En el atelier de Corina Rosselló, a unos 30 minutos del centro de Barcelona, el tiempo tiene otra velocidad. Sobre un bastidor de madera tensado con organza de seda natural, una aguja de gancho avanza milímetro a milímetro, dibujando con cristales, perlas y lentejuelas sobre la tela. El gesto es lento y preciso. Lo opuesto a lo que la industria del fast fashion reproduce hoy en día.