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El alcalde de Urda: «Es un orgullo que mis vecinos dieran la cara»

En medio del dolor y la consternación tras lo sucedido, el alcalde de Urda (Toledo), Manuel Galán, ha mostrado su satisfacción por la respuesta de sus vecinos tras la tragedia. «Es un sentimiento de orgullo saber que tu vecino, esa gente a la que ves todos los días, cuando hizo falta, cuando tuvieron que estar, dieron la cara», ha señalado en una entrevista a Efe. Galán ha añadió que sus vecinos «estuvieron ayudando a la gente que realmente necesitaba en ese momento que les estuviese acompañando, porque al final lo que hicimos fue acompañarles, darles un poquito de cariño, que era lo que realmente necesitaban», aseveró.

Impactados aún por lo ocurrido, los lugareños buscan ahora «entender entre todos» qué «es lo que ha pasado», a la vez que tratan de «ir soportando ese dolor que tenemos, digiriendo todo poco a poco, e intentando volver a la vida habitual», indicó el alcalde, porque Urda vivía «una vida tranquila hasta que ha pasado este trágico accidente».

Otros servidores públicos han compartido a LA RAZÓN qué sucedió en la trágica mañana del martes. Miguel Ángel Llanos, responsable de los bomberos del Consorcio de Toledo, dependiente de la Diputación Provincial, cuenta que, instantes después de producirse el choque de trenes en Urda los efectivos del parque de Orgaz, localidad de Toledo cercana a los hechos, fueron movilizados. Los de esta estación fueron los primeros en llegar, pero debido a la grave situación que se encontraron por el impresionante choque de los trenes el resto de unidades de otros parques de la provincia fueron movilizados para ayudar en la tareas de emergencia.

Llanos ha explicado que hasta 135 efectivos de bomberos de la provincia trabajaron simultáneamente en la zona, cuyas labores principales fueron la atención y orientación a los heridos.

Una actuación para la que están preparados, ya que el responsable de los bomberos afirma que en un accidente de gran envergadura como el ocurrido el procedimiento indica que lo primero es atender a los vivos. Un trabajo que se realizó en total coordinación con otros servicios de emergencia, como fueron los de seguridad, los sanitarios y los de intervención.

Otro de sus cometidos, esta vez más especializado, fue la liberación de espacios para que pudieran ser extraídas las víctimas y heridos, y la recuperación de los cadáveres que se encontraban bajo los amasijos de hierro, trabajo que se realizó bajo la dirección de la autoridad judicial.

Por su lado, Miguel Ángel Domínguez, jefe de Protección Civil de Camuñas, ha destacado que «la coordinación de todos los servicios públicos ha sido ejemplar, se ha realizado un trabajo excelente». Cuenta que llegó junto a compañeros de su agrupación la tarde del miércoles a la Zona 0 del suceso.

Uno de sus primeros cometidos fue hacer espacio en el camino para que la maquinaria pesada, como las grúas, pudieran acceder al lugar del siniestro, además de coordinar el aparcamiento de las decenas de vehículos tanto de emergencias como de transporte del diverso personal.

El jefe de Protección Civil fue testigo de cómo cortaron los trenes por arriba para poder acceder a los vagones. Una jornada, la del miércoles, que finalizaron casi a las tres de la madrugada. El jueves por la mañana estaban de nuevo en la Zona 0, esta vez encargándose del catering, procurando que los efectivos que allí estaban trabajando dispusieran de agua, café, zumos, y algo para comer.

Para finalizar, Domínguez ha señalado la cantidad de efectivos que estuvieron trabajando en el lugar del accidente, destacando de nuevo la magnífica coordinación y el excelente trabajo que han realizado.

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"Sé que mi mujer no está desaparecida, solo falta que se le ponga el certificado de fallecimiento"

Más de una decena de familias han recibido ya la peor noticia de sus vidas: la confirmación de que uno de sus seres queridos, desaparecido tras el accidente ferroviario del miércoles en Urda (Toledo), figuraba entre las víctimas mortales. Respecto a las autopsias, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Toledo y Ciudad Real había completado al cierre de esta edición 65, mientras la cifra de fallecidos seguía en 69 y las identificaciones comunicadas a las familias ascendían a 12.

En cuanto a las desapariciones, las oficinas de las comandancias de la Benemérita en Toledo, Madrid, Sevilla, Logroño y Ciudad Real han recogido 72 denuncias de familiares y allegados. Por provincias, 38 se registraron en Toledo; 24 en Madrid; ocho en Sevilla; una en Ciudad Real y una en Logroño. Del total de denuncias, cinco personas han sido localizadas con vida. De las tres localizaciones nuevas, dos personas estaban en hospitales y la tercera «no había llegado a subir al tren el día del accidente», informó Ep.

Mientras tanto, en la Casa Diocesana de Ejercicios El Buen Pastor, integrada en la Casa Sacerdotal de Toledo, varios tantos familiares permanecía ayer a la espera de noticias. Poco a poco, y tras el arduo trabajo de cotejo de las muestras de ADN con los cadáveres recuperados, iban llegando las confirmaciones que nadie quería escuchar. Era el caso de Cecilio Liébana, que se desplazó desde Jaén para acompañar a su hermana después de conocer que su sobrino había fallecido en el accidente. «No sabíamos qué había pasado con él. Hemos ido agotando todas las vías, buscando en los hospitales», explicaba. Durante dos días habían mantenido la esperanza de encontrarlo entre los heridos, hasta que llegó la noticia que tanto temían. «La esperanza es lo último que se pierde, pero no ha sido así».

