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Sánchez y sus gurús calculan qué les cuesta más: mantener a Puente o provocar su caída

Pedro Sánchez y sus gurús electorales calculan qué les cuesta más: mantener a Óscar Puente y asumir el desgaste político de la tragedia ferroviaria de Toledo o promover su dimisión y exponerse a que su destitución se interprete como el reconocimiento de un fracaso de gestión. El cálculo es estrictamente electoral, no en clave de obligada rendición de cuentas, a pesar de que el presidente del Gobierno haya llegado a reconocer que es «inasumible» la situación. Hasta ahora, parece que el presidente protege a su ministro, pero en Moncloa revisan estrategia política y en el PSOE crece la preocupación por las consecuencias electorales de dos accidentes de alta velocidad que han dejado, al menos, 120 muertos en tan solo nueve meses.

La decisión sobre el futuro de Puente no está exenta de riesgos y esto es lo que miden en Moncloa. El cese sería un intento de representar una respuesta política contundente ante la tragedia, pero también abriría una discusión sobre las deficiencias de gestión que justificarían la destitución. Mantenerlo evita ese reconocimiento inmediato, aunque prolonga la exposición de Sánchez al desgaste y a las informaciones que puedan conocerse durante la investigación. Esta ecuación se hace aún más difícil de resolver porque faltan apenas cuatro semanas para las elecciones generales y Moncloa se ha quedado sin plan para recuperar la iniciativa política que había comenzado a construir alrededor del «amor» y la confrontación con la derecha.

De hecho, en las filas socialistas cunde el desconcierto. Mientras Moncloa sostiene que la gestión de Puente «no está en cuestión», son más los dirigentes del PSOE que reconocen que la campaña ha quedado rota y que será muy difícil remontar la situación. La preocupación no se limita al impacto emocional de la tragedia, sino que también alcanza a la posibilidad de que la seguridad ferroviaria se convierta en uno de los principales asuntos de debate durante las próximas semanas.

Puente era, además, uno de los principales activos de confrontación del presidente. Su presencia en las redes sociales, sus ataques al PP y su capacidad para marcar la agenda lo habían convertido en una pieza clave del sanchismo. Ahora, ese perfil combativo se ha quedado anulado y cada intervención pública del ministro será examinada a la luz de las responsabilidades de su departamento y de las explicaciones que todavía debe ofrecer.

La presión no procede exclusivamente de la oposición. Frente Amplio ha reclamado responsabilidades políticas a todos los niveles, mientras Sumar, ERC y Podemos exigen explicaciones parlamentarias. La controversia alcanza así al propio espacio político y limita las posibilidades de presentar las peticiones de responsabilidades como una ofensiva de la derecha.

La gestión de la emergencia ha dejado, además, un contraste político dentro del propio PSOE. Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, está dando un ejemplo de coordinación de los servicios de emergencia, de atención a las familias y de presencia institucional junto a los afectados. Su participación en los dispositivos de respuesta y su acompañamiento a las víctimas proyectan una imagen de cercanía que contrasta con las dificultades de Moncloa para asumir las responsabilidades políticas de lo sucedido y con un presidente del Gobierno encapsulado en su cordón de seguridad por miedo al rechazo de la calle y al dolor y al malestar de las víctimas.

La comparación resulta incómoda para Sánchez porque evidencia que la empatía y la credibilidad institucional no dependen de una campaña de imagen, sino también de la capacidad para ofrecer respuestas.

Por eso, el problema ya no es únicamente el futuro del ministro. Al centro del debate ha saltado justo lo que los asesores presidenciales pretendían dejar esquinado: la rendición de cuentas. «Los de Moncloa pueden cambiar ahora el lema de campaña, los mensajes y la estrategia. Pero Sánchez no puede ya presentarse como ajeno a las consecuencias de la gestión de su Gobierno. Ninguna campaña del amor podrá evitar que tenga que responder por ello», reflexionan en una de las federaciones socialistas que todavía mantiene poder territorial. Por cierto, en sectores del PSOE interpretan que Sánchez intenta aprovecharse políticamente de la imagen de García-Page en estos momentos tan delicados. La paradoja, según esta lectura interna, es que Moncloa busque cobijo en lo que representa el presidente manchego después de haberle satanizado en público y en privado.

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