Ya es hora de depurar responsabilidades
Trascurridos nueve meses desde la tragedia de Adamuz, todavía no se han hecho públicas las conclusiones sobre las causas que provocaron el descarrilamiento de uno de los convoyes y la posterior colisión con otro tren, pero, ayer, cinco horas después de una nueva tragedia sucedida, además, en la misma vía, el ministro de Transportes, Óscar Puente, se consideraba autorizado para señalar un culpable, uno de los trabajadores del centro de control de Atocha, con la clara intención de que el «fallo humano» le exonere de su responsabilidad directa, como máxima autoridad en la gestión de la infraestructura ferroviaria. No debe ser así, máxime cuando hablamos de un ministro que se permitía hace apenas una semana bromear en un programa de humor sobre los accidentes de trenes, porque ya no nos hallamos ante un hecho excepcional, sino ante la confirmación de los peores temores. La confirmación de que el déficit de mantenimiento de la red de Alta Velocidad, reflejado en la continúa sucesión de averías en los convoyes, catenaria, agujas y el propio carril, que se venían traduciendo en retrasos y suspensión de servicios, ha llegado a un punto de no retorno, que es el de la desconfianza del usuario en su propia seguridad. La tragedia de Urda no puede disociarse de la avería general de los sistemas de seguridad y señalización que habían paralizado la circulación en la vía Madrid-Sevilla, con la detención de seis trenes, ni de la falta de respuesta posterior del sistema anticolisión que debería haber funcionado en el AVE que chocó por alcance con el Iryo. Con toda seguridad, y a expensas del resultado de la investigación oficial, más que de un fallo humano deberíamos hablar de un «error inducido» por el deterioro de las condiciones de funcionamiento de la red. En cualquier caso, creemos que ha llegado la hora de asumir las responsabilidades políticas por parte de un gobierno como el actual, con un presidente, Pedro Sánchez, que nunca ha reclamado cuentas por sus actos a sus subordinados, tal vez, para no tener que asumir las suyas propias, en lugar de montar el enésimo relato exculpatorio, cada vez peor aceptado por la opinión pública. Entre otras razones, porque hasta el propio Ejecutivo, conocido por su difícil relación con la verdad, entiende que a sus trucos de prestidigitación se les ve el cartón y ha llegado al final abrupto de la legislatura sin más triunfos en la manga. Podríamos citar muchos ejemplos del uso de la propaganda como parapeto de la incompetencia gubernamental, pero vamos solo a referirnos a ese discurso que sitúa parte de la culpa de lo sucedido en la liberación comercial de los servicios del AVE, con la multiplicación del número de convoyes que circulan por las vías, cuando la realidad, que es tozuda, nos dice que España tiene una de las redes ferroviarias menos utilizadas del mundo, con 35 trenes diarios por cada kilómetro de red, mientras que en Alemania circulan 79 trenes, en Japón los hacen 97, y la media europea es de 55. No. Se acerca mucho más a la verdad la denuncia de la falta de mantenimiento integral de la red que, no es posible obviarlo, está directamente gestionada por dos organismos oficiales, Adif y la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria, que dependen directa y jerárquicamente del Ministerio de Transportes, que tiene entre sus funciones marcar las prioridades presupuestarias. Por último, pero a nuestro juicio no menos importante, advertir de que el deseable rechazo al uso torticero de una terrible tragedia que se ha llevado la vida de, al menos, 68 personas, y causado graves lesiones a más de un centenar, más en medio de una campaña electoral, no anula el derecho de los ciudadanos a exigir explicaciones convincentes a quienes gestionan los servicios públicos ni exime al Gobierno de su responsabilidad. Porque, en el fondo, la cuestión, lo que hay que dilucidar, es si se ha priorizado mantener la operatividad del AVE a costa de la seguridad, lo que son palabras mayores y conducen directamente a los tribunales.


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