Con la voz quebrada, Cecilio reconocía que «no lo queremos reconocer, pero él estaba allí». «Una pena muy grande. Habíamos puesto toda la ilusión, las esperanzas y la fe en que no fuera uno de ellos, pero a veces las cosas salen así». Aseguraba que «esto no se puede superar, pero lo tendremos que hacer como podamos».

Su sobrino, Francisco José Barbero Liébana, tenía 32 años. Trabajaba en Madrid y había viajado para pasar unos días con su madre. Viajaba en el vagón 7 del AVE. «La noticia nos ha destrozado enteros», relataba Cecilio. Su hermana y su cuñado llevan alojados en El Buen Pastor desde el miércoles, el día del accidente. El dolor es tal que su hermana incluso ha mantenido apagado el teléfono móvil. Cecilio comprende la complejidad de los trabajos de identificación y defiende que las notificaciones se realicen con todas las garantías. «Todo tiene su proceso y puede deberse a muchos factores», apuntaba. También quiso trasladar su solidaridad a las demás familias afectadas y pedir que se rezara por ellas. «Ahora tenemos que mirar hacia el futuro para que esto no pueda ocurrir más, porque estamos destrozados». El siguiente paso será realizar los trámites para trasladar el cuerpo de su sobrino.

A su lado se encontraba otra de las hermanas de la familia, Marisa Liébana, que, rota de dolor, reconocía que «el desenlace ha sido muy triste y no nos lo esperábamos, pero ha sido así». «Es una lástima que haya pasado esto. Gente como mi sobrino, que iba a pasar unos días con la familia o por otros motivos, ha acabado sin vida». Ambos hermanos evitaban señalar responsables de la tragedia, pero confiaban en que algo así no volviera a repetirse. «Porque ya ha sucedido dos veces», subrayaba Marisa.

También aguardaba noticias Javier Barrio, marido de una de las personas que todavía figuraban como desaparecidas tras el accidente. Aunque aún no había recibido la confirmación oficial, su desesperanza era evidente. Su mujer, Carmen de Santa Ana, viajaba también en el vagón 7. «Solo falta que se le ponga el certificado de fallecimiento», afirmaba. Ya el jueves, explicaba, había comprendido que las posibilidades de encontrarla con vida eran «remotísimas». «Aunque me veáis aquí, no paro de llorar desde hace dos días». Carmen era una alta directiva de Viajes El Corte Inglés y aquel iba a ser su último desplazamiento laboral antes de jubilarse.

Sobre la información que la Guardia Civil está trasladando a los familiares, Javier aseguraba que les habían explicado que el número de familias alojadas en la Casa de Ejercicios coincidía con el de cuerpos que permanecían en la morgue. «Estamos prácticamente al cien por cien seguros de que todos los que estamos aquí somos familiares de fallecidos», sostenía. Según les habían comunicado, el compromiso era entregar los certificados de defunción durante los siguientes dos o tres días. Por eso, consideraba que las posibilidades de que alguno de los desaparecidos no figurara finalmente entre las víctimas eran ya «tan bajas que prácticamente no merece la pena ni contemplarlo». Javier afronta estos momentos acompañado de sus hijos.

Mientras tanto, Manuel San Emeterio intentaba aferrarse ayer a una última esperanza: encontrar con vida a su hermano, José San Emeterio. Según explicaba, los mandos de la Guardia Civil les habían detallado las razones de la lentitud de los procedimientos y la complejidad de las identificaciones. También recordaba que el jueves por la noche se habían vivido momentos de confusión. Sobre las 23.00 horas se había interrumpido la comunicación entre la jueza y la Guardia Civil, lo que había provocado que algunos familiares se preguntaran por qué habían dejado de recibir información sobre sus seres queridos.

Manuel reconoce que varios familiares estaban «cabreados por la paralización de las notificaciones», aunque posteriormente les habían comunicado que los agentes habían continuado trabajando durante toda la noche y habían conseguido avanzar en las identificaciones.

Manuel se niega a perder la esperanza. Se aferra a la posibilidad de que alguno de los datos relativos a las personas hospitalizadas todavía no esté completamente contrastado. «Nos han dicho que hay entre un 1% y un 2% de posibilidades de que esté hospitalizados», explicaba. También les han advertido de que no quieren precipitarse ni cometer errores en las identificaciones. Les han dicho que existe entre un 1% o un 2% de posibilidades de que su familiar desaparecido no esté finalmente en la relación de fallecidos.

A esa mínima posibilidad se agarraba también por otra razón: las distintas formas en las que, según aseguraba, había aparecido escrito su apellido durante aquellos días. «Mi apellido lo han escrito de muchas maneras: San Semerteio, San Coseta, Sanemeterio... De mil millones de colores. A lo mejor hay una discordancia, por eso yo no voy a perder esa esperanza».

En El Buen Pastor, la incertidumbre va dando paso, poco a poco, a las confirmaciones más dolorosas. Después de días de angustia, llamadas, búsquedas y esperanzas, cada nueva identificación supone un golpe definitivo para quienes todavía mantienen viva la esperanza.

© EFE

Familiares de los desparecidos del accidente de Urda esperan noticias en Toledo
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