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Hipofosfatasia: el impacto invisible de vivir años sin un diagnóstico

30 October 2026 at 06:00

Vivimos en una época de avances extraordinarios en genética, diagnóstico y medicina personalizada. Sin embargo, miles de personas que conviven con enfermedades raras siguen recorriendo un largo camino de incertidumbre antes de obtener una respuesta. La hipofosfatasia (HPP), una enfermedad metabólica genética rara que afecta a la mineralización de huesos y dientes entre otras cosas, además es un ejemplo paradigmático de cómo una patología puede permanecer invisible incluso para quienes la padecen.

La imagen tradicional de las enfermedades raras suele asociarse a cuadros extremadamente graves y fácilmente reconocibles. La realidad de la hipofosfatasia es mucho más compleja. Algunas personas presentan formas severas desde el nacimiento, mientras que otras conviven décadas con síntomas dispersos que difícilmente parecen formar parte de una misma enfermedad: dolor musculoesquelético, fracturas recurrentes, fatiga persistente, pérdida prematura de dientes o limitaciones funcionales progresivas. Esta heterogeneidad explica, en parte, por qué tantos pacientes tardan años en ser diagnosticados.

Pero el retraso diagnóstico es mucho más que una cuestión de tiempo. Es una experiencia humana profundamente desgastante. Detrás de cada año sin diagnóstico hay personas que consultan a múltiples especialistas, se someten a pruebas repetidas y reciben explicaciones parciales o contradictorias. Hay pacientes que llegan a cuestionar la legitimidad de sus propios síntomas y familias que viven atrapadas entre la preocupación y la incertidumbre.

En muchos casos, son los propios afectados quienes terminan investigando, buscando información y sugiriendo posibles diagnósticos. Esta inversión de roles refleja una realidad preocupante: el acceso al diagnóstico continúa dependiendo, con demasiada frecuencia, de que un profesional conozca la enfermedad, detecte una fosfatasa alcalina persistentemente baja o haya asistido recientemente a una formación específica sobre hipofosfatasia. Ningún sistema sanitario puede considerarse plenamente equitativo cuando la suerte desempeña un papel tan importante en el proceso diagnóstico.

Sin embargo, obtener un diagnóstico no significa que los problemas terminen. Para muchas personas comienza entonces una nueva etapa marcada por la gestión cotidiana de una enfermedad crónica y multisistémica. El dolor y la fatiga emergen como dos de las cargas más incapacitantes. Son síntomas difíciles de medir objetivamente y, precisamente por ello, a menudo incomprendidos. Quien observa desde fuera puede no percibir ninguna limitación evidente, mientras que la persona afectada organiza su vida en función del dolor, del descanso necesario para completar la jornada o de la incertidumbre sobre cuándo aparecerá la próxima complicación.

Esa invisibilidad tiene consecuencias. Las enfermedades raras suelen evaluarse desde indicadores clínicos tradicionales, pero su impacto trasciende el ámbito médico. La hipofosfatasia condiciona trayectorias educativas y profesionales, altera proyectos familiares, limita la participación social y genera costes económicos asociados a tratamientos, atención odontológica, fisioterapia, desplazamientos, dispositivos ortopédicos o adaptaciones del hogar.

Especialmente compleja es la situación de quienes desempeñan simultáneamente el papel de paciente y cuidador. Padres y madres que intentan gestionar sus propios síntomas mientras atienden a hijos afectados acumulan una carga física, emocional y económica extraordinaria. Son realidades que rara vez aparecen en las estadísticas sanitarias, pero que determinan profundamente la calidad de vida de las familias.

También resulta llamativa la diferencia existente entre la atención pediátrica y la de los adultos. Mientras que muchos niños cuentan con seguimientos relativamente estructurados, numerosos pacientes adultos refieren escaso control clínico y ausencia de planes de monitorización definidos. Esta discontinuidad genera incertidumbre y obliga a algunas personas a asumir la responsabilidad de coordinar por sí mismas pruebas, consultas y revisiones.

Por todo ello, la respuesta no puede limitarse al tratamiento de las complicaciones cuando aparecen. La hipofosfatasia exige una visión más amplia, centrada en la persona y respaldada por una atención multidisciplinar coordinada. Resulta necesario mejorar la formación de los profesionales sanitarios, impulsar protocolos diagnósticos que faciliten la identificación precoz de los casos y garantizar circuitos asistenciales que integren especialidades como genética, endocrinología, reumatología, traumatología, odontología, fisioterapia y apoyo psicológico.

Pero para avanzar hacia una atención que responda verdaderamente a las necesidades de los pacientes, primero debemos conocerlas y comprenderlas. En este sentido, el informe Hipofosfatasia: la carga invisible de una enfermedad con alto impacto en la calidad de vida, elaborado por Alexion, AstraZeneca Rare Disease, con la revisión y aval de MPS Lisosomales y AERyOH, recoge la experiencia directa de pacientes y cuidadores para identificar los principales retos que todavía persisten en el abordaje de esta enfermedad. Su valor reside precisamente en poner la voz de quienes conviven con la HPP en el centro y transformar sus experiencias en conocimiento que contribuya a mejorar tanto su atención como su acompañamiento.

Las asociaciones de pacientes desempeñamos un papel fundamental en este camino. MPS-Lisosomales y AERyOH trabajamos para ofrecer información, orientación y acompañamiento a las personas afectadas y sus familias, pero también para trasladar sus necesidades a los profesionales sanitarios y a quienes toman decisiones. Nuestra experiencia constituye una fuente de conocimiento imprescindible para comprender realidades que no siempre se hacen visibles en la consulta médica.

La hipofosfatasia nos recuerda que la gravedad de una enfermedad no depende solo de su frecuencia ni de su mortalidad. También se mide por la incertidumbre que genera, por las oportunidades que limita y por el esfuerzo diario que exige para mantener una vida aparentemente normal.

Visibilizar esta realidad no es solo una cuestión de sensibilización. Resulta una condición necesaria para poder avanzar hacia una atención más justa, más coordinada y también más humana. Porque cuando una enfermedad permanece invisible durante demasiado tiempo, el sufrimiento de quienes la padecen también corre el riesgo de pasar desapercibido.

Jordi Cruz es director de MPS Lisosomales España

© LA RAZÓN

Numerosos pacientes adultos refieren escaso control clínico y ausencia de planes de monitorización definidos
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