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La comunicación contradictoria de Puente y los precedentes que sienta

La excitación que despierta el modus operandi de las redes sociales ha invitado a estar al borde del Jekyll & Hyde a algunos mandatarios políticos, que han ido naturalizando que pueden adaptar su verborrea al tono imperante en determinadas redes sociales. Incluso cuando existe una responsabilidad gubernamental, que es la misma estés tuiteando en X o en un atril en un ministerio. Óscar Puente ha puesto en evidencia las contraindicaciones de esta forma de comunicación cambiante: ha defendido usar un lenguaje agresivo de matón en Twitter que, luego, le termina desacreditando en las comparecencias públicas más decisivas como ministro. Porque uno nunca debería perder de vista que cuando tiene un cargo en un gobierno representa a todo el país y, por tanto, debe ejercer la serenidad en todas las ventanillas.

Puente podía elegir entre la estrategia que ejerció tras la Dana, en donde divulgó los avances de las obras que dependen de su ministerio a través de vídeos cortos que mostraban la puesta en práctica de la teoría, o el acaloramiento de la contestación tuitera. Pero acabó optando por el personaje viral que arremete desde la trinchera sin tregua. Así ha terminado ejerciendo el populismo online con la excusa de que es la única manera de afrontar el populismo que denuncia. Qué paradoja, imitar lo que se critica y terminar siendo faltón con oponentes. Una situación perversa que, finalmente, trae consecuencias: reduce la credibilidad de su trabajo en el Gobierno. Lo hemos visto durante su comparecencia después del segundo accidente ferroviario que ha sufrido España, en menos de un año. Ya no valen los eslóganes tuiteros. Tampoco sirve agarrarse a la culpa ajena, como ha intentado. Porque una responsabilidad nunca es de una persona sola. Si un problema humano provoca un accidente de tal calado es porque se ha descuidado todo lo demás: no ha funcionado bien la cadena de seguridad. Señalar a un operario y no analizar por qué falla el sistema es evidenciar el individualismo de la política actual, preocupada en salvar los muebles.

Más aún en una precampaña electoral de 2026 que iba a jugarse en el show de los tuits, los zascas y otras emociones superficiales en formatos de entretenimiento, en tele, en redes y en streaming. Como anécdota, la propia foto actual de perfil de Puente en X es sentado en el sofá morado del late Cara al Show. Allí donde bromeó sobre Renfe hace poco más de una semana: "Como si no tuviéramos bastante con Renfe ya". La adrenalina del reality show termina anulando la sensibilidad de donde nacen las empatías. En los protagonistas del foco. Y en el mismo espectador, que cree estar informado pero, a menudo, elige estar entretenido. Necesitamos evasión entre tanta sobreinformación que no siempre es información real. Sin embargo, ahora, la cruda tragedia ha dejado sin palabras a los maestros de la superficialidad de las tertulias televisivas y tuiteras. Y ha vuelto a poner en el centro del debate la gestión política. Como sociedad estábamos orgullosos de una alta velocidad que era segura, puntual y puntera y, de repente, sentimos el AVE como un lugar inseguro por trágicos hechos objetivos: en menos de un año, en cuatro trenes, se ha roto toda la vida que tenían por delante más de cien personas.

Quién más y quién menos ha cogido alguna vez un tren. Quién más y quién menos ha soñado incluso que el progreso social era un viaje sin retorno. La conmoción de este accidente también nos enfrenta a que los avances sociales se pueden perder si no se cuidan. El propio empobrecimiento de los servicios públicos va de la mano de normalizar la gestión lowcost que convierte en rutina los problemas y se escuda en culpabilizar al eslabón más débil. Este mismo empobrecimiento camina más rápido cuando se rebaja la cordialidad en el vocabulario, pues todo empieza en la responsabilidad con la que nos dirigimos al resto del mundo. Todo comienza en cómo acompañamos o en cómo dejamos solos a los trabajadores que son ciudadanos a los que un gestor público se debe. Sea ante la prensa. O en un tuit. Elijas ser meme o elijas ser gestor. Porque, al final, en la política, hay que elegir lo que quieres ser y lo que no.

