El otro día, en un club de lectura, comenté junto a mi colega Jordi Puntí su libro Confeti. Cuando salió el tema de la infancia, contó que cuando él era pequeño, su madre, como era costurera, le bordaba la misma ropa a él que a sus muñecos. De modo que, cuando jugaba, se encontraba con una versión diminuta de sí mismo: un pequeño doble vestido como él, una vida en miniatura que podía coger con las manos, era él el que volaba y el que superaba todos los riesgos. Una imagen hermosa, porque en ella hay algo más que un recuerdo infantil, en ella habita la posibilidad de mirarse desde fuera, de reconocerse en otro cuerpo y de jugar, por un instante, a ser uno mismo sin tener que serlo del todo.