El voto emocional
A estas alturas de bronca precampaña es evidente que Pedro Sánchez antepone las vísceras a la razón para movilizar a su electorado. El conocido binomio de argumentos frente a las siglas, que envuelve toda contienda política, demuestra que la izquierda prefiere lo segundo y se agita sobre el llamado voto emocional. Hete aquí a un líder carente de empatía transformado en un ser humanoide, dicen que tras unos cursos de aprendizaje, en su incesante gira por los medios y televisiones afines. Así vemos a Sánchez besando con pasión a su señora, vestido con una camiseta con el lema la fuerza del amor, y hasta sabemos que mantiene con Begoña una vida sexual activa y sana. Olé por el presidente.
Ha recuperado a Franco, ni más faltaba, y arremete contra el pacto suscrito por el PP y Vox en el Senado con la amenaza de la involución. Olvida su acuerdo con el Frente Rancio, cuya número dos, esa impresentable Tesh Sidi apela a la entrega de armas a los terroristas de Hamás, bromea con la muerte del Santo Padre y se recrea en insultos al cristianismo. Una joya de socios para una coalición de listas conjuntas en las que el PSOE renuncia a su identidad como partido. Algo que no sucede en el texto suscrito por la derecha sobre listas únicas que permiten al PP y Vox mantenerla bajo la fórmula de no presentarse en algunas circunscripciones.
En esa llamada a los sentimientos emocionales, todos contra la derecha, lo que sea para que no gobierne, radica la resistencia de Pedro Sánchez e incluso su remontada en las encuestas.
El «agit prop» de la izquierda es una estrategia política de comunicación que utiliza actividades culturales, el arte, el cine o la literatura para influir en la opinión pública y movilizar a las masas. Un término bolchevique nacido en la Unión Soviética como abreviatura del Departamento de Agitación y Propaganda dentro del Comité Central del Partido Comunista.
Para Sánchez todo ello es patrimonio exclusivo de la izquierda, frente al ogro de Alberto Núñez Feijóo, a quien califica de envoltorio de Santiago Abascal. En este sucio terreno el Partido Popular no puede caer en la trampa y debe sacar todos los días a José Luis Ábalos, Koldo García, Leire Díez, Begoña, el «hermanísimo» David Sánchez, las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero y la invasión de Ceuta, cuyas víctimas son silenciadas por completo en los mítines de Sánchez. Honradez frente a corrupción. Decencia frente a delincuencia. Putas, narcos, sospechas de financiación irregular y ocho años de convulsa legislatura con destrucción de las instituciones.
La violencia callejera es muy preocupante. Los salvajes estallidos en Barcelona y Bilbao no son censurados con energía por el sanchismo, que ignora la ruina de centenares de empresarios y comerciantes.
El presidente de la patronal catalana Foment del Treball, Josep Sánchez Llibre, lo ha dicho muy bien: «Paralizar empresas no construye viviendas». En un magnífico discurso durante la entrega de las Medallas de Honor de la patronal, ante más de mil representantes del mundo económico e industrial de Cataluña, reclamó que los graves sucesos de Barcelona no pueden quedar impunes. «Sin orden no hay libertad», advirtió. Algo que desoye este Gobierno apoyando la huelga general del 11 de noviembre. Dejando aparte el respeto al derecho de manifestación de los trabajadores, está claro que se convoca contra la oposición y resulta equivocada, inoportuna, irresponsable y perjudicial para la economía del país.
«Se nos rompió el amor de tanto usarlo», cantaba «la más grande», Rocío Jurado. Tal vez eso le suceda al presidente Pedro Sánchez en esta dura campaña, larga, tensa y vete a saber qué sorpresas aún nos depara. El reto de Alberto Núñez Feijóo es precisamente ese, romper el voto emocional que moviliza a la izquierda. Si lo consigue habrá ganado las elecciones, pero, sobre todo, habrá ganado España.


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