La Fundació Miró incorpora 37 obras del pintor a su exposición
No cabe duda que la Fundació Joan Miró de Barcelona es el mejor espacio para conocer la obra del gran artista catalán. Los fondos que ha ido reuniendo con el paso del tiempo, gracias a la generosidad del pintor y sus herederos, así como de algunos de sus íntimos amigos, como Joan Prats, hace imprescindible subir hasta este espacio en la montaña de Montjuïc para adentrarse en un universo plástico único, uno de los más importantes en la historia de la pintura del siglo pasado. Evidentemente no está todo lo que pintó Miró, pero sí lo imprescindible y eso ahora se ve reforzado con un depósito de 37 obras maestras mironianas que llegan a la Fundació por diez años de la mano de la Colección Katsuta.
Las piezas, que fueron presentadas ayer, forman parte de un acuerdo de colaboración entre el centro y la colección más sobresaliente sobre Miró en el continente asiático. Es la continuación de una colaboración antigua y que ahora se vuelve a materializar gracias a este conjunto formado por pintura –algunas de gran formato–, dibujo y escultura, en un recorrido que nos lleva desde 1914 hasta 1977. A ello se le suma que seis de estos trabajos nunca había sido expuesto con anterioridad en la Fundació Miró.
Probablemente la pieza estrella sea «Pintura-poema», también llamada «Bonheur d’aimer ma brune», un óleo de 1925 que nos remite a la época en la que Miró ya estaba dentro de la vorágine del surrealismo, el momento en el que algunos de los miembros del grupo, especialmente André Breton, Paul Éluard y Louis Aragon, pasaban por su taller parisino de la Rue Blomet. Es el tiempo en el que Miró tiene como marchante a Jacques Viot, responsable de la organización de la primera exposición individual de nuestro protagonista en la Galerie Pierre de la capital francesa. La exposición causó el ruido suficiente como para estimular al pintor durante su estancia veraniega en Mont-roig, realizando pinturas-poemas, como la que nos ocupa, con dos figuras que se dan un beso. «El surrealismo liberó el inconsciente, exaltó el deseo y dotó al arte de poderes adicionales», declaró Miró retrospectivamente en 1964. «Las alucinaciones sustituyeron al modelo externo. Pintaba como en un sueño, con total libertad. Los lienzos de este periodo… son los más desnudos que he pintado», apuntó sobre ese periodo deudor de sus lecturas de la poesía de Novalis, Lautréamont y Rimbaud.
Dos años más tarde, Joan Miró realizó «Pintura», perteneciente a la serie de composiciones con el fondo sin tratar, igualmente llevadas a cvabo en París. Es un cuadro que participa de ese deseo mironiano de «asesinar a la pintura», causando un gran impacto en el espectador.
La destreza de Miró en el papel con el collage, el gouache y el lápiz se vislumbra en una obra de 1934 sin título y que nos traslada al tiempo en el que el pintor fue el tema de un número monográfico de la revista «Cahiers d’Art». Es un periodo importante porque, además de tener a Loeb como su representante en Europa, ya había aparecido Pierre Matisse para hacer lo mismo con su producción en Estados Unidos. En el verano de 1934, Miró experimentó con los más diversos materiales, resaltando un conjunto protagonizado por figuras de color blanco pintadas sobre un fondo negro, como es el caso de la Colección Katsuta.
Son solo tres ejemplos de lo que puede encontrarse por diez años en la Fundació Miró de la mano de obras excepcionales de esta colección privada.


© EFE