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El tortuoso limbo de espera y desinformación que atraviesan los familiares de los desaparecidos en Urda

Los familiares de las personas desaparecidas tras el accidente ferroviario de Urda viven la travesía de un vacío informativo que aumenta su agonía según transcurren las horas de espera, mientras las autoridades cotejan denuncias, listas de pasajeros y pruebas de ADN. Han pasado más de 24 horas y los familiares se mueven para dar con respuestas, que seguramente llegarán por una llamada telefónica de la Guardia Civil.

El día del accidente los familiares pasaron de los puntos de información a las dependencias policiales para dar muestras de ADN y ahora sólo pueden esperar. En el punto de atención habilitado en Atocha se dejan caer algunos familiares, muy pocos, un día después.

“Buscan información, porque no tienen; es lo que les falta”, explica Andrés Horcajo, persona de contacto para asistencias, familiares y víctimas del punto de información de Atocha. Desde la apertura del centro de atención, los equipos han atendido a 157 familiares, aunque la información disponible sigue siendo escasa y, en muchos casos, se reduce a esperar. “Si hay información se les da, pero desgraciadamente la información que tenemos suele ser poca”, asegura. El único mensaje que pueden dar es el de estar a la espera.

La confirmación de un fallecimiento no se comunica en esos espacios, sino que corresponde a la Guardia Civil, previa autorización judicial y una vez realizadas las verificaciones de ADN. Mientras tanto, los familiares permanecen atrapados entre listados de desaparecidos y denuncias que aún deben concordarse.

Buscar, moverse, agarrarse a una esperanza

Muchos familiares han recorrido Urda, Toledo y Madrid en busca de cualquier dato. Algunos acudieron primero a los pabellones habilitados y después se desplazaron a la comandancia de la Guardia Civil en Toledo, donde se centraliza parte de la información.

accidente ferroviario de Urda, describe esa movilidad como una reacción comprensible: “Es una búsqueda de respuestas… la sensación de estar haciendo algo también forma parte de este proceso”. Tras horas sentados, revisando noticias y esperando, moverse les permite sentirse útiles o creer que se acercan a una respuesta.

La incertidumbre es el denominador común, pero cada familia procesa la situación de manera distinta. “Hay familias que lo viven con más incertidumbre, algunas están muy unidas y se basan en eso, en esa unidad que tienen de apoyo. Es verdad que la inquietud y la incertidumbre es algo que se repite entre la mayoría, pero luego cada familia y cada situación son un mundo”, asegura. 

Los equipos detectan tristeza y dolor intensos, junto con sentimientos de culpa, miedo y enfado que pueden aparecer de forma desigual. Los psicólogos insisten en que no existe un duelo lineal ni una única reacción “correcta”. Su trabajo consiste en validar lo que sienten las familias, prepararlas para lo que pueda suceder y recordarles la importancia de mantenerse unidas, descansar cuando puedan y no quedarse aisladas.

Algunos familiares que acudieron a los centros de atención recibieron el consejo de volver a casa a descansar, pero muchos continuaron llamando durante la noche para preguntar si había novedades. Otros decidieron permanecer cerca de los puntos de información, incapaces de resignarse a esperar en casa una llamada.

Esa vigilia prolongada agrava el agotamiento físico y emocional. Los equipos de atención intentan recordarles que cuidarse también forma parte de la espera: comer, descansar aunque sea brevemente y apoyarse en otros familiares puede ayudarles a afrontar las horas siguientes, aunque ninguna recomendación elimine la angustia de no saber.

Para muchas familias, cada hora sin noticias mantiene abiertas dos posibilidades contradictorias: la de encontrar a su ser querido con vida y la de recibir una confirmación definitiva de su muerte. Esa oscilación constante entre esperanza y temor convierte la espera en un sufrimiento propio, distinto del duelo, porque impide empezar a elaborar la pérdida.

Los profesionales evitan dar falsas expectativas, pero tampoco cierran la puerta a la posibilidad de que aparezcan más datos. Su objetivo es preparar a los familiares para cualquier escenario, sin decidir por ellos cómo deben sentirse ni cuándo deben asumir lo que todavía no han podido confirmar.

Un apoyo que debe continuar

La atención inicial en los pabellones y centros habilitados es solo el comienzo. Cuando pase la emergencia y los equipos de primera intervención se retiren, muchas familias seguirán necesitando acompañamiento para procesar lo ocurrido, especialmente si la espera se prolonga o si termina en una pérdida confirmada.

Cruz Roja ofrece recursos gratuitos de apoyo posterior, como “Cruz Roja te acompaña” y “Cruz Roja te escucha”, pensados para quienes necesiten continuidad psicológica.

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La solidaridad no falla: del consuelo del cura de Consuegra al café de unos raveros de Urda

Dos personas se abrazan en la zona cero del accidente de Urda.

En la vía del tren que une Madrid con Andalucía, entre los coches destrozados, volvieron a sonar los móviles de los pasajeros sin que nadie contestara. Una sintonía tétrica que conocemos desde que sonó en Atocha y Santa Eugenia en 2004 y que de nuevo se escuchó en Adamuz, hace apenas nueve meses, y que nadie pensó que volveríamos a escuchar tan pronto como sonó ayer en Toledo. Mientras a quienes llamaban no podían contestar, aparecieron, como siempre, los que nadie llama. Vecinos de Urda, de Consuegra y de Yébenes escucharon la noticia y fueron a ayudar. 

