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Ya se fue. Era el mejor. O sea: Pepe

Se llamaba José Luis García Sánchez. El nombre suena a prosaico. Su personalidad y su talento eran únicos. Para mí y para los que le quisimos, mogollón de gente, fue simplemente Pepe. Sonreía, reía, caricaturizaba con ademán de diablo alegre. También era alguien capaz de provocar la carcajada incluso en personas de gesto fúnebre. Y podía defender o inventarse una teoría, la más lúcida, sobre las personas y el estado de las cosas y al minuto siguiente, cuando ya te había convencido con su elocuencia plagada de gracia, demostrarte todo lo contario de lo que había expuesto antes. Y te convencía de las cosas. Era biológica y vocacionalmente ácrata, aunque militara en algo tan disciplinado como el Partido Comunista e intentaba convencerte de que el gran cine debería cumplir siempre una función social. Nos llamaba diletantes a Fernando Trueba y a mí, pero estaba convencido de que ya creceríamos. Fernando realizó películas excelentes. Yo no sé muy bien a qué he dedicado mi vida. Pero Pepe siempre estuvo ahí, a mi lado. Haciéndome reír con su infinita capacidad para el sarcasmo, la fiesta y la alegría, salvándome de más de un naufragio, ayudándome con su comportamiento vital a superar momentáneamente las tinieblas.

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© R. García (EFE)

El cineasta José Luis García Sánchez, en una imagen de 2017.
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