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La ciencia de los abrazos: descubren qué los convierte en inolvidables

Todos recordamos al menos uno, sin importar cuánto tiempo haya pasado. Y es que hay abrazos que “ni fu ni fa”, están los “psé, estuvo bien” y luego están los que aun sentimos en la piel con una precisión sorprendente. Recordamos quién estaba al otro lado, qué necesitábamos en aquel momento y qué pasaba alrededor. Está claro que no todos los abrazos son iguales, ni todos dejan la misma huella. Pero ¿qué hace que uno de ellos se convierta en un recuerdo al que volvemos años después?

La ciencia empieza a explorar esa pregunta. Un estudio publicado en PLOS ONE, liderado por Anna Lena Dueren, ha analizado las experiencias de 15.049 adultos para averiguar por qué algunos abrazos permanecen en la memoria. El resultado ofrece una pista reveladora: más que el contacto físico en sí mismo, lo que parece dar significado a estos encuentros es aquello que nos transmiten.

El 69,5 % de los participantes afirmó recordar un abrazo por el efecto emocional positivo que había tenido en su vida. Entre quienes conservaban uno de esos recuerdos, las razones más habituales eran el consuelo, la comprensión y el apoyo. La excitación física, en cambio, fue el motivo menos frecuente. El abrazo que permanece no suele ser, por tanto, el más espectacular, sino aquel que nos hizo sentir acompañados cuando lo necesitábamos.

“Cuando empecé a estudiar este tipo de conductas, me di cuenta de que los abrazos habían recibido menos atención científica que otras formas de contacto, como las caricias – señala Dueren -. Sin embargo, abrazar es una de las maneras más comunes de conectar físicamente con los demás, ya sea al saludar a alguien querido o durante una situación emocional”. De esa aparente contradicción nació la investigación: un gesto cotidiano y universal en apariencia, pero cuyo significado psicológico apenas se había estudiado de forma específica.

Para llevarla a cabo, el equipo recurrió a los datos del Touch Test, una encuesta sobre las actitudes y experiencias relacionadas con el tacto, promovida a través de la BBC y otros medios. Los participantes debían indicar si recordaban un abrazo por su efecto emocional positivo y, en caso afirmativo, elegir la principal razón por la que había quedado grabado en su memoria. Así, en lugar de observar abrazos artificiales en un laboratorio, los científicos pudieron acercarse a recuerdos autobiográficos de la vida real.

La explicación podría estar en la capacidad del contacto físico para comunicar algo que no siempre conseguimos expresar con palabras. Un abrazo puede decir “estoy aquí”, “te entiendo” o “no tienes que afrontar esto a solas”. El cuerpo se convierte en un canal de comunicación y la experiencia adquiere un significado que va más allá de la sensación de tocar y ser tocado. El equipo de Dueren relaciona estos resultados con los modelos que describen el tacto afectivo como una forma de intercambio social: quien abraza transmite una intención, pero quien recibe el contacto la interpreta a partir de sus propias características, sus expectativas y la situación que está viviendo.

Esa interpretación, además, no es idéntica para todo el mundo. El estudio señala que las personas con puntuaciones más altas en empatía tenían una probabilidad ligeramente mayor de recordar un abrazo por su efecto emocional positivo. Algo parecido ocurría con quienes mostraban más ansiedad relacionada con el apego, una dimensión vinculada a la preocupación por la cercanía y la separación en las relaciones. En cambio, una mayor evitación del apego se asociaba con una probabilidad algo menor de conservar ese tipo de recuerdo.

Esto no significa que las personas más empáticas recuerden necesariamente todos los abrazos ni que quienes prefieren la independencia sean incapaces de encontrar consuelo en ellos. Las asociaciones fueron pequeñas y no permiten establecer una relación de causa y efecto. “Aunque estos efectos fueron pequeños, plantean preguntas interesantes sobre cómo las diferencias individuales influyen en la forma en que experimentamos y recordamos los abrazos”, añade Dueren.

