Helena Rohner: «El joyero clásico es hombre, pero las mujeres hemos despuntado más»
Helena Rohner cumple treinta años siendo una referencia de la joyería de nuestro país y lo celebra con una exposición en el Museo Nacional de Arte Decorativas que acaba de abrir su puertas hasta el 31 de enero. En ella la creadora canaria bucea en su archivo, redescubre su propia historia y nos descubre un universo de referencias familiares que han acabado proyectadas en joyas que han conquistado hasta a la mismísima Julianne Moore, que se empeñó en lucir uno de sus collares en la película de Pedro Almodóvar «La habitación de al lado». Lo último ha sido ver a Glenn Close llevando también piezas suyas en «La bola negra».
¿Qué ha aprendido al revisar treinta años de carrera?
Me he encontrado cosas que no recordaba. Es curioso que ver que todo lo que hiciste al principio con la madera o el esmalte sentó unas bases de un ADN que continuaría treinta años después. Veo que las piezas se han ido sofisticando y madurando, pero veo una línea coherente.
¿Hace lo que apetece o lo que debe?
He hecho lo que creía. Con la porcelana pensaban que se rompería y con la madera que se iba a despegar. Con el ácido poliláctico me decían que era plástico y tuve que explicar que es artesanía. A veces hago cosas que debo, porque soy empresaria, pero me mantengo fiel a mí misma. Es la libertad también que te da tu propia empresa.
¿En qué le marca ser canaria?
Canarias tiene una cualidad muy rotunda: el mar es duro y frío, la tierra volcánica… no es el Mediterráneo. Es todo muy contundente y claro. Estar tan cerca de una naturaleza así te hace más humilde y honesta y tus propuesta no están tan decoradas, son más esenciales.
Y siendo suiza, ¿relojes?
Nunca he hecho… nunca me lo han pedido, pero nunca se sabe.
¿Cuánto le ha influenciado la familia?
Mi padre era un hombre de negocios y eso me influyó: soy diseñadora, pero también empresaria. Él hacía marionetas y el olor de la madera siempre lo he tenido por ahí. Mi madre es tejedora y tiñe con plantas naturales: de ahí viene el color. Mi hijo Lucas vino con acondroplastia, pero en general cuando tienes hijos aprendes a valorar cada momento de crecimiento, vuelves a empezar y ves que todo lo que dabas por sentado es una cosa que se da por hecho y no tiene por qué ser así. Eso también pasa en el diseño.
¿De dónde viene su interés por innovar con los materiales?
Por pura curiosidad. Tuve la suerte de tener profesores en Florencia y Londres que eran más artistas que joyeros, que me apoyaron a encontrar lo que yo buscaba, pero considero que es algo que también ha venido de mis padres. Mi padre decía que yo era muy sutil y tenaz. Además, me aburro y necesito aprender. Ahora estoy con el vidrio, viendo hasta dónde puedo llegar.
Ha colaborado con gente como Paul Smith o a David Delfín.
Lo de Paul Smith llegó tras un desfile de la firma. Una amiga estilista me invitó a conocerlo y le enseñé tres anillos. Directamente me dijo que los quería para hombre. Fue cliente veinticinco años. Con David fue porque nos llevábamos muy bien y yo a todo lo que me pedía le decía «vale».
¿Una mujer lo tiene más difícil?
Yo creo que dentro del mundo de la joyería sí. El joyero clásico es hombre, pero las mujeres hemos despuntado mucho más. Creo que tenemos una sensibilidad especial. Cuando llegué a Madrid me veían como la del hobby, pero cuando los pedidos eran de mil piezas la cosa cambió. Me gusta mucho Vivianna Torun Bülow, Chelo Sastre o Elsa Peretti… todas mis referencias son mujeres.


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© Alberto R. Roldán / Diario La Razón.


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