De la misma manera que en enero le tocó a Rafael Moreno, alcalde de la localidad cordobesa de Adamuz, en esta ocasión es Manuel Galán, regidor de la modesta Urda, quien se ha visto obligado a dar un paso al frente para gestionar y ayudar en lo posible a las víctimas del accidente de tren que deja al menos 69 muertos y decenas de heridos. En medio de una labor incansable, Galán atiende a 20minutos.
Padres, madres, hermanos, hijas, parejas... decenas de familiares viven en vilo a la espera de noticias sobre sus seres queridos, que iban a bordo de alguno de los dos trenes que colisionaron cerca de Urda (Toledo) en uno de los mayores accidentes ferroviarios de las últimas décadas. Desde la mañana del miércoles, la incertidumbre les consume y, aunque alguno no ha terminado de perder la esperanza, saben todos que a cada minuto que pasa, las probabilidades de que finalmente el desenlace sea el peor de los posibles aumentan. Manuel San Emeterio lleva desde ayer buscando a su hermano Pepe, desaparecido tras el siniestro. Entra y sale del centro habilitado para atender e informar a los familiares en la Casa de ejercicios El Buen Pastor, en Toledo, donde también ha echado la noche mientras van llegando los resultados de las pruebas de ADN recogidas por la Guardia Civil en la zona cero, a poco más de 70 kilómetros de ahí.
"Iba en el vagón 8, detrás de la máquina. Estoy a la espera de noticias, porque mi hermano cuenta como desaparecido, igual que un montón de gente, y lo que estamos esperando es que la Guardia Civil coteje los ADN que les dimos anoche con los que tienen en los hospitales y de entre los fallecidos… y nos digan: 'Oye, tu hermano está aquí o allí'", cuenta a 20minutos.
Cuenta San Emeterio que averiguó que su hermano había sufrido un accidente por su reloj inteligente, que tiene guardado a su hermano como contacto de emergencia. "A mí a las 9.05 de la mañana me llegó una alerta de mi hermano. Lo miré y pensé: 'Pepe se habrá caído o algo por el estilo', pero luego miré y estaba en medio del campo", relata ya a varios medios. Fue entonces cuando se empezó a inquietar, sobre todo cuando llamó a su hermana y le dijo que Pepe estaba en un tren a Sevilla, el mismo que aparecía ya en todas las televisiones completamente destruido y descarrilado por un terraplén.
Más de 24 horas después, sigue sin noticias de su hermano. "El tiempo al final va haciendo mella... y la incertidumbre, uf, es complicado llevarla, pero siempre hay que sumarle cierta ilusión y esperanza y con eso contrarrestar un poco", reconoce. Su hermana también espera junto a él y otros muchos familiares que salen a tomar el aire con la cara desencajada por el dolor. "Esto va a picos de esperanza y momentos en los que te vienes abajo. "Lo que estamos deseando es que nos llamen y que nos digan que mi hermano está en el hospital, que están operándolo, que está inconsciente y que por eso él no nos ha llamado... es la única esperanza que nos queda", dice Esther, que cuenta que sí encontraron vivo a Trece, el perro de su hermano que viajaba en el tren dentro de un transportín.
Como ellos, hay otras muchas personas rogando por una noticia de sus allegados. Las redes sociales se han llenado de imágenes, nombres y fotos de los desaparecidos, como David Martínez Méndez, de 25 años; Maricarmen, que iba en el coche 7, José Rico Ortega, que viajaba en el mismo vagón, Roberto Alfonso Delegado Andrade, Carmen de Santa Andrea Olmos, en el ocho... Los familiares aguardan desesperados cualquier noticia que les haga salir de la incertidumbre y poder seguir adelante. Todavía quedan por identificar al menos medio centenar de cuerpos, según la Guardia Civil, por lo que es muy probable es que todavía queden horas hasta que terminen de localizar a todos aquellos que, desde que subieron al tren, están en paradero desconocido.
"No nos han dicho cuándo será, ni deberían. Estamos hablando de personas y equivocarte en el dato de una persona puede ser devastador. Hay que dejar que la Guardia Civil esté tranquila y que haga las cosas bien hechas y que tenga sus medios, y estoy completamente seguro de que lo sacarán", señala Manuel.
El pueblo de Urda amanecía este jueves con las huellas de la tragedia todavía sobre las vías. Un día después del terrible accidente ferroviario, esta localidad a 70 kilómetros de Toledo sigue consternada tras el brutal choque de dos trenes de alta velocidad que se ha cobrado ya 69 víctimas mortales. Tras el caos del miércoles y una noche especialmente silenciosa, la localidad continúa atrapada en las horas que siguieron al impacto. Mientras en la zona cero se buscan e identifican víctimas, los vecinos ofrecen su colaboración al tiempo que se preguntan cómo este pueblo manchego, el suyo, ha quedado marcado de golpe por una de las mayores tragedias ferroviarias de los últimos años.