Conviene no confundir este análisis con una explicación definitiva de cómo el cerebro almacena los recuerdos. El estudio analiza asociaciones entre las características personales y las experiencias que las personas dicen recordar; no estudia directamente los mecanismos neuronales que hacen que una escena perdure. Además, los datos proceden de una muestra británica y se recogieron en 2020, antes de que el estudio pudiera examinar de forma específica los efectos de la privación de contacto durante la pandemia. El contexto del abrazo (quién nos abrazó, dónde y en qué circunstancias) tampoco quedó registrado con suficiente detalle.

Precisamente ahí se encuentra el siguiente paso. Dueren espera que futuras investigaciones permitan comprender mejor cómo la personalidad, las experiencias anteriores y las circunstancias de cada encuentro determinan su significado. El objetivo, explica, es saber cuándo y para quién un abrazo puede proporcionar consuelo y apoyo social. Quizá la razón por la que algunos abrazos permanecen no sea que duren más, sino que llegan en el momento preciso. Cuando las palabras no bastan, un gesto puede ofrecer seguridad, reconocimiento o compañía. Y, aunque la ciencia todavía no conoce todos los mecanismos que convierten esa experiencia en un recuerdo duradero, empieza a identificar qué solemos guardar de ella: no solo la sensación de unos brazos alrededor del cuerpo, sino lo que sentimos que esos brazos nos estaban diciendo.

El abrazo entre padre e hijo que puso en pie a París
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E=mc²: una nueva lectura de Einstein revela cómo la gravedad puede transferir energía a la materia

Pocas ecuaciones han alcanzado tanta fama como E=mc2. Tres letras, un signo de igualdad y una cifra elevada al cuadrado bastaron para cambiar nuestra forma de entender el universo. Albert Einstein mostró que la masa y la energía no son realidades independientes: la energía correspondiente a un cuerpo en reposo es igual a su masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz. Como esta velocidad es enorme, incluso una pequeña cantidad de masa equivale a una cantidad extraordinaria de energía.

La ecuación, sin embargo, no explica por sí sola todos los procesos mediante los cuales la energía se transforma o se intercambia en la naturaleza. Y es precisamente en ese terreno donde se sitúa un nuevo estudio liderado por Luca Comisso, de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, y Felipe A. Asenjo, de la Universidad Adolfo Ibáñez, en Chile. Publicado en Physical Review D, el estudio presenta un marco matemático para describir un fenómeno que los autores denominan “reconexión gravitatoria”.

La propuesta no corrige a Einstein ni añade un término a su célebre ecuación. Los científicos han encontrado una forma diferente, aunque matemáticamente equivalente, de expresar las ecuaciones de la relatividad general. Al hacerlo, han identificado una semejanza entre el comportamiento de ciertos campos gravitatorios y un proceso conocido desde hace tiempo en la física de los plasmas: la reconexión magnética.

Para entender la conexión conviene mirar al Sol. Su campo magnético forma estructuras que se estiran, retuercen y reorganizan. En determinadas condiciones, algunas líneas del campo pueden romper su configuración anterior y conectarse de otra manera. Ese cambio, conocido como reconexión magnética, permite liberar energía almacenada en el campo y transferirla a las partículas del plasma. El resultado puede ser una fulguración solar, una explosión que libera enormes cantidades de energía.

Comisso y Asenjo plantean que existe un proceso análogo en la gravedad. La diferencia es que, mientras los campos magnéticos suelen representarse mediante líneas, la descripción matemática de la gravedad en el espacio-tiempo de cuatro dimensiones utiliza estructuras que pueden imaginarse como láminas o superficies. No son objetos físicos que podamos ver o tocar, sino herramientas matemáticas para representar la organización del campo gravitatorio. En condiciones ideales, esas estructuras conservan su conectividad. Pero si dejan de cumplirse las condiciones que mantienen esa configuración, las conexiones pueden cambiar. Los autores llaman reconexión gravitatoria a ese proceso y muestran que puede modificar el intercambio de energía y cantidad de movimiento entre el campo gravitatorio y la materia.

