¿Y si nadie le ha robado el mundo a la generación Z?
Ahora viene la llamada generación Z y dice que “se le ha robado el mundo” presentándose los jóvenes como víctimas, eximiéndolos de cualquier responsabilidad sobre su propio futuro, pero hay una cuestión importante: ¿estamos ante una generación a la que se le han cerrado las puertas o ante una generación que, en algunos casos, espera encontrar las puertas abiertas sin tener que hacer tantos sacrificios? Es innegable que muchos jóvenes se enfrentan a obstáculos objetivos: viviendas inaccesibles, empleos inestables y dificultades para ahorrar. No basta con trabajar duro cuando las condiciones económicas son desfavorables. Además, comparar su situación con la de generaciones anteriores exige recordar que el contexto histórico y las oportunidades no son idénticos, pero también cabe cuestionar ciertos aspectos de la cultura actual.
Vivimos en una sociedad que promete satisfacción inmediata, comodidad y éxito rápido. Las redes sociales muestran resultados espectaculares, pero rara vez reflejan los años de esfuerzo, las renuncias y los fracasos que hay detrás. Esto puede alimentar expectativas poco realistas: querer independencia económica, una vivienda propia, tiempo libre y un trabajo satisfactorio desde muy pronto, sin aceptar siempre el proceso gradual que esos objetivos requieren. El problema aparece cuando se confunde el derecho a tener oportunidades con la expectativa de obtener resultados sin asumir costes. La frustración es comprensible cuando existen barreras injustas, pero no todo obstáculo constituye una injusticia, ni todo sacrificio implica que alguien nos esté robando algo.
También sería injusto generalizar. Hay jóvenes extraordinariamente trabajadores, emprendedores y comprometidos, del mismo modo que existen adultos acomodados que atribuyen sus dificultades exclusivamente a los demás. Quizá la cuestión de fondo no sea si a la generación Z le ha robado el mundo o si se ha vuelto más cómoda. Es si estamos educando a los jóvenes para afrontar la realidad tal como es, con sus injusticias y dificultades, o si les hemos transmitido una idea del bienestar que difícilmente puede cumplirse. Una sociedad debe ofrecer oportunidades reales, pero también educar en el esfuerzo, la paciencia, la responsabilidad y la tolerancia a la frustración.
Sin lo primero, el esfuerzo puede resultar insuficiente; sin lo segundo, incluso las oportunidades pueden desaprovecharse.

