La responsabilidad de las democracias ante la salud global
Tuvo que despedirme la Administración Trump en 2025 para que comprendiera de verdad hasta qué punto se había vuelto frágil el tejido de nuestra sociedad en Estados Unidos. Valores que durante tanto tiempo habíamos considerado universales —como acabar con el hambre en el mundo, el VIH, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas— se convirtieron de pronto en moneda de cambio político. Nunca imaginé que llegaría el día en que mi país interrumpiría de forma precipitada y temeraria el suministro de material médico, alimentos de emergencia y kits de atención a víctimas de violación destinados a algunas de las personas más pobres del mundo, con un coste en vidas difícil de calcular.

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