Por qué empezar a invertir cuando eres joven
Empezar a invertir no parece una prioridad con 20 o 25 años. A fin de cuentas, a esa edad hay muchas cosas que hacer y el dinero que se puede destinar a la inversión suele ser limitado. ¿Qué se puede conseguir realmente con 20, 50 e incluso 100 euros al mes? Mejor esperar a tener un sueldo mayor. Sin embargo, empezar pronto tiene muchas ventajas, incluso si es con cantidades pequeñas.
El tiempo es el mayor aliado del pequeño inversor: hace que el interés compuesto funcione mejor, reduce el riesgo y permite recuperarse de los errores (que los habrá). Dar ese paso cuando eres joven puede marcar la diferencia a largo plazo.
Empezar antes reduce el dinero que necesitas invertir
La diferencia que puede marcar el tiempo se entiende mejor con números. Imagina tres personas que invierten 100 euros al mes hasta los 65 años y obtienen una rentabilidad media anual del 5%, un dato conservador por debajo del 8% de media que da el mercado. Para simplificar, suponemos que esa rentabilidad se mantiene constante y que todos los beneficios se reinvierten.
Quien empiece a los 25 años habrá aportado 48.000 euros y terminaría con unos 152.600 euros. Si espera hasta los 35 para empezar, habrá puesto 36.000 euros y acumularía cerca de 83.200 euros. Empezando a los 45 años, las aportaciones sumarían 24.000 euros y el capital final rondaría los 41.100 euros.
La diferencia entre empezar a los 25 o a los 35 son 12.000 euros más de aportaciones, pero casi 70.000 euros más de capital al final. El resto procede del tiempo que ese dinero ha permanecido invertido y generando rendimientos.
El interés compuesto necesita tiempo
Detrás de una buena parte de esa diferencia está el interés compuesto, que simplemente consiste en reinvertir los beneficios conseguidos año tras año. Al hacerlo, los rendimientos suman al capital inicial sobre el que se calcula la rentabilidad y empiezan a generar nuevos beneficios.
Siguiendo con el ejemplo anterior y aplicando esta lógica, un 5% anual sobre 1.200 euros supone un total de 60 euros el primer año, pero suben a 63 el siguiente año, porque esa rentabilidad no se calcula sobre 1.200 euros, sino sobre 1.260 euros (el principal más los intereses). Y cuanto más tiempo se repite este proceso, mayor es su efecto.
Hasta el punto de que empezar pronto puede compensar muchos años sin hacer nuevas aportaciones. En otras palabras, que puedes obtener más dinero si empiezas joven y dejas de invertir pronto que una persona que empieza tarde y está más tiempo invirtiendo. Aplicando el mismo supuesto del 5% anterior, imagina que Laura invierte 100 euros al mes desde los 25 hasta los 37 años y después deja de aportar. En total habrá puesto 14.400 euros. Marcos empieza justo a los 37 y mantiene esos mismos 100 euros mensuales hasta los 65, por lo que aporta 33.600 euros.
A los 65 años, Laura tendría cerca de 79.600 euros, frente a unos 73.000 euros de Marcos. Aunque ha invertido menos de la mitad de dinero, sus primeras aportaciones han tenido muchos más años para crecer. Es un buen ejemplo de por qué los primeros años pueden pesar tanto en el resultado final.
Cuanto más tardes, mayor será el esfuerzo para llegar al mismo sitio
También se puede ver desde el lado contrario. Si quieres compensar esos años perdidos, tendrás que invertir más dinero cada mes para alcanzar el mismo resultado o intentar conseguir una rentabilidad mayor. Y eso siempre implica asumir más riesgo sin que esa rentabilidad superior esté garantizada.
Con los mismos ejemplos anteriores, una persona que empiece a los 25 años aportando 100 euros al mes llegaría a los 65 con unos 152.600 euros. Si espera hasta los 35, necesitaría invertir cerca de 183 euros al mes para alcanzar esa misma cantidad. Es decir, tendría que aumentar su aportación mensual alrededor de un 83%.
Además, durante esos 30 años habría aportado unos 66.000 euros, frente a los 48.000 euros de quien empezó diez años antes. Retrasar el comienzo se puede compensar aumentando el ahorro o la rentabilidad, pero hacerlo requiere un esfuerzo cada vez mayor o asumir un riesgo más elevado cuanto menos tiempo quede por delante, justo lo contario a lo que debería hacerse.
Un horizonte más largo también cambia cómo puedes invertir
Tener más años por delante también permite asumir más riesgos y absorber mejor la volatilidad del mercado. Una caída importante puede tardar tiempo en recuperarse y eso supone un problema si necesitas el dinero dentro de dos o tres años, pero no tanto a largo plazo.
Por eso, el horizonte temporal es uno de los factores clave para decidir el nivel de riesgo como inversor. A mayor plazo, más margen para asumir riesgos y viceversa.
Los datos históricos ayudan a verlo. Según J.P. Morgan Asset Management, entre 1950 y 2025 el S&P 500 llegó a registrar resultados de entre un -37% y un 52% en periodos de un año. Sin embargo, al ampliar el horizonte esa diferencia se reduce mucho. En los periodos móviles de 20 años, el peor resultado anualizado fue del 6% y el mejor del 18%. Dicho de otra forma: en esa serie histórica, nadie que hubiera mantenido la inversión durante 20 años habría obtenido una rentabilidad anualizada negativa.
Eso no significa que invertir a largo plazo elimine el riesgo ni que por ser joven haya que invertir de forma agresiva. También importan tu situación financiera, los objetivos que tengas y cómo toleres las caídas cuando lleguen.
Puedes aprender con poco dinero y cuando menos duele
Invertir con cantidades pequeñas también sirve para aprender cómo funcionan los mercados y, sobre todo, cómo reaccionas tú cuando llegan las caídas. Con 20 o 25 años quizá solo puedas destinar 50 o 100 euros al mes, pero esa cantidad ya permite crear el hábito de invertir de forma periódica y ganar experiencia.
También deja margen para cometer errores con un impacto menor. Elegir mal un producto, pagar más comisiones de las necesarias o vender por miedo puede salir mucho más caro cuando el patrimonio es grande. No es lo mismo psicológicamente una caída del 5% con una cartera de 5.000 euros que con una de 500.000 euros.
Empezar a invertir joven tiene ventajas, pero eso no significa que haya que destinar a la inversión todo el dinero disponible ni que invertir deba ser tu prioridad. Antes hay que contar con un colchón de emergencia para las necesidades de corto plazo. Así evitas vender en el peor momento si necesitas dinero después de una caída.
En esa misma línea, invertir pronto es importante, pero tampoco hay que perder el foco de otra palanca clave para tus finanzas durante los primeros años: aumentar los ingresos y la capacidad de ahorro. Cuando el patrimonio todavía es pequeño, pasar de invertir 100 a 200 euros al mes puede tener mucho más impacto que intentar mejorar unos puntos la rentabilidad de la cartera. Empezar pronto permite poner el tiempo a tu favor, mientras mejorar profesionalmente y ganar más permite aumentar las cantidades que trabajarán durante todos esos años.