Los distintos equipos de emergencia han pasado la noche intentando localizar a más víctimas entre el amasijo de hierros que queda del impacto de los vagones. Grúas, drones y guías caninos han barrido la zona sin descanso, mientras los servicios de atención psicológica atienden a los familiares de los desaparecidos que siguen con la angustia de no tener noticias de sus seres queridos un día después.
"Por la noche, las labores se han centrado en localizar a personas desaparecidas, y hoy nos hemos focalizado más en la búsqueda de restos biológicos con los perros especializados", cuenta a 20minutos Llanos Olivares, portavoz de la Guardia Civil, desde el puesto de mando que se ha desplegado a tan solo unos metros del lugar en el que ocurrió el accidente, que permanece abarrotado de medios, también internacionales, y al que han acudido varias autoridades a lo largo del día. Lo más complicado ahora, dice, es identificar a las personas que murieron en el accidente. Ponerles nombres y apellidos. "Por eso estamos haciendo un llamamiento a que los familiares que tengan a una persona desaparecida acudan a los cuatro puestos habilitados en Toledo, Córdoba, Madrid y Sevilla para que se les extraiga una muestra de ADN y se agilice la identificación", añade.
"El peso del uniforme"
La conmoción también es generalizada entre los distintos profesionales que trabajan en el terreno. Ellos tampoco son inmunes al terror que han presenciado entre lo poco que queda ya de los trenes colisionados y a la impotencia de no poder hacer más. En una de las carpas de Protección Civil, hace guardia Teresa Marín,psicóloga y formadora de cuerpos y fuerzas de seguridad y equipos de emergencia, que va atendiendo uno a uno a los trabajadores que terminan su turno agotados, algunos en shock por lo presenciado.
Marín habla del "peso del uniforme" que padecen los trabajadores que intervienen de un modo u otro en el lugar. Son todas personas formadas para actuar ante emergencias y catástrofes sin mostrar vulnerabilidad, y eso les pasa factura. "No podemos olvidar que son personas que, cuando se quitan el uniforme, han sentido, han vivido y les ha generado dolor. El peso del uniforme hace que no se atienda ese dolor porque el cerebro nos protege, pero cuando se lo quitan hay que ventilar emociones, que hagan un reset mental y emocional, porque ningún ser humano está preparado para una tragedia de tal magnitud", subraya.
Hay, para ello, un equipo volcado en intentar brindarles las herramientas que "contrarresten" las imágenes terribles que a muchos se les quedarán en la retina durante un tiempo. "Ellos están haciendo absolutamente todo lo que pueden; han trabajado toda la noche sin descanso. Pero hay que intentar que no se lleven a casa ese impacto, ese dolor e incluso esa rabia e impotencia por no haber podido hacer más. Porque, añade, por mucho que se les prepare para situaciones extremas, "lo que han visto es dantesco y muy duro". Debemos cuidar muchísimo la salud mental de nuestros intervinientes y que ellos hagan su trabajo lo mejor que puedan”, apunta.
Un pueblo volcado en la ayuda
Tras el caos de este miércoles, el operativo entra ya en una nueva fase: queda por delante recuperar e identificar a las víctimas, retirar los trenes accidentados y despejar la infraestructura, mientras se abre paso la investigación que deberá determinar cómo ha podido repetirse un siniestro así en la misma línea ferroviaria en la que hace menos de un año se produjo el accidente de Adamuz que se cobró medio centenar de víctimas.
En el pueblo también hay cierta agitación, inusual en esta localidad de poco más de 2.000 habitantes que es conocida por los peregrinajes que hacen los fieles a la Basílica del Santísimo Cristo de la Vera Cruz. Urda, un pueblo tranquilo, se ha situado de golpe en el mapa por esta tragedia que originó una oleada de solidaridad de los vecinos que se volcaron desde el primer momento a ayudar en lo que pudieran. Agentes, ministros, representantes políticos y mucha prensa se han acercado a lo largo de este miércoles, en un ir y venir de coches, camiones y furgonetas.
Pero antes del caos, hubo un silencio ensordecedor que describen todos los vecinos del pueblo y que precedió a toda la logística que se organizó después en la zona afectada y en los dos pabellones de la localidad que se habilitaron para atender a los heridos menos graves y a los familiares de los desaparecidos, que iban llegando conforme pasaban las horas. Los restaurantes y las tiendas de Urda ofrecieron lo que tenían: agua, comida, productos de higiene… y los vecinos que llegaron al lugar del accidente en los primeros minutos ayudaron a trasladar a algunos de los heridos a los hospitales y centros de salud de la región.
Victoria Rodríguez, que llegó al pueblo tras casarse con su marido hace 44 años, cuenta con los ojos empañados que se enteró del accidente por el trajín de helicópteros que sobrevolaban la zona, primero, y después porque se lo explicó la trabajadora de una tienda cercana a su casa. "Yo no tenía ganas más que de llorar y llorar. Y me fui dos o tres veces a ver si podía ayudar, pero la gente joven es la que estaba más ahí", cuenta.
"No es una situación habitual para nosotros. Y yo creo que tardaremos en recuperarnos. Poco a poco iremos reseteando y dejando que pase el tiempo", cuenta Yolanda, una urdetana de 63 años, desde la plaza del pueblo, que todavía tardará unos días en recuperar la normalidad y su calma habitual .
