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¿Se puede matar con la mente como Carrie? Lo que la ciencia demuestra (y Putin confirma) sobre la telequinesis

27 October 2026 at 23:02
Summer H. Howell es Carrie White en la serie de Mike Flanagan.

Hay algo reconfortante y atávico en ver arder un gimnasio de instituto repleto de adolescentes abusones, aspirantes a reinas del baile y profesores mediocres. La catarsis de una buena venganza es uno de los placeres inconfesables de la ficción contemporánea, y la nueva adaptación de Carrie en Prime Video lo ha recordado colocándose en lo más alto de las listas de visualizaciones globales.

Detrás del artefacto está Mike Flanagan, cirujano emocional del terror moderno (La maldición de Hill House, Misa de medianoche), que vuelve a demostrar por qué el mismísimo Stephen King lo ha coronado públicamente como el mejor traductor audiovisual de sus pesadillas. El propio escritor ha bendecido la serie figurando como productor ejecutivo, consciente de que esta revisión no pretende fotocopiar su primera novela de 1974 ni profanar el tótem cinematográfico de Brian De Palma de 1976.

Si la obra original era un puzle de informes forenses, cartas y testimonios judiciales, y el clásico de De Palma un festín barroco de pantallas partidas y lirismo voyeurista, con Sissy Spacek coronada con sangre animal, la serie de Flanagan traslada al siglo XXI de la generación Z la asfixia de Carrie, la chica condenada por sus superpoderes (encarnada con un desamparo volcánico por Summer H. Howell) y una madre castradora (una escalofriante Samantha Sloyan). El cubo de casquería porcina ya no es solo una broma sádica ante un centenar de testigos; en la era del directo en redes sociales y los linchamientos escolares virales, el escarnio es universal y perpetuo. La respuesta de Carrie no es solo un espasmo de rabia adolescente, sino una rebelión termodinámica con la energía de un superincendio de sexta generación.

La película de De Palma no abundaba en el origen de los poderes sobrenaturales de Carrie, pero la serie de Flanagan se recrea en explicarlos y ponerles nombre: telequinesis. O el poder de mover cosas y provocar fenómenos con la mente (¿se acuerdan de Uri Geller?). ¿Pero existe realmente ese poder? ¿Se puede entrenar esa chispa para cerrar puertas con la mirada y ajustar cuentas con el mundo?

Brujas o santas

En la ficción de Flanagan, como en las páginas de King, Margaret White tiene clara la respuesta: los poderes de Carrie son el demonio entrando por las rendijas de la pubertad. La misma magia negra que la Inquisición o los puritanos de las Trece Colonias perseguían con antorchas. Una asociación histórica que la serie explora y que no es baladí. Antes de que el término psicocinesis o telequinesis fuera acuñado a finales del siglo XIX por investigadores de lo oculto, cualquier objeto que volara sin cuerda visible se atribuía al Diablo, a los espíritus burlones (poltergeist) o a la santidad.

Los procesos por brujería de Salem en 1692 estuvieron plagados de testimonios de platos que salían despedidos de los aparadores y cuerpos que se retorcían bajo fuerzas invisibles. Siglos antes, las visiones, voces y la extraordinaria capacidad de convicción bélica de Juana de Arco fueron interpretadas como un canal directo con lo divino –o con el abismo herético, según a quién se preguntara en Ruán–. La humanidad siempre ha necesitado una etiqueta sobrenatural para los estallidos que la razón de su época no alcanzaba a procesar: si una joven tímida y maltratada parecía canalizar una energía desmedida, o ardía en la pira por bruja o se le erigía un altar.

El arma de guerra definitiva

Con el nacimiento de la parapsicología experimental en la década de 1930, el misticismo dio paso a las batas blancas. J. B. Rhine, el botánico estadounidense de la Universidad de Duke que trató de establecer la disciplina como una rama de la psicología, fundó el famoso laboratorio donde pretendió medir la influencia de la mente sobre la materia pidiendo a voluntarios que desearan intensamente el resultado de dados arrojados mecánicamente. Rhine proclamó efectos estadísticos favorables, pero su metodología hacía aguas: el sesgo de confirmación, la falta de protocolos de doble ciego y la incapacidad de replicar los resultados por parte de laboratorios independientes relegaron sus conclusiones al cajón de los deseos incumplidos.