La zona cero del accidente ferroviario de Urda fue ayer una sopa de letras de entidades sanitarias y de emergencias de la muñeca rusa institucional española. Policías locales de las localidades cercanas, 455 guardias civiles, 200 militares de la UME, 102 efectivos de protección civil y bomberos, sanitarios y funerarios de varias comunidades autónomas. Estaban todos los que tenían que estar. La carretera de Toledo 3360 que une la N-401 con el centro de mando junto a los trenes siniestrados fue, durante todo el día, un trasiego de ambulancias, furgones funerarios, cuerpos policiales, soldados y bomberos. Pero para los demás estaba cortada, los periodistas acudían andando y los familiares eran redirigidos al punto de información de Urda.

Los que no eran ni una cosa ni otra eran voluntarios como Jonathan Arroyo, un comerciante de 40 años que en cuanto se enteró de la colisión organizó un punto de encuentro en Yébenes y empezaron a llevar comida y bebida hasta el lugar de la zona cero. Le encontramos, junto con otros voluntarios, cargando bolsas por la carretera cortada hasta el puesto de mando. Son unos 400 metros, lleva toda la mañana haciendo viajes desde su pueblo. “Hemos descargado unos 200 kilos de cosas que nos ha dado la gente del pueblo”, explica. Las botellas de agua se acumulan en los distintos puntos de acceso al lugar del siniestro. A cada lado de la vía hay unidades de rescate recuperando heridos y cuerpos. Un grupo de voluntarios les ofrece agua. Eloy es conductor, pero desde que llegó está apostado en una esquina ofreciendo bebidas a sanitarios, guardias civiles o a quien se lo pida. 

Por su puesto solidario se para el párroco de Consuegra, José Manuel Consuegra; sale exhausto de atender a los heridos y darles consuelo mientras sacaban los cadáveres del tren. “He tenido momentos de oración para los difuntos de un lado y otro de la vía y he estado hablando con los heridos que podían hablar. 'Rece por nosotros, rece por esta tragedia', me decían”. En este episodio que el párroco tardará en olvidar ha podido dar el consuelo del sacramento de extremaunción. A la zona cero del accidente se acercó también el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro. “Es una situación dramática, de mucho sufrimiento, de mucho dolor en el que lo que pretende la Iglesia es sólo cercanía a las personas que sufren”, nos explicó el arzobispo.

Urda, un pueblo solidario

Los vecinos de Urda, por su cercanía, fueron los primeros en llegar al siniestro. Allí asistieron a heridos y empezaron a trasladar a los más leves al pueblo. El polideportivo de la localidad quedó a disposición de los heridos leves, los graves fueron derivados a centros médicos, mientras que se habilitaba el colegio del pueblo para los familiares. Hasta allí se desplazó la solidaridad de los vecinos. José Luis, un restaurador del pueblo, se activó tan pronto supo de la situación y se puso manos a la obra para hacer un gran caldo para los afectados en el polideportivo de Urda.

Del pabellón deportivo sale Tanvi Binir, un joven de 22 años que viajaba en el Iryo con su padre, cada uno en vagones diferentes. Está bien físicamente, sin heridas; dice que su padre también. Pero ha visto cosas que no termina de procesar tras el impacto del AVE con su tren. “Hablé con un herido que tenía el pie roto por el talón, se le veía el hueso; otro pasajero herido pedía que por favor buscaran a su pareja... Fue difícil, he visto cosas que no había visto nunca”, asegura. Todavía está asimilando lo vivido.

Café solidario en Urda.
Café solidario en Urda. | I. Cánovas

Por ese motivo están allí las emergencias psicosociales: recibieron la alerta del 112 de Toledo a los cinco minutos del accidente y a las 10 de la mañana ya estaban desplegados. “Cada persona encaja lo vivido de una manera distinta”, explica Carmen García, de este servicio de Cruz Roja. “Hay personas asustadas, hay personas tristes y personas muy enfadadas. Había una chica que viajaba también en el tren de Adamuz y estaba totalmente noqueada, pero dice que no puede dejar de coger trenes. Los necesita por trabajo”, explica.

Las necesidades de cuantos han pasado por esa situación necesitan ser abordadas de manera individual, asegura la psicóloga. Para soluciones universales estaban Víctor, de 38 años, y Laura, de 24; tienen desplegado desde la mañana su “chiringuito de festivales” con su flamante máquina de café de bar alimentada con una bombona de butano. Un cartel impreso y pegado a la pared con la palabra “café” y mucha voluntad de ayudar; no necesita más esta pareja de raveros -habituales de las convocatorias de free partys (o raves ilegales)- para aportar su granito de arena. De café, en su caso.

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El Reino Unido aplaza las reformas ante el elevado peso de la deuda

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Elaborar unos presupuestos del Estado con ayudas para aliviar el incremento del coste de la vida cuando la deuda pública se eleva a 3,57 billones de euros (un 94% del PIB) y sus intereses ascienden a 12.000 millones de euros al mes, es como acudir al usurero y pedirle un crédito para comprar un Ferrari cuando tienes empeñada hasta la vajilla de la abuela. Pero esa es la tesitura en la que se encontró ayer el ministro de Economía británico, John Healey.

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