Un nuevoaccidente ferroviario, esta vez en el pueblo de Urda, Toledo, ha vuelto a poner a la alta velocidad en el centro de la tragedia. El choque entre dos trenes ha dejado, por el momento, un total de 69 fallecidos. En medio del caos ocasionado por este incidente, el pueblo volvió a movilizarse para ayudar a las víctimas, entre ellos, unas 20 personas con camisetas de Bukaneros, ultras del Rayo Vallecano, que auxiliaron a los heridos y echaron una mano a las distintas autoridades de la zona.
Según informó la Federación de Peñas del Rayo Vallecano, y confirmó 20minutos en el lugar del trágico accidente, los seguidores el combinado madrileño, que viajaban justo en el siguiente tren procedente de Sevilla, ayudaron en el rescate de los heridos e incluso los trasladaron hasta el polideportivo de Urda, que fue habilitado para aquellos que sufrieran heridas de menor gravedad.
"No íbamos a decir nada porque los compañeros de Bukaneros conocen bien lo que pensamos, pero viendo a cuántos les cuesta decir la palabra 'Bukaneros'... ya lo decimos nosotros: enormes, compañeros. Ánimo a todos los rayistas que, ahora mismo, están intentando llegar a sus casas", escribió la Federación de Peñas rayistas en su perfil oficial de X.
"Viajábamos justo en el tren de atrás. Se paró y nos bajamos. Tras observar el caos, preguntamos si podíamos ayudar o echar una mano con lo que sea. Nos dijeron que sí, y nos pusimos a ayudar", resalta uno de los aficionados a 20minutos, que se encargó, junto con el resto de voluntarios, de llevar comida y auxiliar al resto de gente herida hasta el citado Polideportivo y el colegio del municipio de Urda.
Estos seguidores volvían a sus respectivos hogares de la capital de España después de disfrutar de la clasificación del Rayo Vallecano para la segunda ronda de la Copa del Rey, tras vencer en una emocionante prórroga al Recreativo de Huelva, por 2-3.
Apenas habían transcurrido unos minutos del fatal accidente ferroviario de este miércoles en Toledo cuando la hija de Antonio García, el farmacéutico de la localidad de Urda, informó a su padre del siniestro. Antonio abandonó la vivienda sin despedirse, cogió su coche y recorrió los 7 kilómetros que separan Urda de la vía del tren de alta velocidad sin tener muy claro lo que se iba a encontrar al llegar, pero dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta.
"Cuando llegué no había ningún coche y pensé que había sido un roce. Vi los dos trenes accidentados y a medida que iba andando iba aumentando la tragedia", declara el farmacéutico.
Al menos 68 personas han perdido la vida y otras tantas han resultado heridas, 15 de ellas de gravedad, este miércoles tras la colisión entre un AVE de Renfe y un tren de Iryo a la altura de Urda (Toledo). La fuerza del impacto ha dejado varios vagones descarrilados y ha desencadenado un amplio despliegue de los servicios de emergencia, mientras Adif ha suspendido la circulación ferroviaria de alta velocidad entre Madrid y Andalucía.
"Cuando llego a la hipotética cabina del AVE porque era un amasijo de hierros lleno de cadáveres y gente moribunda. Intenté calmar a la gente, diciendo que iba a venir la ambulancia, le coloqué la cabeza a una persona que me dio las gracias y vi a otro despidiéndose de su familia: 'Maite cuida de los niños'", relata Antonio. "Lo que más me enterneció fueron sus últimas palabras: 'Dios es bueno'. Había otro señor pidiendo muy suavemente una ambulancia y le vi que tenía el brazo seccionado".
Transcurridos unos minutos empezaron a llegar a la zona los servicios de emergencias, con ambulancias y helicópteros. Decenas de vecinos de los pueblos de la zona se acercaron también en sus coches para ayudar a trasladar a los heridos, para los que se habilitó el pabellón deportivo de Urda.
Antonio y su hija, María, han pasado la mañana yendo de la farmacia a los puntos habilitados para entregar medicamentos. "Me vine a la farmacia a por medicamentos, calmantes, gasas, opiáceos… de todo. Cuando volví la autoridad ya no me dejó pasar a esa zona, me fui hacia el Yrio que no era una tragedia menos. Aquello era catastrófico", relata Antonio. "La farmacia la hemos dejado vacía de analgésicos, calmantes, gases, sueros, no nos queda nada. Ahora vamos a ver si podemos seguir haciendo algo, estamos a lo que nos vayan pidiendo".
A última hora de la tarde, Antonio seguía en el entorno del colegio del pueblo, donde los que aún no conocían el paradero de sus familiares seguían esperando angustiosamente noticias asistidos por psicólogos voluntarios. "Lo único que quiero añadir es que si tiene algo de bonito esta tragedia es la solidaridad humana, la gente del pueblo, de Madridejos, de Consuela, de toda la zona, los sanitarios y la gente civil".
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