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Crean el primer atlas que incluye todas las células de un animal vertebrado

29 October 2026 at 19:00

Imagínate contar cada uno de los granos de arroz que vienen en un paquete. Probablemente te lleve un buen rato, sobre todo si te pido que, aparte de contarlos, analices la composición de cada uno. Te enfrentas a la titánica tarea de estudiar 50.000 granos de arroz y, más o menos, eso es lo que acaba de hacer un grupo de científicos del Whitehead Institute for Biomedical Research, en Cambridge, Massachusetts. Y cuando decimos “más o menos” es porque no se trataba de 50.000, sino de 600.000 granos, el equivalente a 10 paquetes de 1 kilo y, bueno… tampoco era arroz, sino las células de un pez. En resumen: han logrado clasificar qué genes expresan cada una de esas 600.000 células repartidas por todo el cuerpo del animal, creando el primer atlas celular de cuerpo completo de un vertebrado adulto.

Pueden parecer muchos añadidos al hito de “el primer atlas celular” porque, efectivamente, ya existen muchos que se centran solo en un tejido o unos pocos órganos. También había algunos de cuerpo completo que estudiaban a criaturas más “sencillas”, como unos gusanos planos llamados planarias. Había incluso algún atlas de cuerpo completo de vertebrados, pero en fases embrionarias de su desarrollo, cuando hay menos células implicadas. Todos esos añadidos son extras de complejidad que este equipo de investigación aceptó y que ha logrado doblegar. Pero lo más espectacular es cómo lo han logrado.

De entre todos los peces en el mar…

La primera clave fue seleccionar el organismo de experimentación adecuado. "Deniz y yo pensamos: ¿Sería posible obtener un atlas del transcriptoma de tipos celulares de un vertebrado completo?", dijo el líder de la investigación, Peter Reddien. "Aquí hay un animal con el que podríamos tener una oportunidad". Y ese animal era Danionella cerebrum un pez diminuto que ni siquiera alcanza el centímetro de longitud. Un cuerpecillo tan pequeño reduce el número de células a estudiar, lo cual es de agradecer, pero sus ventajas no terminan aquí.

La especie se hizo famosa en los laboratorios por su cuerpo transparente, que permite observar, desde fuera, cómo regenera sus órganos ante una lesión. Pero, sobre todo, lo que convenció a los investigadores fue su similitud genética con el pez cebra, un animal que los investigadores conocen muy bien y, toda esa información, facilitaba comprender el funcionamiento de Danionella cerebrum.

La cuenta de nunca acabar

Pero elegir el organismo de investigación es solo el primer paso. Los científicos se enfrentaban a la tarea realmente titánica de tomar muestras de células repartidas por todo su cuerpo y, entonces, analizar qué genes estaban activos en cada una de ellas. Porque todas nuestras células tienen el mismo ADN (salvo los glóbulos rojos, que no tienen núcleo). La diferencia entre una neurona y una célula del hígado está en que ninguna de las dos expresa la totalidad de su ADN, solo un puñado de genes que condicionan su desarrollo y su actividad. Y, por suerte, los investigadores saben bien cómo identificar qué genes están activos.

Un gen es algo así como un apartado dentro de un manual de instrucciones concreto. Nuestras células transcriben ese fragmento del ADN en otro tipo de molécula muy similar llamado ARN y, este, se traduce a su vez en proteínas, que podrían ser los muebles que esas instrucciones enseñan a construir. Si analizamos el contenido de una célula, el ARN que contenga nos dará una pista de qué genes se han transcrito y, por lo tanto, podremos deducir que esos son los que están activos. Seiscientas mil células después, los investigadores se habían hecho con una lista interminable de qué genes expresaban células de diferentes partes del organismo, lo que se conoce como transcriptoma y, en palabras de Reddien: "Los transcriptomas de las células te dicen cómo se está utilizando ese genoma en los diferentes tipos celulares. Tener el transcriptoma de cada tipo celular parece un gran punto de inflexión en cómo uno investigaría la biología de un organismo".

