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Antisemitismo en redes sociales: cómo operan los algoritmos

30 October 2026 at 14:46
Un usuario busca la opción para reportar mensajes de hostilidad digital dirigidos hacia la comunidad judía (Imagen Ilustrativa Infobae)

El antisemitismo o judeofobia viene de tiempos remotos y es un flagelo contra el que permanentemente se debe luchar. Cuando hablamos de antisemitismo aludimos a prejuicios, estereotipos, estigmatización, ignorancia y obviamente a persecución, distintos tipos de violencia, discursos de odio y discriminación. El antisemitismo fue mutando en sus modalidades: religioso, político-conspirativo, racial, nacionalista y en la actualidad antisionista que toma como bandera el slogan: “Palestina libre, desde el río hasta el mar” negando la existencia del moderno Estado de Israel y el derecho a la autodeterminación del pueble judío en su tierra ancestral. Se le pueden buscar explicaciones pero se trata de un odio arcaico, visceral e irracional aunque muchos de sus cultores sean personas inteligentes, ilustradas y racionales. Tal vez su génesis encuentre fundamento en el carácter monoteísta del pueblo hebreo que, con su para la época revolucionario catálogo de normas y principios éticos y morales vino a imponer límites y obligaciones de conducta en un mundo donde no los había. La idea de un Díos único y de una ley proveniente de él, generó revuelo y no fue vista con buenos ojos por otros pueblos; lo distinto molesta y genera como reacción la negación de la otredad.

La encíclica papal Magnifica Humanitas, primera del pontificado del papa León XIV, habla de un “cambio de época”. El filósofo Byung-Chul Han afirma que estamos pasando de un mundo de objetos que se poseen, a un flujo de datos que no se deja agarrar. La Inteligencia Artificial (IA) es revolucionaria. Algunos la consideran el “antihumanismo radical”. Yoshua Bengio, experto en la materia, explica que a veces la IA actúa contra las instrucciones que recibe, es decir, un sistema entrenado para cumplir con un objetivo determinado desarrolla un objetivo propio distinto. Vean Hubinger, investigador de Anthropic, va más allá: vaticina que existe probabilidad que en diez años una Súper IA acabe con la humanidad. Sin ser agorero, lo cierto es que la IA llegó para quedarse.

Sin embargo, en cuanto a su contenido el antisemitismo no mutó; demonización, doble rasero y deslegitimación; las 3D de Natan Sharansky. Tomo prestada una cita de los Evangelios y me permito la licencia de alterar deliberadamente el orden de los adjetivos: “Vino viejo en odres nuevos”. Nada nuevo bajo el Sol, diría Qohelet.

Lo que cambió y mucho son los entornos en los que se manifiesta la judeofobia y en este aspecto las redes sociales han cobrado una trascendencia inusitada. El consumo de medios tradicionales, como la televisión y la prensa escrita, viene decayendo a pasos agigantados. Según el Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford, el 60 % de las personas utiliza las redes sociales (Facebook, Instagram, X, YouTube, Tik Tok) para consumir noticias. Las redes secuestran la atención y a menudo la conciencia. Hay una pasmosa desconexión del mundo real y un direccionamiento al mundo virtual. Nos la pasamos scrolleando como zombies. De acuerdo al Informe Anual sobre Antisemitismo en Argentina que elabora la DAIA, en 2024 el 66% de los casos denunciados se produjo en el entorno digital.

El maremágnum informativo de la jungla digital, plagada de fake news y medias verdades, se yergue como terreno fértil para narrativas antisemitas y amplificación de discursos de odio. Valga como prueba de ello lo sucedido con el ex juez Alfredo López que tras su destitución como magistrado por un jury de enjuiciamiento que lo encontró incurso en la causal de mal desempeño por graves desórdenes de conducta dada sus reiteradas expresiones antisemitas en la red social X, pretende instalar una narrativa diversa tergiversando la realidad: afirma que su apartamiento obedeció a sus denuncias del supuesto genocidio que se estaría cometiendo en Gaza.

Así las cosas, hoy gran parte de la batalla debe librarse en las redes sociales y no es posible abordar la lucha contra el antisemitismo sin tomar conciencia de cómo funcionan.