La idea es importante porque ofrece otra manera de investigar cómo se comporta la gravedad cuando el espacio-tiempo se encuentra sometido a condiciones extremas. Uno de los escenarios en los que podría resultar útil es la colisión de agujeros negros. Cuando dos de estos objetos se fusionan, el espacio-tiempo se deforma de manera extraordinaria y el fenómeno produce ondas gravitacionales, ondulaciones que se propagan por el universo y que pueden ser detectadas desde la Tierra.

Hoy, estudiar esos acontecimientos requiere complejas simulaciones informáticas. El nuevo enfoque podría ayudar a identificar reglas fundamentales del proceso y, en el futuro, a mejorar las predicciones sobre la energía que se libera o las señales que podrían dejar estos sucesos en las ondas gravitacionales. Pero hay una cautela esencial: la reconexión gravitatoria es, por ahora, una propuesta teórica. El estudio establece un marco matemático para describirla, pero todavía queda por determinar cómo se desarrollaría en escenarios astrofísicos concretos y si produciría efectos observables.

¿Qué significa esto para E=mc2? Que la fórmula de Einstein sigue intacta. La equivalencia entre masa y energía no está en cuestión. El nuevo trabajo aborda una pregunta diferente: cómo puede cambiar la energía intercambiada entre la gravedad y la materia cuando se reorganiza la estructura del campo gravitatorio. Más de un siglo después de que Einstein formulara las ecuaciones que describen la gravedad, los físicos siguen encontrando nuevas maneras de explorar todo lo que encierran. No se trata de sustituir la ecuación más famosa de la ciencia, sino de descubrir qué otros mecanismos pueden esconderse en las matemáticas que describen el universo.

Representación artística de los efectos de gravedad cuántica de bucle en un agujero negro. La mitad inferior de la imagen muestra el agujero negro que, según la relatividad general, atrapa todo, incluida la luz. La gravedad cuántica de bucles, una teoría que extiende la relatividad general de Einstein utilizando la mecánica cuántica, supera este tremendo impulso y libera todo lo que se muestra en la mitad superior de la imagen, resolviendo así el problema fundamental de la singularidad del agujero negro. Crédito: A. Corichi y JP Ruiz. LSU.
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La Universidad de Cambridge señala que los cometas difícilmente pudieron sembrar la vida en la Tierra

Durante décadas, los cometas han alimentado una de las ideas más sugerentes sobre el origen de la vida en la Tierra: que estas enormes bolas de hielo, polvo y material orgánico pudieron transportar desde el espacio los ingredientes químicos necesarios para ponerla en marcha. Sin embargo, que un cometa contenga esas moléculas no significa que pueda entregarlas intactas. Un nuevo estudio de la Universidad de Cambridge concluye que las condiciones necesarias para que esa transferencia funcionara eran tan excepcionales que difícilmente pudieron convertir a los cometas en una fuente importante de los precursores de la vida terrestre. Los resultados se han publicado en Nature.

“Históricamente, los científicos pensaban que los cometas eran importantes para el origen de la vida en la Tierra porque transportaban moléculas que contenían carbono y nitrógeno – señala Richard Anslow, líder del estudio -. Aquellas bolas de nieve cósmicas parecían ofrecer una especie de atajo químico: podían llevar hasta nuestro planeta compuestos que la química prebiótica necesitaba. Es una idea romántica, pero nuestros resultados sugieren que es muy improbable”.

El problema comienza con la velocidad. Cuando un cometa impacta contra un planeta, la energía liberada puede generar temperaturas y presiones capaces de destruir las moléculas orgánicas que transporta. Además, su trayectoria y el ángulo de entrada en la atmósfera condicionan cuánto material consigue alcanzar la superficie. Para que la entrega funcionara, el impacto tendría que producirse en unas condiciones muy concretas: demasiado rápido o con una trayectoria inadecuada, y buena parte de los compuestos delicados desaparecerían antes de poder participar en las reacciones químicas que precedieron a la vida.

