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Sin noticias de los desaparecidos en Urda: «Mantenemos la esperanza»

A varios kilómetros de Urda, el lugar donde el miércoles se produjo el terrible accidente ferroviario, en las dependencias habilitadas en Toledo para atender a las familias que todavía no han localizado a sus seres queridos, Esther San Emeterio intenta aferrarse a la esperanza de que su hermano siga vivo. Con los ojos vidriosos, se debate entre la angustia y la incertidumbre. José –Pepe para los suyos–, de 54 años, viajaba en uno de los trenes y continuaba desaparecido al cierre de esta edición, más de 30 horas después del siniestro mortal. La familia seguía sin noticias de él.

Las primeras sospechas llegaron a primera hora de la mañana. A las 9:05 horas, uno de los hermanos recibió una alerta automática en su teléfono móvil relacionada con el dispositivo que llevaba Pepe. El sistema advertía de un posible accidente y situaba su ubicación en las vías ferroviarias de Toledo.

Al principio, ni siquiera sabían si se había producido un siniestro. Las primeras informaciones aún no habían despejado la incertidumbre. Poco después, la mujer de Pepe confirmó que viajaba en un tren con destino a Sevilla. Cuando comenzaron a difundirse las noticias del accidente, la familia comprendió lo que podía haber ocurrido y comenzó una carrera contrarreloj para tratar de localizarlo. Su cuñada cogió el coche y se desplazó hasta la zona, mientras Esther y otro de sus hermanos acudieron a Toledo para colaborar con la Guardia Civil. Allí les tomaron muestras de ADN para facilitar las tareas de identificación. La espera se prolongó durante horas: llegaron alrededor de las 18.30 y no terminaron los trámites hasta pasadas las once de la noche del miércoles.El perro de Pepe, que viajaba en un transportín, fue encontrado por la Guardia Civil y entregado a su mujer. Una noticia que, sin embargo, no resolvía la principal incógnita: dónde estaba él.

«Hay picos de esperanza absoluta y picos en los que te vienes abajo», explica Esther. En las dependencias donde aguardaban las familias había psicólogos, voluntarios y personas pendientes de ofrecerles comida y asistencia. La hermana de Pepe agradece el trato recibido por los agentes y la ayuda de quienes se acercaron a colaborar. Pero nada consigue aliviar la angustia de una espera sin respuestas. Pepe mide 1,92 metros, tiene complexión fuerte, el pelo blanco y un hoyuelo en la barbilla. Esther aporta esos detalles con la esperanza de que alguien pueda reconocerlo o facilitar alguna pista sobre su paradero. La última ubicación que conocían seguía siendo la de las vías ferroviarias. No tenían más noticias, al cierre de esta edición.

«Lo que estamos deseando es que nos llamen y nos digan que mi hermano está en el hospital, que están operándolo, que está inconsciente y por eso no nos ha llamado», decía a LA RAZÓN.

Su historia no era la única. Esta mañana, numerosos familiares continuaban sin noticias de sus seres queridos. No sabían si permanecían sin localizar, si estaban ingresados e inconscientes y no habían podido identificarse o si, lamentablemente, se encontraban entre las víctimas mortales que todavía no habían sido identificadas. Cada hora sin noticias prolongaba una angustia difícil de describir. César Vicencontó a Efe que desde las 8:30 horas de este miércoles no saben nada de su padre, sevillano como ellos, que viajaba en el asiento 13 A del vagón número 8 del AVE siniestrado que circulaba en dirección a Sevilla, aunque su móvil siguió dando señal hasta el mediodía.

Aunque mantienen la esperanza de que siga con vida y de que esté en algún hospital, por que han podido saber que otra persona que viajaba a su lado, en el asiento 13 B, si ha sido atendida por los servicios sanitarios, según les contó la hermana de esta víctima.

Pero insisitó en reclamar que se les informe cuánto antes, e incluso en su desesperación mostró una foto de César Vicente Sanz, por si alguien puede identificarlo y darles alguna información, e incluso dio a conocer los rasgos físicos de este desaparecido, que tiene 63 años, el pelo blanco y gafas, según han explicado.

La mayoría los familiares, en medio de la angustia, coincidían en destacar la calidez y la ayuda recibidas por parte de los vecinos de las autoridades y los vecinos de Urda no dudaron en ofrecer alojamiento, comida y apoyo a quienes llegaban desesperados en busca de información. Mientras los equipos de emergencia continuaban con su trabajo, los habitantes de los municipios cercanos se volcaron en atender a los afectados y a sus familias.

También ellos tienen sus propias historias de aquellas horas posteriores al siniestro. Manuel Ortiz había llevado a su hija al colegio el miércoles y tenía una cita médica. Una mañana cualquiera que, de pronto, dejó de serlo. Primero escuchó las sirenas. Después, en la consulta, comenzaron los murmullos: varios trenes habían chocado cerca de Urda. No se lo pensó. Cogió el coche y se dirigió al lugar del accidente.

«No dudé ni un segundo en meterme enseguida en la zona cero y ponerme a disposición de los médicos para ayudar todo lo que pudiera», relata a LA RAZÓN.

Llegó, según recuerda, hacia las 9.16 horas, poco después del siniestro. Allí encontró a los primeros sanitarios y se puso a sus órdenes. No tenía formación médica, pero sí dos manos dispuestas a ayudar. Sujetó bolsas de suero, colaboró en el traslado de heridos en camilla y ayudó a mover a los más graves. También trasladó a otras personas hasta Urda.

«Una sensación que no se puede contar con palabras cuando es un accidente de esa magnitud», explica al recordar aquellas primeras escenas. Se define como una persona aprensiva, pero ni siquiera eso le hizo retroceder. Tras descansar, se encontraba tranquilo. «Estoy reconfortado de poder haber ayudado. Creo que he podido ayudar», resume.

No fue el único. Andrés García, otro vecino de la zona, también acudió en cuanto conoció la noticia. Lo que encontró fue un escenario de confusión, con viajeros aturdidos, personas heridas y una multitud que trataba de encontrar la manera de colaborar. «Nos fuimos allí con lo que teníamos», recuerda. En los primeros momentos, explica, los vecinos de Urda y de otros municipios cercanos utilizaron sus propios coches para ayudar a trasladar a los afectados.

La respuesta fue creciendo con la llegada de los servicios de emergencia. García recuerda el despliegue de guardias civiles, policías municipales de distintas localidades, bomberos y sanitarios. Había tantas ambulancias que, según su testimonio, fue necesario ordenar su circulación para no bloquear la salida de los vehículos que evacuaban a los heridos.

En paralelo, los vecinos organizaron una ayuda más cercana y espontánea, pero fundamental para quienes salían del lugar del accidente conmocionados y sin saber qué hacer. El Ayuntamiento puso sus recursos a disposición de los afectados. Llegaron comida, agua, bocadillos y personas dispuestas a colaborar. Un vecino que solía organizar eventos durante las fiestas instaló incluso una cafetera de gas para ofrecer café gratis a quienes llegaban. García se dedicó también a orientar a los viajeros que habían conseguido abandonar la zona. Los problemas de cobertura impedían que algunos pudieran comunicarse con sus familiares. Por eso, cuando los acompañaba hasta el pueblo, les indicaba que allí podrían llamar y avisar de que estaban a salvo. Ayer continuaron acompañando a quienes aún esperaban noticias de sus seres queridos, atrapados en la incertidumbre.

© EUROPAPRESS

Familiares de las víctimas del accidente de tren de Urda esperan noticias en una casa diocesana de retiro en Toledo
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