En este norte resulta relevante, casi imprescindible, tomar prestadas las aleccionadoras enseñanzas brindadas por el abogado Hugo Vainetti en un reciente artículo de doctrina publicado en el Diario La Ley del 23 de septiembre de 2026. Vainetti enseña que las plataformas utilizan sistemas de recomendación que determinan el orden de aparición y la persistencia de los contenidos. Un sistema de recomendación es un modelo automático entrenado para predecir qué contenido va a generar más interacciones en un usuario determinado y en consecuencia lo que verá y que lo mantendrá más conectado e interactuando. Analiza la conducta pasada del usuario: en qué publicaciones se detuvo, cuánto tiempo permaneció en cada una, cuáles generaron que hiciera un comentario, que compartió, con qué cuentas interactúa, etc.

Estos sistemas de recomendación no son valorativos: no ponderan la calidad ni la veracidad de los contenidos y producen un efecto denominado “cámara de eco” o “filtro de burbuja” en el que cada usuario queda expuesto a un subconjunto cada vez más homogéneo de voces y perspectivas. Se le muestra más de lo que ya consume e identifica a otros usuarios con patrones de conducta similares y que tienen más probabilidad de reaccionar a un contenido determinado. A su vez, este fenómeno hace que los contenidos que producen una reacción emocional más intensa se propaguen con más facilidad y alcancen una audiencia mayor que contenidos menos sensibles.

En este contexto cobra particular relevancia lo que señala el ingeniero Miguel Osers del Comité Venezolano de Yad Vashem con su modelo de las 3C. El autor distingue tres tipos de antisemitismo: por convicción (ideólogos), por conveniencia (oportunistas) y por contagio (seguidores), y en esta última categoría, propia de la era digital, incluye a los usuarios de redes que no resultan meros espectadores sino el combustible que retroalimenta la maquinaria del ciberodio, precisamente a través de la arquitectura algorítmica que selecciona, jerarquiza y amplifica los contenidos.

El algoritmo no es neutral. En el ecosistema digital las conductas discriminatorias adquieren formas amplificadas. El ciberodio aprovecha la masividad y viralidad que no son consecuencia espontánea de los usuarios. Existe una arquitectura tecnológica de circulación al servicio de la interacción, la viralización y la amplificación. El algoritmo utiliza un sistema de recomendación que selecciona y jerarquiza aumentando artificialmente el alcance del contenido. La plataforma no es una mera intermediaria; opera como un editor mediante selección algorítmica optimizada para maximizar la interacción. Y en este sistema, el antisemitismo resulta un nodo de alta probabilidad de reacción.

Estimado lector, si ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí con la lectura, habrá advertido que este opúsculo carece de propósito escolástico y parafraseando al valiente fiscal Strassera en el cierre de su memorable alegato en el juicio a las juntas, no tiene pretensión de originalidad. Es apenas un breve aporte en la lucha contra el antisemitismo. No es posible enfrentar adecuadamente este flagelo sin ser conscientes de la manera en que funcionan las redes sociales.

En la era del antisemitismo contemporáneo digital es difícil implantar de súbito un cambio radical en la manera de combatirlo pero es imprescindible entender cómo funcionan las cosas y poner el tema sobre el tapete porque únicamente con tipificación de conductas punidas legalmente, denuncia penal, educación tradicional y moderación ex post vía remoción de contenidos de odio no alcanza.

No gastemos pólvora en chimangos. No perdamos el tiempo con el irredento antisemita por convicción. No lo vamos a cambiar. La imbecilidad humana no tiene límites. Denunciémoslo en la Justicia cuando haya violado la ley antidiscriminatoria por haber alentado o incitado a la persecución o el odio hacia un judío. En cambio, pongamos el foco y la energía en la enorme cantidad de antisemitas por contagio, que son la mayoría, y que se dejan manipular fácilmente porque carecen de capacidad de análisis y de pensamiento crítico y “compran” lo que pulula por doquier. Para esto resulta imperioso intervenir en el diseño y funcionamiento de los mecanismos algorítmicos.

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