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Las secuelas psicológicas de una catástrofe

29 October 2026 at 02:25

Hay acontecimientos que nos conmueven profundamente como sociedad. Situaciones de emergencia y catástrofes en las que la vida de las personas se ve gravemente amenazada y que nos enfrentan, de manera inesperada, a nuestra propia vulnerabilidad. Ayer, un nuevo accidente ferroviario nos volvía a situar ante una realidad dolorosa que trasciende a quienes la viven directamente y genera una profunda conmoción social. Detrás de cada víctima hay una historia, una familia, personas que esperan noticias y vidas que, en apenas unos instantes, pueden cambiar para siempre. Pero junto al inmenso dolor de quienes sufren directamente estas tragedias, aparece también una preocupación que se extiende al conjunto de la sociedad y que debemos saber comprender, escuchar y atender.

En estos momentos, nuestra primera mirada debe dirigirse necesariamente hacia las víctimas, sus familiares y todas las personas directamente afectadas. Ellas son la prioridad. Su sufrimiento requiere respeto, sensibilidad, acompañamiento profesional y una respuesta coordinada que les proporcione seguridad en medio de una situación extraordinariamente difícil. En una emergencia, la incertidumbre puede convertirse en una de las experiencias más angustiosas. No saber qué ha sucedido, esperar información sobre un ser querido o enfrentarse a una realidad que nunca imaginamos exige una atención humana y profesional que vaya más allá de las primeras horas.

Conocemos las consecuencias psicológicas que pueden producir acontecimientos de esta naturaleza. El miedo intenso, la angustia, las dificultades para dormir, la hipervigilancia o la sensación de pérdida de control son algunas de las respuestas que pueden aparecer en situaciones como esta. En determinadas circunstancias, estas experiencias pueden dar lugar a dificultades psicológicas más persistentes que requieran atención especializada. Sin embargo, es fundamental recordar que muchas de estas reacciones son respuestas esperables ante situaciones extraordinarias, y que experimentar sufrimiento emocional no significa necesariamente desarrollar un trastorno psicológico.

Ahora bien, cuando acontecimientos de estas características se suceden en un periodo relativamente corto de tiempo, debemos ampliar el foco. Porque ya no hablamos únicamente del impacto que una tragedia tiene sobre quienes la viven directamente, sino también de cómo la percepción de repetición puede influir en el bienestar emocional y en la sensación de seguridad de toda una sociedad.

La confianza social se construye con hechos y explicaciones claras

Los accidentes ferroviarios son acontecimientos infrecuentes, pero su gravedad y repercusión emocional pueden hacer que, cuando se producen de manera sucesiva, aumente la percepción de amenaza. Y esto adquiere especial relevancia cuando hablamos de algo tan presente en nuestras vidas como el transporte público. Cada día, miles de personas utilizan el tren para acudir a su trabajo, estudiar, cuidar de sus familiares o regresar a casa. Son desplazamientos que forman parte de nuestra normalidad y que realizamos desde una confianza que habitualmente ni siquiera nos cuestionamos.

Cuando esa confianza se ve alterada, pueden aparecer sentimientos de inseguridad, incertidumbre, desazón o angustia. La percepción del riesgo no depende exclusivamente de la probabilidad real de que algo pueda suceder, sino también de cómo interpretamos lo que ocurre, de la información que recibimos y de nuestra sensación de control.

Por eso, cuando se encadenan sucesos que afectan a ámbitos esenciales de nuestra vida cotidiana, es comprensible que aumente la preocupación social. No debemos ignorarla, minimizarla ni interpretarla automáticamente como una respuesta desproporcionada. El miedo necesita ser escuchado y comprendido, no silenciado. Y escuchar ese miedo no significa alimentarlo, sino reconocerlo para poder abordarlo adecuadamente.

En ocasiones se utilizan expresiones como «psicosis colectiva» para describir estas situaciones. Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, resulta más adecuado hablar de preocupación social, percepción de inseguridad o incremento de la ansiedad ante la incertidumbre. Debemos ser especialmente cuidadosos con las palabras, sobre todo en este contexto, porque las emociones colectivas necesitan ser comprendidas con rigor, sin convertir reacciones humanas comprensibles en diagnósticos clínicos.

En este contexto, cobra una importancia especial la manera en que comunicamos lo que sucede. La información es necesaria, pero también lo es cuidar cómo llega a las personas. La difusión reiterada de imágenes especialmente impactantes, la exposición continua a escenas de sufrimiento o la circulación de datos no contrastados pueden intensificar la sensación de amenaza. No todas las personas reciben estas informaciones desde las mismas circunstancias ni cuentan en ese momento con los mismos recursos emocionales para afrontarlas. Algunas pueden encontrarse en situaciones de especial vulnerabilidad, haber vivido experiencias traumáticas anteriores o sentirse particularmente afectadas por lo que ven y escuchan.

Por ello, comunicar con sensibilidad también es una forma de proteger. No se trata de ocultar información ni de restar importancia a lo sucedido, sino de transmitirla con rigor, prudencia y respeto, evitando exposiciones innecesarias que puedan incrementar el sufrimiento. Debemos recordar que, detrás de cada pantalla, hay personas cuya realidad emocional desconocemos.

Necesitamos escuchar a quienes expresan temor, comprender sus preocupaciones y ofrecer respuestas que ayuden a recuperar progresivamente la confianza

Precisamente porque hablamos de acontecimientos que afectan a necesidades tan básicas como la seguridad y la movilidad, la respuesta no puede limitarse al ámbito individual. Se necesita una mirada social, institucional y coordinada. Las personas necesitan información rigurosa, explicaciones claras, transparencia sobre lo que se conoce y también sobre aquello que todavía se desconoce. Necesitan percibir que existen mecanismos de protección, que las instituciones trabajan conjuntamente y que sus preocupaciones son tomadas en serio.

La confianza social no se recupera pidiendo a las personas que dejen de tener miedo. Se reconstruye con hechos, con explicaciones claras, con respuestas coordinadas y con una percepción de seguridad fundamentada en medidas de protección.

En este proceso, las instituciones, los profesionales, los medios de comunicación y la sociedad compartimos una responsabilidad. La prudencia resulta hoy más necesaria que nunca. Necesitamos hablar de lo que sentimos sin miedo y sin convertir nuestras emociones en diagnósticos. Necesitamos escuchar a quienes expresan temor, comprender sus preocupaciones y ofrecer respuestas que ayuden a recuperar progresivamente la confianza.

Desde la Psicología sabemos que, incluso en los escenarios más dolorosos, una intervención adecuada, el acompañamiento, el apoyo social, la comunicación responsable y la coordinación institucional pueden contribuir decisivamente a su recuperación.

© EUROPAPRESS

El dolor por la tragedia trasciende a quienes la viven directamente y genera conmoción social
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