Para evaluar esa posibilidad, el equipo combinó modelos recientes de impactos cometarios, interacciones con la atmósfera y simulaciones de la evolución dinámica de estos cuerpos. El análisis se centró en el cianuro de hidrógeno (HCN), una molécula que contiene carbono y nitrógeno y que se encuentra habitualmente en cometas del sistema solar. Su interés no es menor: puede intervenir en rutas químicas capaces de producir compuestos relevantes para la química prebiótica, entre ellos precursores de azúcares, aminoácidos y componentes de los ácidos nucleicos.

Las simulaciones revelaron que la supervivencia del HCN durante el impacto requería condiciones muy poco frecuentes. Y superar esa primera barrera tampoco bastaba. Incluso si una parte de la molécula llegaba intacta a la superficie, debía acumularse en una concentración suficiente y permanecer allí el tiempo necesario para que se produjeran las reacciones posteriores. Según los autores, las posibilidades de reunir todas esas condiciones eran extraordinariamente reducidas.

“Tendría que ser un acontecimiento entre un millón”, añade Anslow. No solo sería necesario acertar con la velocidad y el ángulo del impacto; también tendría que desencadenarse después una secuencia química capaz de avanzar con rapidez. El estudio no descarta que sucediera alguna vez, pero considera que, como mucho, habría sido un episodio excepcional y no la lluvia constante de moléculas prebióticas que proponían algunas hipótesis.

La historia temprana de la Tierra tampoco jugaba a favor de los cometas. Durante los primeros 500 millones de años de nuestro planeta, la frecuencia de los impactos cometarios disminuyó rápidamente. Eso habría dejado, según los modelos, apenas un puñado de oportunidades para depositar cantidades útiles de cianuro de hidrógeno. Y, aunque alguno de esos impactos hubiera tenido éxito, la concentración del compuesto no se habría mantenido necesariamente durante mucho tiempo.

¿Significa esto que los ingredientes de la vida tuvieron que originarse exclusivamente en la Tierra? No. El equipo de Anslow contempla otras posibilidades, como la síntesis de moléculas prebióticas mediante procesos químicos terrestres o su llegada a través de asteroides, que golpearon nuestro planeta con mucha mayor frecuencia que los cometas. El estudio no resuelve el origen de la vida: pone en duda una de las vías propuestas para reunir sus ingredientes.

Hay, además, un giro planetario. Marte podría haber ofrecido mejores condiciones para recibir moléculas transportadas por cometas. Al ser más pequeño que la Tierra y contar con una atmósfera mucho más tenue en la actualidad, habría resultado más fácil que ciertos compuestos alcanzaran su superficie durante las primeras etapas del sistema solar, cuando estos impactos eran más frecuentes. Pero tampoco hay pruebas de que ocurriera allí. Como advierte Anslow, que el proceso fuera algo más viable en Marte no significa que sucediera; quizá no ocurrió en ninguno de los dos planetas.

Los resultados también podrían ayudar a orientar la búsqueda de vida fuera del sistema solar. Si la arquitectura de un sistema planetario influye en la velocidad con la que los cometas alcanzan sus mundos, identificar sistemas donde estos cuerpos puedan desplazarse y frenar mediante interacciones gravitatorias entre planetas permitiría seleccionar lugares especialmente interesantes para futuras observaciones.

La conclusión no es que los cometas fueran estériles ni que nunca aportaran materia orgánica a la Tierra. Es algo más preciso: transportar los ingredientes de la vida y conseguir que lleguen en condiciones útiles son dos problemas muy diferentes. En el origen de la vida, el desafío quizá no consistía solo en reunir las piezas químicas, sino en que sobrevivieran al viaje y encontraran, al llegar, el tiempo y las condiciones necesarios para empezar a encajar.

© Eurekalert

Un nuevo estudio liderado por la Universidad de Michigan revela que el agua del cometa interestelar 3I/ATLAS tiene un contenido notablemente alto de deuterio, una forma de hidrógeno comparativamente menos abundante en nuestro sistema solar. Esto permite a los investigadores obtener nuevas pistas sobre otros procesos planetarios en nuestra galaxia.
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