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La campaña de simular entusiasmo

Pedro Sánchez no evita echarse un baile en cada mitin que da estos días por esas tierras de España. Como nada es gratuito ni casual, el equipo de campaña del PSOE ha debido instruir al presidente del Gobierno de la Nación en la necesidad de darse unos pasitos acompasados a la música, porque, al parecer, eso moviliza a sus votantes. Por lo que sea.

Y nadie podrá decir que no provoque el frenesí de sus conmilitones socialistas (sobre todo de María Jesús Montero), extasiados al escuchar a su líder y convencidos de que volverá a ser el hacedor de magia que fue en 2014 y 2017, cuando venció al aparato del PSOE; en 2018, cuando ganó la moción de censura después de tener el peor resultado electoral de la historia del PSOE; en 2019, cuando acordó una coalición con Podemos, el partido al que si elevaba a los ministerios no podría dormir; en 2019 y 2023, cuando pactó con Bildu después de prometer ene veces que jamás lo haría; o en 2024, cuando entregó la amnistía a Puigdemont, después de proclamar que eso sería inconstitucional. Pero por lo que parece, según la estrategia de comunicación política nada de eso importa si te marcas un baile para terminar los mítines. El objetivo es simular entusiasmo, como si los sondeos mostrasen el panorama contrario al que, tozudamente, siguen mostrando. Porque pasan los días de campaña y el augurio de las encuestas varía en los matices, pero no en el trazo grueso.

Quizá sea porque hay una gran diferencia con respecto a la campaña de 2023. En aquellas elecciones, Partido Popular y Vox acababan de llegar a pactos en varias comunidades, pero aún no habían gobernado juntos, y el PSOE consiguió aterrorizar a la extrema izquierda más holgazana para que acudiera a las urnas y salvara al país del fascismo.

Ahora, PP y Vox llevan tiempo gobernando en coalición en media España, y con acuerdos parlamentarios en la otra. ¿Puede esa realidad movilizar, una vez más, a la extrema izquierda perezosa? Sin duda. ¿Con la misma intensidad que en 2026? Los veremos el 29N.

© EFE

Acto de precampaña electoral del PSOE en Gijón
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La nueva derechita cobarde

Aquellos a quienes no nos queda otro remedio, tenemos que tragarnos –dicho sea con mala leche– varios mítines diarios durante esta –insoportable, como todas– campaña electoral. Si la democracia evolucionase a mejor, lo haría por el camino de eliminar las campañas, amenazar con la cárcel a los responsables de redes sociales de los partidos, meter en prisión –sin aviso previo– a los dueños de esas redes sociales, eliminar las propias redes y prohibir los mítines para salvaguardar el respeto por la inteligencia de los ciudadanos y el buen nombre del propio sistema democrático.

Como nada de esto ocurrirá, comentemos algo para lo que todas esas inconveniencias sí están resultando útiles: la observación de un interesante proceso de moderación -leve, pero moderación– en la autopercibida como derechita valiente. La testosterónica Vox, con su líder a bordo de corceles por esos campos de Dios de la dignificable España rural, se nos presenta ahora como un líder cuasi de extremo centro. Aún no llega a serlo, pero démosle unos días más.

Vox se ha transmutado en la nueva derechita cobarde. Y no por error u omisión, sino por instinto político. Aprender de la experiencia es muestra de inteligencia, valga el ripio. Y en la sala de máquinas de la calle Bambú no olvidarán que las elecciones de 2023 las perdió la derecha por ser demasiado «valiente», tendencia característica de quienes tienden a buscar las esquinas más alejadas de la centralidad. Si ser muy tú es bueno para tu adversario, quizá convenga ser menos tú.

Santiago Abascal, hombre afable en la distancia corta, ha decidido ser afable en el vuelo de largo radio que es una campaña electoral, en la que conviene no poner el motor a toda velocidad, salvo que uses las luces largas para ver a lo lejos y puedas pisar el freno con margen suficiente para no estrellarte.

Que un partido como Vox, nacido para romper el bipartidismo, se avenga a acordar sus listas al Senado con un partido del bipartidismo nos muestra que la cobardía no siempre es desaconsejable. Porque el cementerio está lleno de valientes, y los cobardes acuden al sepelio.

© EUROPAPRESS

Santiago Abascal
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