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En el caso del escritor acusado de usar IA, lo importante no es si usó la IA

En el caso del escritor acusado de usar IA, lo importante no es si usó la IA

El peruano David Silva Rojas niega haber escrito su novela ganadora del premio Almadía Ventosa-Arrufat con apoyo de la inteligencia artificial (aunque lo diga Pangram), así que la cuestión se desplaza a si es más confiable el detector tecnológico o el humano

El Goncourt retira como finalista una novela que considera “muy probablemente” generada con IA

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¿Podemos seguir confiando en nuestra intuición? Hasta de eso estamos dudando. Un premio de nueva creación está en suspenso a la espera de que el galardonado aporte pruebas que confirmen la autoría del manuscrito.

La historia la detonó El País, que pasó el detector de IA Pangram a la novela breve Donde el agua trabaja, del escritor peruano David Silva Rojas, con la que consiguió los 20.000 euros del premio Almadía Ventosa-Arrufat, creado por una alianza entre la fundación que gestiona el legado de un matrimonio de hosteleros catalanes exiliados a México y la editorial Almadía de ese mismo país, que tiene 20 años de buen catálogo y una oficina recién abierta en España. La editorial canceló las presentaciones del libro previstas para los días siguientes.

Al jurado del premio podemos calificarle de lo que se suele denominar como, esta vez sí, reconocido prestigio; palabras mayores, de lo mejor de la literatura latinoamericana. Las escritoras Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda escogieron Donde el agua trabaja entre 2.204 manuscritos procedentes de 22 países y cuatro continentes. Se quedaron finalistas Camila de Urioste, Ivo Marinich y Félix Bruzzone, tres autores con obra. Para Silva Rojas, en cambio, esta sería su primera publicación. De profesión abogado, acababa de obtener una mención en otro concurso con otra novela corta este mismo año.

En la nota del fallo, el pasado mes de julio, las escritoras definieron el lenguaje de la novela como “sutil”, formado por “oraciones breves como el goteo de los regadores en las viñas, sin caer nunca en la tentación del panfleto ni la declamación”.

Durante la investigación, no solo se pasó Pangram al libro, sino también a las respuestas del autor a una entrevista y a un texto de Silva Rojas sobre su novela, y el resultado apuntaló la teoría de la IA. Elizabeth Duval, una de las firmantes, decía que incluso los pies de foto de los post de Instagram del autor repiten “los tics” de la IA.

La sospecha la levantó una intuición de Duval. Pero esa intuición no apareció en las escritoras del jurado ni en los editores, cuyo “rigor” y “meticulosidad” han sido defendidos en una carta firmada por Mariana Enríquez, Juan Villoro o Liliana Colanzi, entre otros. “Nuestra mirada reúne experiencia, sensibilidad e interpretación”, dijeron de la editorial, que recibió la situación con “desconcierto” y pidió explicaciones al autor. Este dijo que no había usado IA y Almadía aseguró no tener “elementos para desconfiar de su palabra”.

La sospecha de la IA ha causado una reacción furibunda en América Latina, desde donde se han lanzado muchísimos mensajes que colocan el artículo de El País en una situación de ‘Europa blanca y colonial acusa con las herramientas de la industria tecnológica blanca y colonial’.

En algún lugar entre la fe furibunda en la máquina y el ataque ideológico furibundo podemos situar la pregunta (puede que furibunda también) del inicio de este texto, una pregunta que se hace más urgente e importante que la de si Silva Rojas usó IA o no : ¿vamos a seguir confiando en nuestra intuición o vamos a subcontratarla también a la tecnología?

A esta pregunta le sigue otra tal vez mucho más osada: ¿durante cuánto tiempo más vamos a seguir pensando que nuestra intuición e inteligencia están por delante de la máquina? Igual nos hemos quedado tan atrás en la carrera que creemos que vamos por delante porque ya no vemos a nuestro rival delante de nosotros.

Yo quiero seguir creyendo en mi intuición —que es inasible, indefinible, inconvertible en un prompt, olorosa, táctil— para detectar la buena escritura, la chispa que me revuelve, el aliento que me estremece. Pero soy una unidad de carbono, neuronas en desaparición, carne en descomposición, y quizás cada día menos fiable.

Y tengo, sí, una intuición: quizá, en la creación artística que se viene nos conquiste más lo mal hecho, lo sucio y lo imperfecto que la belleza cristalina que nos propone la perfección pulida de la máquina.

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