Durante la Guerra Fría, la paranoia militar llevó el asunto al delirio burocrático. La Unión Soviética financió experimentos con médiums como Nina Kulagina, grabada en blanco y negro moviendo supuestamente cerillas y brújulas bajo campanas de cristal (trucos que magos de escenario desarmaron más tarde demostrando el uso de hilos micrométricos invisibles). Al otro lado del telón de acero, la CIA no quiso quedarse atrás y financió el célebre Proyecto Stargate, convencida de que los rusos podían matar cabras a distancia con el ceño fruncido o espiar silos nucleares mediante proyección astral. El proyecto se canceló en los años noventa con una conclusión demoledora de la consultora externa American Institutes for Research: no había una sola prueba empírica de utilidad operativa.

Nina Kulagina en una de sus dudosas demostraciones.
Nina Kulagina en una de sus dudosas demostraciones.

Por qué tu cabeza explotaría si movieras cosas con la mente

Si acudimos a la ciencia rigurosa contemporánea, la que se publica en revistas con revisión por pares y no en foros de esoterismo, la telequinesis choca con un muro infranqueable: las leyes fundamentales del universo. Resumimos en tres puntos las refutaciones científicas de los poderes de Carrie White.

La brecha energética. El cerebro humano es un prodigio biológico que consume unos 20 vatios de potencia, el equivalente a la bombilla de una nevera. Su actividad genera señales eléctricas y campos magnéticos medibles mediante electroencefalogramas (EEG) y magnetoencefalografías (MEG). Sin embargo, esos campos magnéticos son del orden de femtoteslas o picoteslas; tan infinitesimales que no bastan para mover una partícula de polvo microscópica suspendida en el aire, así que mucho menos un automóvil o una grada entera de espectadores.

La Tercera Ley de Newton. A toda acción corresponde una reacción igual y de sentido opuesto. Si una mente fuera capaz de proyectar una fuerza vectorial para lanzar a un matón de 80 kilos por los aires contra la canasta, el cerebro emisor debería experimentar instantáneamente un retroceso equivalente de varios cientos de newtons. El cráneo de Carrie se reventaría contra la pared del polideportivo de Chamberlain antes de que el primer proyectil humano tocara el suelo.

El vacío de mediación. En física solo existen cuatro fuerzas fundamentales: la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la débil. No existe una "quinta fuerza" neuronal que pueda saltar el espacio vacío entre las sinapsis de una persona y las cerraduras de las puertas de un pabellón sin degradarse exponencialmente con el cuadrado de la distancia.

    Un millón para... nadie

    Durante 28 años, la Universidad de Princeton mantuvo abierto el laboratorio PEAR (Princeton Engineering Anomalies Research), tratando de demostrar que la concentración humana podía alterar generadores cuánticos de números aleatorios. Cuando cerró sus puertas en 2007, los resultados eran estadísticamente irrelevantes o imposibles de duplicar de forma robusta. Durante décadas, la Fundación Educativa James Randi mantuvo su premio de un millón de dólares para cualquiera que lograra mover un mísero trozo de papel milimétrico bajo condiciones científicas controladas. Nadie se lo llevó jamás.

    Como la de cualquier superpoder, la fantasía de la telequinesis sigue viva, en parte, porque apela a un mecanismo psicológico universal: el poder oculto del débil. Es la tentación de pensar que bajo la timidez, el aislamiento o las burlas del grupo habita un león dormido capaz de doblegar la arquitectura del mundo con solo apretar los dientes.

    El arma definitiva

    Pero la prueba quizá más convincente de que la telequinesis no existe, ni se aprende mediante manuales de autoayuda, respiraciones holotrópicas o tutoriales clandestinos, no es un teorema de termodinámica, sino la geopolítica más descarnada.

