Todo lo que no sea dimitir es superfluo
Puede ahorrarse el ministro de Transportes ruedas de prensa y comparecencias parlamentarias porque todo lo que no sea presentar su dimisión del cargo con carácter irreversible son gestos superfluos que solo añaden más indignidad a su situación. Porque, por mucho que Óscar Puente se lamente y se haga la víctima hablando de atravesar un calvario, aquí, las únicas víctimas reales son el centenar largo de fallecidos en los accidentes de Adamuz y Urda, las decenas de heridos y sus familias, muchas que, ayer mismo, seguían con sus familiares en la lista de desaparecidos y a quienes, como al resto de la opinión pública, no se puede responder más que con la asunción de la responsabilidad, término que parece excluido del vocabulario gubernamental, pero que es de uso común en el resto de las democracias de corte occidental. Y puede ahorrarse el ministro tan desagradables trabajos porque hace ya muchos meses, desde la primera tragedia, sucedida el 18 de enero pasado, que los ciudadanos conocen las causas últimas de estas catástrofes, entre otras razones, porque los usuarios de la red ferroviaria española conocen de primera mano el deterioro de unos servicios que llegaron a ser modélicos, pero que a día de hoy son el mejor ejemplo del proceso de involución que ha sufrido la sociedad española por culpa del sanchismo. De hecho, Óscar Puente preside una suerte de caos en el que operan la baja inversión en el mantenimiento de las infraestructuras, la mala gestión de unos responsables elegidos más por su vinculación al PSOE que por su preparación técnica, la presión política para mantener los servicios aún a costa de la seguridad, que vienen las elecciones; la falta de personal, con las plantillas de controladores de Adif exigidas al máximo, la obsolescencia de unos sistemas que datan de 1992, la incapacidad manifiesta para llevar a cabo unos contratos de modernización de la red, cuyas obras se eternizan sin una explicación aceptable, y, por último, pero no menos importante, el desprecio a cualquier advertencia o aviso hechos por los trabajadores del sector. Ya hemos señalado en previas notas editoriales que, con este panorama de gestión, hablar de fallo humano es una salida en falso de quien está al frente de Transportes y una manera de cubrir las espaldas del Gobierno que, dicho sea de paso, es el mismo que ha sido incapaz de aprobar unos Presupuestos del Estado en los tres años que llevamos de legislatura. Desde una postura mínimamente responsable, el Ejecutivo debería aceptar que, más que ante un fallo humano, nos hallamos ante un «error inducido» por la concatenación de averías recurrentes en la línea Madrid-Sevilla, reiteradamente denunciadas, que deberían haber obligado a tomar medidas de precaución excepcionales, pero que no se tomaron por su mal efecto entre los electores. El problema, y no menor, es que la propaganda puede ocultar o disimular la realidad de una mala gestión de gobierno, pero no sirve para arreglar las vías, modernizar los servicios de control y garantizar la seguridad de los viajeros.


© J.J.Guillen / Agencia EFE