Un paso más

No contentos con este hito, los autores del estudio quisieron llevar la investigación un paso más allá. Lesionaron una parte del cerebro del pez y con la ayuda del atlas, pudieron seguir, célula a célula, la regeneración de la herida. Desde la respuesta inmunitaria temprana hasta la activación de las células madre neurales y la producción de nuevas neuronas. Descubrieron que las neuronas más cercanas entre sí se parecían genéticamente mucho entre ellas, aunque no liberaran los mismos neurotransmisores. De hecho, se parecían más entre ellas que a otras lejanas con las que sí compartían neurotransmisor. "Una vez que tienes un atlas con resolución espacial, sabes qué tipos celulares existen, pero también conoces a los vecinos de esos tipos celulares en este contexto", dice Kutay Deniz Atabay, que lideró el trabajo como investigador postdoctoral en el laboratorio del miembro del Instituto Whitehead Peter Reddien. "Esto te da acceso a múltiples niveles diferentes de complejidad, desde lo molecular a lo celular y a los sistemas".

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Por muy pequeño que sea, un pez de 1 centímetro tiene muchísimas más células de las que han estudiado en esta investigación. Sin embargo, 600.000, bien elegidas, pueden dar información muy representativa sobre el cuerpo completo del animal. En este caso, han permitido a los investigadores crear DigiFish, una plataforma interactiva para explorar tipos celulares y actividad génica en todo el animal que, sin duda, contribuirá a potenciar estas líneas de investigación.

REFERENCIAS (MLA):

  • Atabay, Kutay Deniz, et al. "Whole-Body Single-Cell Atlas of an Adult Vertebrate in Homeostasis and Regeneration." Science, 2026. AAAS, doi:10.64898/2026.02.03.703562.

© Eurekalert

Las letras impresas son visibles a través del cuerpo casi transparente de Danionella cerebrum, un pequeño pez que abre nuevas posibilidades para estudiar el cerebro de los vertebrados.

Está pasando algo en la Antártida que no veíamos desde hacía 130.000 años... y no pinta bien

28 October 2026 at 10:00

La Antártida es un continente rodeado por océanos. Justo lo contrario al Ártico, que es un océano rodeado de continentes. Esto hace que el cambio climático no les afecte por igual y que, aunque se funda, la Antártida lo haga mucho más lento que sus antípodas. Las corrientes que lo rodean convierten al polo sur en una especie de santuario climático, “atrapando” el frío como buenamente puede. Sin embargo, cuando hablamos de fluidos, la física sabe que nada es tan sencillo. Sobre todo, cuando esos fluidos tienen el tamaño de mares y de la propia atmósfera terrestre. Según un estudio que acaba de ser publicado en Nature Climate Change, el hielo que ha fundido en la Antártida podría estar despertando un cambio que no veíamos en 130.000 años.

En el estudio, los investigadores parten de una premisa que puede parecer contraintuitiva: cada vez se funde menos hielo flotante en la Antártida. La clave está en que una parte de la banquisa, que es como se llama al hielo marino, se funde cada verano y aporta agua dulce al océano, que, al ser menos densa, se queda en la superficie. Pero, para que eso suceda, hace falta que haya banquisa que fundir, y la subida de las temperaturas hacen que cada vez quede menos. En palabras del profesor asociado Bishakhdatta Gayen: “Hasta 2016, el deshielo estival estacional era el triple del caudal anual total del río Amazonas, de unos 6.600 km³ […] A partir de 2016, el hielo marino antártico se redujo a mínimos históricos. Esto cortó abruptamente esa oleada estacional crítica y el aporte de agua de deshielo cayó a aproximadamente el doble del caudal anual del Amazonas". Y aunque no lo parezca, esto podría desencadenar un efecto dominó que termine afectando al resto del planeta.

Calor en las profundidades

Para entender esta cascada de acontecimientos, conviene empezar por el primero de sus elementos: la AAIW. El Agua Intermedia Antártica (AAIW) es una gran capa de agua que se forma en la zona subantártica, se hunde a cientos de metros (profundidades intermedias, de ahí su nombre) y viaja hacia el norte por el Atlántico, el Índico y el Pacífico, transportando calor, agua dulce, carbono y oxígeno. Ahora bien…. ¿Qué pasaría si cada año la AAIW recibiera menos agua dulce de la banquisa? La AAIW se volvería más salada y, por lo tanto, más densa. Esa agua tendería a hundirse más y cedería su calor a las capas profundas.

En palabras del profesor Gayen: "La región antártica es el motor de agua dulce de los océanos de todo el mundo. El deshielo del hielo marino antártico influye en la circulación a miles de kilómetros de distancia. […] Si el AAIW alterado cambia la forma en que el agua superficial es transportada hacia las capas más profundas, podría afectar cuánto carbono almacena el océano, aunque la magnitud y el momento son inciertos". Un cambio que, por lo que sabemos, ocurrió por última vez hace 130.000 años, antes incluso de que empezara la última glaciación. Y, lo que más preocupa a los investigadores: "Esa transición llevó miles de años, no dos décadas", dijo el profesor asociado.