    Si fuera biológicamente posible entrenar el sistema nervioso para hacer estallar un pueblo entero, romper vigas a distancia o fulminar el corazón de doscientos adversarios sin dejar huella balística, los Estados Mayores de las grandes potencias no malgastarían cientos de miles de millones en misiles hipersónicos, tanques tan pesados como vulnerables y enjambres de drones. Vladímir Putin no llevaría años empantanado en las trincheras del Donbás mandando blindados soviéticos reciclados: ya habría reclutado y encerrado en un búnker de Sochi a un batallón de adolescentes atormentadas para apagar los reactores de Kiev y torcer el cuello de sus enemigos a mil kilómetros de distancia.

    Carrie White seguirá reinando en el catálogo de Prime Video como la reina indiscutible del terror psicológico y la catarsis sangrienta. Pero fuera de la pantalla de Mike Flanagan, si alguien quiere vengarse de los acosadores del instituto tendrá que recurrir a métodos mucho más mundanos, lentos y sobre todo legales: prosperar, ignorarlos o esperar a que la vida se encargue del trabajo sucio sin necesidad de derramar una sola gota de sangre de cerdo. El karma, como dice Emaline, la amiga invisible de Carrie e instigadora de todas sus tropelías, en un momento de la serie.

    El Prado, museo de Caminos, Canales y Puertos: las obras de ingeniería que esconden las obras maestras de Da Vinci, El Greco o Goya

    26 October 2026 at 13:03
    'Vista de Zaragoza' (1647), de Juan Bautista Martínez del Mazo.

    Detrás de la enigmática mirada de la Mona Lisa que custodia el Museo del Prado –aquella salida del taller de Leonardo da Vinci con idéntica pericia pero mejor cutis que la parisina–, el ojo común suele perderse en las brumas azuladas del sfumato toscano. Sin embargo, si se baja la vista hacia el costado derecho del paisaje, un diminuto viaducto de arcos de piedra resiste el paso de las aguas y de los siglos. Está ahí, exacto y calculable, tal y como aún hoy se alza en la campiña italiana. se trata del Ponte Buriano, un paso de piedra del siglo XIII sobre el río Arno cuyas bóvedas rebajadas llamaron la atención de Da Vinci por su eficaz respuesta a las crecidas fluviales.

    Ese puente no es un capricho decorativo o. escénico: es ingeniería civil. Y es precisamente esa mirada –la del compás, la cimbra y el trazado topográfico– la que ahora propone el Prado con su nuevo recorrido temático: La ingeniería en el Prado: un puente entre el arte y la técnica.

    La iniciativa, organizada en colaboración con la Fundación Fhecor –dedicada al estudio y la difusión de la historia de la ingeniería– y visitable hasta el 21 de febrero de 2027, invita a recorrer las tres plantas del edificio Villanueva siguiendo el rastro del cálculo y la construcción a través de 29 cuadros fechados entre el siglo XV y finales del XIX. Los ingenieros Francisco Javier León y Francisco Javier Fernández Pozuelo, comisarios de la propuesta, se han dedicado a peinar sala a sala las paredes del museo para demostrar que el arte y la técnica jamás fueron disciplinas estancas.

    "La ingeniería está en todas partes, y eso que el Prado no recoge la explosión de las obras de ingeniería del siglo XIX", ha advertido este lunes Fernández Pozuelo durante la presentación de la exposición con el entusiasmo del perito que descubre un plano oculto bajo capas de barniz. "¿Qué quiso el artista? ¿Por qué lo puso ahí?".

    Del protagonismo absoluto al detalle en lontananza

    El itinerario no fuerza lecturas anacrónicas sino que desgrana la relación entre el creador y la transformación del territorio a través de tres niveles de protagonismo. En el primero, la obra civil se adueña del cuadro: es el caso de la teatral Perspectiva de un anfiteatro romano, firmada al alimón por Viviano Codazzi y Domenico Gargiulo, o las minuciosas vistas de Mariano Ramón Sánchez, como El puente de Molins de Rey y el Puente de Martorell, donde la sillería y el arco son el centro de gravedad visual y conceptual.

