Ni maquillarse ni depilarse el bigote: las exigencias 'beauty' que tuvieron las protagonistas de 'Sentido y Sensibilidad'
En todas las películas de época se repite siempre la misma queja: todos tienen un Iphone face, es decir, una apariencia demasiado moderna con su piel perfecta, cejas perfectamente depiladas, rellenos faciales, maquillaje que contornea el rosto, dientes blancos y en su sitio y un pelo impecablemente peinado, como si guardase un cepillo moldeador en el tocador. La misma cara de una persona que sabe perfectamente que es un smartphone, aunque se supone que el personaje ni siquiera conoce la electricidad.
Este drama comenzó con The King, pero se hizo más evidente con los Bridgerton y, el último caso, Cumbres Borrascosas, con una Margot Robbie que parece sacada de un editorial de una revista, cuando se supone que ese mundo es salvaje y sucio. Se deja el realismo para apostar por la belleza ante la cámara, sacando a muchas personas de la película ya que solo pueden ver al actor y no al personaje.
Georgia Oakley, directora de la nueva cinta de Sentido y Sensibilidad quería huir de todo esto y se convirtió en algo crucial que todo lo que apareciera en pantalla se viera y se sintiera real, desde las localizaciones hasta el aspecto de las protagonistas. Junto a Nadia Stacey, diseñadora británica de peluquería y maquillaje, huyeron de los rígidos recogidos y el pesado acabado empolvado en el maquillaje que solemos ver en otras adaptaciones de Jane Austen, dándonos acabados mucho más naturales y frescos. ¿Su secreto? No usar maquillaje.
La belleza de lo imperfecto
Este dato lo confirmó una de las protagonistas, Daisy Edgar-Jones, en un podcast: "Georgia decía: 'En esta película no vamos a usar maquillaje'. Esmé (Creed-Miles, que interpreta a Marianne) y yo le preguntábamos: '¿Ni siquiera bálsamo labial?'. Ella respondía: 'Nada'. Entonces, Esmé y yo llevábamos a escondidas un poco de bálsamo labial al set, y Georgia decía: '¡Quítenselo! ¡Se nota!'".
Si bien Stacey confirmaba en una entrevista que intentaban preparar la piel muy bien para que el maquillaje fuera muy natural y sutil, Oakley mandaba desmaquillarlas en el momento en el que el colorete o el corrector comenzaran a notarse un poco, queriendo mantener a toda costa el rigor histórico.
Esto último llegó hasta tal punto que les pidieron a Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles que dejaran de depilarse el vello facial, incluyendo las cejas. Esta experiencia inspiró a Daisy a salir menos maquillada en su vida personal, e incluso a sentirse más cómoda "aceptando su bigote".
Aunque ahora estas exigencias puedan parecer extrañas (y para algunos extremas), gracias a esta apuesta de Oakley nos empezamos a cuestionar hasta que punto nuestra visión del pasado está condicionada por los cánones estéticos actuales. Georgia ha recuperado esos pequeños detalles que el cine tiende a olvidar y aunque la depilación existía en la Regencia (una mezcla de cal viva y sulfato de potasio), solo estaba reservada a las clases más acomodadas.
Esta renuncia a la perfección ha saltado de las pantallas a nuestra vida para apostar por lo real. En un mundo en el que todo el mundo tiene un aspecto impecable y todo es ideal porque está hecho al milímetro por ordenador, se comienza a poner en valor los rostros diferentes, la belleza de lo imperfecto y el trabajo artesanal como el último anuncio de Prada, hecho con ilustraciones y animación a mano.