El verdadero problema

Pero el efecto dominó no ha terminado. El verdadero problema de que llegue más calor del esperado a las profundidades es que, hasta ahora, creíamos que estaban relativamente aisladas de los cambios de temperatura que experimentan las capas más superficiales de los océanos. A fin de cuentas, al aumentar su temperatura por el cambio climático, las capas superficiales se hacen menos densas y se hunden menos, estratificando los mares y dificultando que la superficie se mezcle con las profundidades. Al limitar el calentamiento a unos cientos de metros, la cantidad de agua que se dilata por el aumento de las temperaturas también es mayor, pero si se empieza a calentar el resto, los océanos aumentarán más de volumen y el nivel del mar podría subir más rápido de lo que los expertos proyectan.

Otro de los autores, el estudiante de doctorado Kaushik Mishra lo expresa así: "el océano absorbe más del 90 por ciento de todo el calor liberado al medio ambiente por las actividades humanas, y la mayor parte de ese calor se almacena en el océano superior. Una capa de AAIW debilitada podría empujar más calor excedente hacia las profundidades. Eso significaría que los modelos existentes están subestimando el calentamiento del océano profundo y, por tanto, calculando mal el aumento del nivel del mar regional y las temperaturas superficiales oceánicas y terrestres a largo plazo".

Y esta AAIW podría dejarnos algunos regalos extra. Según el coautor y profesor Naveira Garabato: "Un cambio sostenido [en la salinidad de la AAIW] podría alimentar la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico (un sistema de corrientes de aguas profundas a menudo vinculado a la estabilidad climática en el Atlántico Norte)”. Porque el clima es un sistema complejo donde la atmósfera, la hidrosfera, la litosfera, la biosfera y la criosfera interactúan, transportando, amortiguando y magnificando cualquier cambio.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El estudio del clima es muy complejo y conviene tomar con cautela los artículos más recientes. Una investigación puede estar hecha con rigor y que, sin embargo, que se equivoque. Afortunadamente, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (el IPCC), aúna periódicamente los resultados de miles de estudios, reduciendo al incertidumbre y separando los resultados menos fiables de los que parecen haber sido más replicados por la comunidad. La evolución de la Antártida es una de las cuestiones más inciertas en la investigación del cambio climático y puede que estemos lejos de alcanzar un consenso en algunos puntos, pero estos estudios nos recuerdan, como mínimo, cuánto desconocemos y lo enredadas y poco intuitivas que pueden ser las consecuencias del calentamiento global.

REFERENCIAS (MLA):

  • Gayen, Bishakhdatta, et al. "Reversal of Antarctic Intermediate Water Trends Triggered by Sea Ice Decline." Nature Climate Change, vol. 16, no. 11, 2026, p. 1234. Nature, doi:10.1038/s41558-026-02758-y

© Eurekalert

Fragmentos de hielo marino

Expertos piden que el cambio climático se declare emergencia sanitaria mundial

27 October 2026 at 17:21

Lejos quedaron aquellos tiempos en que luchar contra el cambio climático era altruista. Tiempos en que todavía podíamos preocuparnos más por sus efectos en los osos polares que en nuestra salud y nuestro sustento. Ahora sabemos que esta crisis que nos toca capear nos afecta de manera directa. No podemos llamar “altruismo” a una lucha en la que nos jugamos nuestra propia vida, es supervivencia. “Tampoco debemos caer en alarmismos”, dirán algunos. “El planeta seguirá aquí y es imposible que la humanidad desaparezca”, añaden. Y es verdad.

No nos jugamos ni a la Tierra ni a la especie humana. Nos jugamos cientos de miles de muertes al año, y la cifra va en aumento. En 2023 el calor se llevó a 710.000 personas, más de las que mata la malaria o el VIH. No hace falta que estén en juego los más de 8 mil millones de vidas humanas que hay ahora sobre el planeta para que hablemos de supervivencia. Por ese motivo, el último informe The Lancet Countdown propone que el cambio climático se reconozca formalmente como una emergencia sanitaria mundial.