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'Luminiscence': la experiencia de la televisión se abre a caminos fuera de las pantallas tradicionales

Somos la sociedad que llevamos el reality show en el bolsillo. El teléfono móvil se ha convertido en nuestra relación más fiel, no lo soltamos ni en la cama. Tal hiperconexión digital nos invita a pensar que ya no vemos la tele cuando, en realidad, hasta protagonizamos nuestra propia tele gracias al smartphone donde devoramos a diario cientos de vídeos, ajenos y propios. La televisión ya no solo se ve por la televisión y los creadores más avezados de la televisión diversifican el negocio más allá de los canales tradicionales. Así trasladan sus décadas de aprendizaje con el espectador a otros ámbitos de nuestra convivencia.

La productora Banijay, uno de los grandes grupos de la industria audiovisual internacional, ha sido pionera en comprender cómo la escuela televisiva sale de los entornos puros. No solo con las redes sociales, que son una evolución lógica de la manera de contar historias al ritmo de los avances tecnológicos, sino también entendiendo que la creatividad audiovisual es una excelente aliada a pie de calle. Por ejemplo, el lenguaje televisivo ya está en los grandes conciertos, donde sin pantallas no hay paraíso. Si atesoran una buena realización, claro. Pero, además, existen otros lugares de encuentro social en donde ni siquiera se puede colocar una pantalla y, en cambio, son únicos para crear una vivencia especial a través de la magia de la luz, música, grafismo e interpretación de la tele con la que hemos crecido.

Esta mezcla de creatividades televisivas favorece una emoción que permite que incluso olvidemos el móvil un rato. Banijay Iberia está haciéndolo con Luminiscence que se estrenó en España con una experiencia inmersiva primero en la Catedral del Buen Pastor en San Sebastián, después en la Basílica de Santa María del Pi en Barcelona y, desde hace unas semanas en la Parroquia de San Jacinto en Sevilla. La historia de las iglesias y sus ciudades es explicada a través de las paredes de los templos cobrando vida. Incluso da la sensación que nieva sobre los ojos del público.

Juanma López Espino, director de producción y compras de Banijay Iberia, me explica: “La tecnología que hemos aprendido a utilizar en la tele es una buena herramienta para escuchar a la ciudadania”. Incluso para que veamos mejor un retablo que pasaba más desapercibido, como sucede en la propuesta en Triana. "Luminiscence se ha convertido en un blockbuster. Ahora está en ciudades como Nueva York, Filadelfia o Londres. Un fenómeno internacional que ya lleva más de dos millones de espectadores, que intentamos que en nuestro país sirva para impulsar nuestro patrimonio local”, reflexiona López Espino. Y lo consigue con un coro en directo que pone banda sonora a un mapping de proyecciones en 360 grados que logra un viaje envolvente. Detrás de las columnas de las iglesias, en una especie de caja, se esconden la maquinaria que pasa desapercibida. Instalada de tal forma que es invisible y tampoco afecta a la vida cotidiana de la comunidad cristiana.

Hace justo 70 años llegaba la televisión a España. La tele se inspiraba en los trucos del cine y del teatro para contar mejor sus historias. Así entrenaba el asombro de donde nace el progreso. La vida es un poco cíclica. Así que, ahora, el electrodoméstico más mágico expande sus artes fuera de sí. Tanto que lo innovador de hoy es regresar a tocar el origen. Volver a la teatralidad tangible que envuelve y que ni siquiera necesita ser grabada por una cámara. Solo sentirse con la amplitud de nuestros propios ojos. Eso es Luminiscence. Un buen ejemplo de cómo hay que mirar la tele más allá del aparato que conocimos como tele.

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