da paso a la confirmación de un mal desenlace, el objetivo del psicólogo se transforma de inmediato. La prioridad ya no es reducir la duda, sino acompañar en la asimilación del golpe. La comunicación de malas noticias exige espacios de estricta privacidad, tiempo sin prisas y una profunda humanidad. «El objetivo de comunicar una mala noticia no es simplemente decirla, sino acompañar en ese proceso. Después de dar la información, muchas veces el silencio en sí mismo es la mejor intervención; no necesitamos llenar cada espacio de palabras».
En la atención a familiares golpeados por una pérdida repentina, la prisa por consolar suele ser una trampa provocada por la propia ansiedad del observador. Ver a alguien sumido en la devastación genera un malestar en el entorno que tienta a utilizar recursos apresurados. Frases hechas como «tienes que ser fuerte», «todo pasa» o «al menos no sufrió» resultan profundamente dañinas y contraproducentes. Lo que puede ayudar a reconfortar son gestos mucho más sencillos y humanos: la protección, el respeto, la información veraz y la certeza de no ser abandonado.
«A veces una de las mejores intervenciones es decir con honestidad: “No puedo decirte nada que te quite este dolor, pero voy a estar aquí contigo acompañándote en lo que necesites”». Asimismo, devolver pequeñas parcelas de control resulta terapéutico cuando la tragedia ha barrido cualquier esquema de seguridad. Permitir que el familiar decida a quién llamar, dónde esperar o qué paso dar a continuación ayuda a reconstruir la autonomía perdida.
Por otro lado, la vivencia del sufrimiento adopta formas engañosas. «El sufrimiento no siempre se parece al sufrimiento». Una persona devastada por dentro puede no derramar una sola lágrima o mostrar una preocupación desmedida por aspectos aparentemente triviales, como la tramitación de un equipaje. Esta respuesta pragmática responde a un mecanismo de defensa del propio organismo para lograr soportar el impacto inicial.
Los psicólogos de urgencias tampoco son inmunes a la magnitud de la tragedia. Frente al riesgo de desbordamiento, la formación técnica, el trabajo bajo protocolos estrictos y las rotaciones de equipo son pantalla protectora. Y es que cuidar la salud mental de los profesionales no es un lujo sino un requisito directo de la seguridad del dispositivo: un interviniente saturado toma peores decisiones. Pero la experiencia acumulada en este tipo de siniestros de Linares revela un fenómeno crucial: la «geografía psicológica» de una catástrofe trasciende con creces el mapa físico del accidente. El radio del impacto emocional se extiende y la emergencia psicológica «no finaliza cuando concluye el rescate sobre las vías». Cuando el foco desaparece, las víctimas y sus familias continúan necesitando una red asistencial durante semanas, meses o años y es importante no desatender esta necesidad.


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