No siempre nos quedará París

El Lancet Countdown es una colaboración internacional de investigación que monitoriza los vínculos entre el cambio climático y la salud pública. El informe se publica poco antes de que lleguen las cumbres climáticas de la ONU y, en este caso, está firmado por 146 investigadores de más de 100 instituciones en más de 30 países. En este último el mensaje es claro: no solo es palpable el impacto sanitario del cambio climático, sino que está creciendo. Y es que otra de las afirmaciones más preocupantes del informe es que algunos de los daños a la salud provocados por el cambio climático crecieron más rápido en la última década (2016-2025) que en la década previa a que entrara en vigor el Acuerdo de París (2006-2015).

Un acuerdo al que se adscribieron casi 200 países con el propósito de limitar el calentamiento global por debajo de los 2 C respecto a los niveles preindustriales, y esforzarse por no superar los 1,5 C. Cada país presenta sus propios compromisos de reducción de emisiones y se revisan al alza cada cinco años. Sin un mecanismo sancionador, las medidas implementadas no han sido suficientes para frenar un calentamiento global que avanza más rápido de lo que implementamos políticas climáticas. Puesto en cifras: Las muertes anuales por calor crecieron un 36% en la década posterior al Acuerdo de París respecto a la anterior.

En el buen camino, pero mal paso

En palabras de la profesora Marina Romanello, directora ejecutiva del Lancet Countdown, con sede en el University College London. "Se ha logrado un progreso real en energía limpia, preparación de los sistemas de salud y regulación protectora de la salud, todo lo cual ya está generando beneficios para la salud de las comunidades locales. Sin embargo, el progreso ha sido demasiado lento, demasiado pequeño y no está llegando a quienes más lo necesitan. Por eso pedimos que el cambio climático sea formalmente reconocido como una emergencia sanitaria mundial, con la salud colocada en el centro de cada decisión climática".

"Las muertes por calor vinculadas al cambio climático han alcanzado un récord, y el costo económico está golpeando más duramente a los sectores y comunidades vulnerables”, añade la profesora Romanello. Los riesgos se vuelven aún más profundos cuando se considera cómo interactúan y se agravan los diferentes peligros. Al mismo tiempo, la sequía se está extendiendo y el mundo oscila hacia extremos hídricos: algunos se secan, mientras que otros se inundan. Esto no es un empeoramiento gradual; es un cambio de ritmo que se debe reconocer como la emergencia sanitaria mundial que es". Mientras tanto, las 100 mayores empresas petroleras y gasísticas planean producir un 150% más de combustibles fósiles para 2040 de lo que sería compatible con el objetivo de 1,5 C establecido en el Acuerdo de París, un 12% más de lo que estimaban el año pasado. Van en dirección contraria.

Las buenas noticias

Pero nada de esto significa que debamos tirar la toalla. Ni mucho menos. El profesor Anthony Costello, copresidente del Lancet Countdown aclara que "una década después (del Acuerdo de París), tenemos pruebas de que la acción climática centrada en la salud funciona: un aire más limpio, sistemas de salud y alerta más resilientes están protegiendo la salud y salvando vidas en todo el mundo". El problema no son las medidas, sino la velocidad y el grado en que las aplicamos. El aire más limpio evita 323.000 muertes al año en al menos 77 países donde la contaminación por fósiles ha caído desde 2016 y la financiación para investigación en salud y clima creció un 655% entre 2016 y 2024 (de 42 a 316 millones de dólares).

Sabemos lo que debemos hacer, sabemos cómo está empeorando el clima y cómo podemos protegernos de sus efectos. El problema es que la preocupación todavía no ha llegado a las urnas. "Este informe advierte de que el cambio climático es una emergencia sanitaria. Lo que falta no es evidencia, sino la voluntad política de actuar sobre ella", concluyó Helen Clark, ex primera ministra de Nueva Zelanda y presidenta del consejo del Lancet Countdown. "Los gobiernos deben redoblar sus compromisos de acción climática y reconstruir el impulso para la cooperación internacional. Esto debe ir de la mano con reducciones rápidas de emisiones y un apoyo significativamente mayor a la adaptación".

Que no te la cuelen:

Aparte de la repercusión sanitaria, en el informe hablan de sus consecuencias para la productividad agrícola debido a las sequías y las inundaciones que cada vez son más frecuentes e intensas. Asimismo, también inciden en el impacto económico de estos problemas de salud. En el informe, concluyen que el calor costó 1,07 billones de dólares en productividad perdida en 2025, el tercer año consecutivo por encima del billón, especialmente en sectores expuestos a las inclemencias del tiempo, como la agricultura o la construcción.

© Difoosion

Aunque la Tierra ha tenido cambios de clima en el pasado por causas naturales, el actual está mucho más asociado a las actividades humanas
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