La guerra de Irán irrumpe en la campaña electoral de Estados Unidos y complica a los republicanos
La guerra de Irán ha terminado por instalarse en la campaña de las elecciones de medio término de Estados Unidos. A menos de dos semanas de que los estadounidenses acudan a las urnas, el próximo 3 de noviembre, el conflicto iniciado a finales de febrero se ha convertido en un asunto de política interna que amenaza con pasar factura al Partido Republicano. Lo que comenzó como una operación militar en Oriente Próximo se ha trasladado a los anuncios electorales, los debates entre candidatos y, sobre todo, al bolsillo de los votantes.
Los demócratas han encontrado en el conflicto una manera de vincular la política exterior del presidente Donald Trump con el aumento del coste de la vida, principal preocupación de buena parte del electorado. Según un análisis de Associated Press, los anuncios electorales relacionados con Irán se han emitido más de 43.000 veces desde el 1 de septiembre, con una inversión estimada de 42 millones de dólares. De los 65 anuncios diferentes identificados, 61 relacionaban la guerra con el encarecimiento de productos básicos.
La gasolina se ha convertido en el ejemplo más visible de esa estrategia. Una reciente encuesta de ABC News, The Washington Post e Ipsos revela que el 71% de los estadounidenses considera inasequible el combustible, frente al 28% que opinaba lo mismo en febrero, antes del inicio de la guerra. El precio medio nacional ha superado los cuatro dólares por galón durante 158 días de este año.
Cae la popularidad de Trump
El malestar económico coincide con un deterioro de la popularidad presidencial. Un nuevo sondeo de The New York Times y Siena College sitúa la aprobación de Trump en el 36%, mientras que el 59% de los encuestados desaprueba su gestión. Entre los aproximadamente 3.500 votantes probables consultados, el 52% afirma que apoyará al candidato demócrata en las próximas elecciones.
La guerra también ha abierto diferencias dentro del Partido Republicano. En Wisconsin, el congresista Derrick Van Orden reconoció este martes, durante un debate electoral, que el conflicto hace "exponencialmente más difíciles" las elecciones para su partido, aunque defendió la intervención militar como una medida necesaria para garantizar la seguridad estadounidense.
En otros estados, algunos candidatos republicanos han comenzado a distanciarse de la estrategia de la Casa Blanca. En Michigan, Mike Rogers ha pedido que la guerra termine cuanto antes. En Maine, la senadora Susan Collins ha destacado sus votos para poner fin al conflicto. Los demócratas, por su parte, utilizan las votaciones del Congreso sobre los poderes de guerra del presidente para responsabilizar a sus adversarios de la prolongación de las hostilidades.
La campaña ha adquirido además una dimensión internacional. Según informó Reuters este martes, altos funcionarios iraníes sostienen que Teherán está prolongando deliberadamente las negociaciones con Washington para debilitar políticamente a Trump antes de las elecciones. El estancamiento también responde a profundas discrepancias sobre las condiciones de un acuerdo y al temor iraní de que Estados Unidos reanude los bombardeos.
Conservar las mayorías
Esta circunstancia añade presión a una Administración que necesita gestionar simultáneamente la negociación diplomática, el riesgo de una nueva escalada militar y las consecuencias económicas del conflicto. La posibilidad de alcanzar un acuerdo antes de los comicios sigue siendo incierta, mientras ambas partes mantienen posiciones enfrentadas.
Para los republicanos, el problema electoral va más allá de la guerra. La inflación, la inmigración y el desgaste de Trump dominan una campaña en la que el partido intenta conservar sus estrechas mayorías en ambas cámaras del Congreso. Los demócratas necesitan ganar cuatro escaños netos tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado para hacerse con su control.
El conflicto, sin embargo, ha modificado el debate en algunos distritos decisivos. En California, Virginia y Maine, una proporción considerable de la publicidad electoral aborda directamente la guerra. Los republicanos han optado mayoritariamente por centrar sus anuncios en los impuestos, la delincuencia y la inmigración, mientras sus adversarios insisten en relacionar las decisiones militares de Washington con los precios que pagan las familias.
La situación plantea una contradicción política para Trump, que regresó a la Casa Blanca prometiendo evitar nuevas guerras y reducir el coste de la vida. Ahora, ambas cuestiones aparecen estrechamente relacionadas en la recta final de la campaña. A trece días de las elecciones, todavía está por ver cuánto pesará Irán en la decisión de los votantes frente a otras preocupaciones nacionales. Lo que ya resulta evidente es que la guerra ha dejado de ser exclusivamente un asunto de política exterior. Sus consecuencias económicas y diplomáticas forman parte de una contienda que determinará el margen de maniobra del presidente durante los dos últimos años de su mandato.


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