A uno solo le queda rezar para que lo entierren junto a Brassens, frente a la playa de Sète, o buscar refugio en algún sótano de Montmartre con Yves Montand cantando Les feuilles mortes entre el humo de los Gauloises. La Francia que muchos hemos amado venía a ser así: una conversación civilizada entre una canción y un vaso de pastís. Quizá por eso resulta especialmente doloroso contemplarla arder.