Fátima Báñez: la ministra del empleo
Fátima Báñez ha fallecido en el terrible accidente ferroviario ocurrido esta semana, mientras viajaba a Sevilla para participar en un encuentro de trabajo, del que pensaba regresar a Toledo por la tarde para poder acudir a otro. Es decir, la muerte le llegó trabajando, y haciéndolo denodadamente, que era una de las características que la definía.
Fue una incansable diputada del PP en la oposición, como portavoz adjunta cuando gobernaba Zapatero, siendo una de sus virtudes no sólo trabajar mucho y con dedicación, sino conformar buenos equipos. Allí, en el Congreso, supo encontrar en Juan Pablo Riesgo un magnífico colaborador, que después sería, primero, su Director de Gabinete en el ministerio y, posteriormente, Secretario de Estado de Empleo, pero, siempre, su persona de confianza.
Cuando en diciembre de 2011 Mariano Rajoy formó gobierno y la nombró Ministra de Empleo, tuvo uno de los mayores aciertos de su mandato, pues Fátima Báñez no sólo fue Ministra de Empleo, sino que fue la ministra del empleo, ya que ella impulsó y logró aprobar la reforma laboral más ambiciosa que ha habido en España, la que más ha dinamizado el mercado de trabajo, la más valiente y la que permitió conformar un marco laboral de prosperidad, que, junto con otras medidas, sentó las bases para que se generase mucho empleo y se incrementase la productividad por eficiencia, tras haber recibido de Zapatero una horrorosa herencia de más de seis millones de parados, además de las cuentas públicas con tres puntos de déficit oculto y una situación económica al borde de la intervención.
Así, Fátima Báñez lideró la mejor medida económica de las que tomó Mariano Rajoy, que en política económica tuvo luces y sombras, liderando las luces la reforma impulsada por el Ministerio de Empleo de Báñez. Fue lo que hoy escasea: una magnífica servidora pública.
Su valía fuera de la política quedó demostrada tras dejarla, al perder la candidatura de Soraya Sáenz de Santamaría frente a la de Pablo Casado en el congreso del PP que elegía presidente tras la renuncia de Rajoy, pero, sobre todo, lo más reseñable de Fátima era su educación, sus buenas maneras, su empatía, su preocupación por la gente, especialmente por sus colaboradores, su sencillez.
Conocí a Fátima en junio de 2008, ya que Engracia Hidalgo, Gerardo Camps y Fátima Báñez fueron designados redactores de la ponencia económica del conocido Congreso de Valencia del PP. En un clima que no era el de mayor unión del PP, ese grupo supo actuar con una unidad inquebrantable. A mí me pidieron ayuda en la parte de política económica y trabajé varias semanas con ellos y, sin duda, enseguida me di cuenta de los buenos valores que tenía Fátima. Dicen que cuando una persona muere todo el mundo dice que es buena; en el caso de Fátima también se decía en vida, porque es verdad, así era ella.
Coincidiendo en lo fundamental, se podía tener matices distintos en un tema a los que tenía ella, o verlo desde distinto prisma, pero con Fátima eso no suponía ningún problema, porque la cordialidad, incluso en la discrepancia, se imponía. Cuando la candidatura de Soraya Sáenz de Santamaría perdió frente a la de Pablo Casado, yo, que simpatizaba con la de Pablo, al que apoyé, lo sentí por Fátima, porque se perdía una persona valiosísima para la política. Afortunadamente, se ganó una gran profesional fuera de ella y, sobre todo, seguía siendo la misma magnífica persona en todo momento.
A lo largo de estos últimos años, he tenido ocasión de reunirme con ella en distintas ocasiones y coincidir en diferentes mesas de coloquio. Tras felicitarla, como cada año, el día de la Virgen de Fátima, la última vez que la vi fue en una reunión que mantuve con ella y con Jaime de los Santos en la cafetería del hotel Orfila a finales del mes de julio. Hablamos distendidamente de educación, de economía y de política, con nuestra visión de cómo serían las elecciones que se celebrarían en un año -antes de que se adelantasen- y la difícil herencia que, una vez más, iba a recibir el PP.
Contó que deseaba ya irse unos días de vacaciones a su tierra para hacer cosas que habitualmente no podía y que le encantaban, como darse una vuelta por el mercado para comprar pescado y cocinarlo y, sobre todo, ir a la playa con su madre. Quedamos en volver a vernos en otoño, cosa que ya no podrá ser, pero su recuerdo siempre lo tendré presente, habiendo tenido la fortuna de conocerla y de compartir horas de trabajo con ella, cada uno desde su responsabilidad.
Envío mi más sentido pésame a su familia, sobre todo a su madre, marido e hijos, a sus colaboradores y amigos más cercanos, como Engracia Hidalgo y especialmente Juan Pablo Riesgo, y elevo una oración por su alma, para que, junto con la Virgen del Rocío, nos guíe y ayude a ser mejores profesionales y mejores personas. Descanse en paz.


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