    En un segundo escalón, las infraestructuras operan como el escenario reconocible que fija el pulso de la vida urbana o devocional. Andrea Mantegna recurre a la arquitectura civil para enmarcar El Tránsito de la Virgen, del mismo modo que Francisco de Goya y José del Castillo levantan la fisonomía de la capital en sus respectivas versiones de La pradera de San Isidro, donde los puentes sobre el Manzanares ordenan la perspectiva y dan escala a la multitud festiva.

    El tercer grupo exige la paciencia del observador. En retratos de aparato como el majestuoso Luis XIV de Hyacinthe Rigaud, en La Huida a Egipto de El Greco o en la Sagrada Familia, llamada la Perla de Rafael, las construcciones se repliegan hacia la lejanía. Pero no son manchas al azar: dotan de profundidad geométrica a la escena, canalizan la fuga de la mirada y actúan como símbolos silenciosos de orden, frontera o civilización.

    Lienzos como actas notariales

    Más allá de su innegable valor plástico, las pinturas del Prado funcionan como actas notariales de infraestructuras transformadas por el paso del tiempo o borradas de la faz de la tierra. La precisión de los maestros antiguos ha permitido a los ingenieros de Fhecor recomponer la memoria material de un país que a menudo olvida lo que levanta.

    Los ingenieros Francisco Javier León y Francisco Javier Fernández Pozuelo, comisarios de la propuesta, han peinado el Prado sala a sala en busca de buenos ejemplos de obra civil

    En la imponente Vista de Zaragoza (1647), Juan Bautista Martínez del Mazo no solo capturó el perfil urbano de la capital aragonesa: documentó al detalle las cicatrices, reparaciones y reformas del histórico puente de piedra sobre el Ebro tras las embestidas de las riadas. Otro tanto ocurre con Antonio Joli, de quien se exponen dos lienzos de 1759 que muestran la Partida de Carlos de Borbón a España: uno desde la dársena y otro mar adentro. El cotejo de ambas perspectivas permite reconstruir la morfología histórica de las defensas y muelles del puerto de Nápoles en el instante exacto en que el futuro Carlos III zarpaba para ceñirse la corona española.

    El recorrido rinde también tributo a los fantasmas de la técnica. En el Díptico con 42 vistas monumentales de ciudades españolas, de Genaro Pérez Villaamil, asoma la silueta del mítico artificio de Juanelo Turriano, el colosal ingenio hidráulico de ruedas y cucharas que subía el agua del Tajo hasta el Alcázar de Toledo y del que apenas sobreviven legajos y bosquejos mecánicos. En otros casos, la pintura actúa como elegía involuntaria: el citado Puente de Molins de Rey de Mariano Ramón Sánchez es el mejor registro visual de una estructura dieciochesca que sucumbió definitivamente a la devastadora riada del Llobregat en 1973.

    De la tierra al aire

    No todo es piedra y mortero. Entre los 29 hitos seleccionados late también la fascinación por las nuevas fronteras de la física. Es inevitable detenerse ante la Ascensión de un globo Montgolfier en Aranjuez (1784), de Antonio Carnicero, la única pieza de ingeniería aeroespacial que custodia la pinacoteca. El lienzo inmortaliza el primer vuelo aerostático tripulado en suelo español ante la atenta mirada de la corte de Carlos III, una proeza técnica que culminó con un aparatoso aterrizaje y que Carnicero congeló con la exactitud de un cronista moderno.

    "Acercar al ciudadano la construcción de las cosas es uno de los objetivos que recoge la muestra", subraya el comisario Javier León. Las infraestructuras no solo hablan de hormigón, madera o hierro; narran el funcionamiento de las sociedades, sus prioridades productivas y la perpetua ambición humana por desafiar los límites orográficos.

    El Prado y Fhecor redondearán este diálogo el próximo 16 de diciembre con dos conferencias monográficas dedicadas a la historia de los puentes y su imbricación con la pintura. Hasta entonces, quien cruce las puertas de Villanueva no necesitará casco de obra, pero sí afinar la mirada: descubrirá que, mucho antes de que existieran las facultades de caminos, los grandes genios del óleo ya sabían calcular el peso del mundo.

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