Del bono Giscard al bono Macron
La deuda francesa lleva décadas entreteniendo a los lobos de Wall Street. No hay más que leer La hoguera de la vanidades, esta genial novela de Tom Wolfe en la que el protagonista, Sherman McCoy, mete la gamba con los bonos Giscard. McCoy trabaja para la firma Pierce and Pierce, una despiadada sociedad inversora imaginaria presente en otras novelas de Wolfe. Y McCoy es además lo que en Wall Street llaman un “amo del universo” empleado en el departamento de deuda pública, también conocido en el argot financiero como un bond vigilante: dícese de aquellos intermediados financieros prestos a vender de forma masiva bonos soberanos en cuanto notan en cualquier país un crujido fiscal fuera de lo común. Los bond vigilantes son los que dan la señal de aviso cuando algo va mal, los que lanzan el aullido para que la manada sepa dónde está la presa herida. En cuanto huelen la sangre, Wall Street saca los colmillos.

