La rebelión contra la IA llega a las urnas estadounidenses
Prometen traer el futuro, pero también podrían llevarse por delante una candidatura. Los centros de datos se han convertido en una trampa electoral en EE UU de la que no es fácil escapar. Atraerlos promete inversiones millonarias, pero autorizarlos públicamente puede enfrentar a un político con sus propios votantes. A una semana de las elecciones de medio mandato, la carrera por la inteligencia artificial ya ha saltado a la arena política.
En el centro del debate grandes instalaciones llenas de servidores que almacenan y procesan datos y han puesto en pie de guerra a los vecinos. Se quejan de que estos complejos tecnológicos necesitan enormes superficies, mucha electricidad y sistemas de refrigeración que pueden consumir grandes cantidades de agua. Temen que su llegada transforme el paisaje y aumente la presión sobre los recursos que utilizan los hogares, comercios y agricultores.
Trump los defiende asegurando que son una pieza fundamental para ganar a China la carrera de la inteligencia artificial, a la que ahora quiere referirse como super inteligencia. Su atractivo para la clase gobernante es evidente: inversión, ingresos fiscales y empleo, especialmente durante la construcción de las inmensas naves. Los gigantes tecnológicos, como Google, Amazon y Microsoft, preveían destinar este año más de 700.000 millones de dólares a centros de datos en EE UU.
Sin embargo, los vecinos lo ven muy diferente. Temen que la demanda eléctrica encarezca sus recibos y que el gran consumo de agua comprometa el abastecimiento local. Además, para alimentar estas instalaciones, en ocasiones es necesario construir líneas eléctricas y ampliar la red, y las compañías eléctricas podrían tratar de recuperar parte de esa inversión subiendo las tarifas que cobran a los hogares.
El rechazo ya se ha traducido en cifras. Según un sondeo de Ipsos publicado en junio, el 57% de los estadounidenses se opondría a un centro de datos en su comunidad. Por partidos, los rechazan dos tercios de los demócratas y la mitad de los republicanos. Es un malestar que no entiende de tendencias políticas y está incluso cambiando el enfoque de algunas campañas electorales.
Los demócratas usan estos centros para acusar a sus contrincantes de favorecer a las grandes tecnológicas e incluso hay republicanos que están marcando distancias con estos proyectos. Algunos reconocen que lo que antes presentaban como un éxito económico ahora puede convertirse en munición electoral para sus adversarios. El ejemplo más claro está en Texas. Allí, su gobernador, Greg Abbott, que meses atrás presentó al estado como epicentro del desarrollo de la inteligencia artificial, ahora, mientras busca su cuarto mandato este noviembre, reclama mayores restricciones y el fin de los incentivos fiscales para estos proyectos. Su campaña sostiene que las empresas deben pagar las infraestructuras que necesitan, evitando que esos costes recaigan sobre los consumidores, y garantizando que sus proyectos no consuman el agua o la energía que necesitan los residentes.
Promover la tecnología y contener el enfado vecinal se han convertido en dos objetivos difíciles de compaginar antes de ir a las urnas. En Pensilvania, su gobernador, Josh Shapiro, celebró una inversión de Amazon en junio de 2025 como un hito para el Estado, pero después endureció las condiciones para estas instalaciones tras las quejas ciudadanas que según aseguró había escuchado alto y claro.
En Ohio, el conflicto ha llegado antes que las máquinas. En Defiance, una pequeña localidad con 17.000 habitantes, los vecinos impulsaron una recogida de firmas para votar en noviembre la prohibición de los grandes centros, permitiendo únicamente la instalación de los más pequeños. El Ayuntamiento anunció además una pausa de seis meses en la aprobación de nuevos proyectos.
Más complicado es el panorama en Michigan, donde habrá distritos muy disputados el 3 de noviembre. Allí está en juego un escaño que deja el demócrata Gary Peters y que puede resultar decisivo para el control del Senado. También hay una reñida batalla por la Cámara de Representantes, donde el rechazo a los centros de datos está haciendo que algunos votantes incluso cambien su voto. Es el caso de Emerson Hyde, un agricultor republicano, entrevistado por Associated Press, que ha anunciado su apoyo al demócrata Will Lawrence por su oposición a un posible complejo tecnológico en su localidad, después de que su rival, el congresista republicano Tom Barrett, no lo rechazara tajantemente.
Para evitar que ese descontento les cueste votos, algunos candidatos tratan de encontrar un equilibrio y proponen imponer condiciones a las compañías para que asuman los costes de su suministro y de las infraestructuras necesarias, limiten el consumo de agua y expliquen con claridad sus proyectos a las comunidades para tranquilizar a los vecinos. El gran dilema que enfrentan es cómo atraer la inversión de los centros de datos sin alejar a los votantes. Nada fácil.


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