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En medio de la tensión con Brasil, Milei afronta compromisos internacionales: cuándo podría volver a verse con Lula

Milei y Lula en una de las cumbres del G 20 (REUTERS)

Después de la salida de Flávio Bolsonaro de Brasil a través de la Argentina y de la decisión de la Casa Rosada de no reconocer formalmente el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente Javier Milei tiene por delante una serie de compromisos internacionales en los que podría volver a coincidir con su par del país vecino, aunque hasta el momento no hay un encuentro confirmado durante los eventos más inmediatos.

El Gobierno confirmó a Infobae que el líder libertario viajará a la capital española para participar de la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno, que se llevará a cabo el 4 y 5 de noviembre.

Por el contrario, según pudo saber este medio de fuentes de Itamaraty, el referente socialista no asistirá a esa cita por cuestiones de agenda y, en su lugar, enviará a su canciller, Mauro Vieira.

La ausencia del mandatario brasileño evitará una escena incómoda para Milei, que llega a España en uno de los momentos de mayor tensión diplomática entre Buenos Aires y Brasilia desde el inicio de su gestión.

El encuentro lo preside el rey Felipe VI (Diego Radamés - Europa Press)

La Casa Rosada no felicitó a Lula luego de su triunfo en el balotaje y, en paralelo, hay versiones que indican que su administración colaboró en el operativo que permitió que Bolsonaro ingresara por Misiones y viajara después a los Estados Unidos en un avión privado.

El caso ya tuvo consecuencias políticas y judiciales. La jueza federal María Eugenia Capuchetti ordenó preservar las imágenes de las cámaras de seguridad del aeropuerto de Puerto Iguazú y requirió información a Migraciones sobre los controles aplicados al vuelo y sus pasajeros, en el marco de una denuncia por la presunta participación de funcionarios argentinos en la salida del excandidato brasileño.

Desde el Poder Ejecutivo, en tanto, insisten en que el dirigente de derecha no tenía restricciones registradas en Interpol ni impedimentos para ingresar o salir de la Argentina, por lo que no cometió ningún delito.

“Entró por Migraciones, no tenía impedimentos de Interpol. Esa es la conclusión clara. Viajó a Estados Unidos vía Guayaquil”, sostuvo el jefe de Gabinete, Diego Santilli, al defender el procedimiento.

La relación con Lula, mientras tanto, se deterioró todavía más. El mandatario brasileño agradeció el saludo que le envió Mauricio Macri por su reelección y recordó los tiempos en que las diferencias entre ambos países “se discutían y se solucionaban de manera civilizada y republicana”, en un mensaje en el que evitó mencionar a Milei, pero que fue leído como una referencia directa al vínculo actual.

Antes de la cita de Madrid, el primer encuentro entre las dos cancillerías después de las elecciones brasileñas y del operativo Bolsonaro se dará en la ciudad norteamericana de Atlanta, donde Pablo Quirno participará de la reunión de ministros de Relaciones Exteriores del G20, prevista para el 30 y 31 de octubre, y allí coincidirá con Vieira.

Quirno irá a la reunión de cancilleres del G 20 (REUTERS/Alessia Maccioni)

Se tratará de la primera oportunidad para medir el alcance de la tensión bilateral en un ámbito multilateral. Hasta el momento, el Gobierno argentino sostuvo que las diferencias ideológicas con Lula no deberían afectar el comercio ni el funcionamiento del Mercosur, aunque el caso Bolsonaro abrió un nuevo frente que Brasilia todavía analiza.

El calendario internacional también ofrece dos posibles cruces entre Milei y Lula antes de fin de año: el primero sería el 4 de diciembre, durante la 69° Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur y Estados Asociados, que se realizará en Montevideo. La participación del Presidente argentino todavía no está confirmada, pero es una posibilidad que se considera.

El segundo escenario propicio para un encuentro casual será la cumbre de jefes de Estado del G20, programada para el 14 y 15 de diciembre en el complejo Trump National Doral, en la Florida.

Si Lula decide asistir, podría volver a coincidir con Milei, esta vez en una reunión organizada por Donald Trump, quien cuestionó el desarrollo de las elecciones brasileñas y recibió a Bolsonaro en los Estados Unidos después de la salida precipitada de su país.

En la Casa Rosada señalaron que, si bien el viaje todavía no figura en la agenda oficial, es “muy probable” que Milei participe de la cumbre del G20 por su afinidad con el presidente norteamericano, que será el anfitrión del evento.

La situación tendrá un condimento adicional: Bolsonaro se encuentra actualmente en Opa-Locka, a tan solo unos 17 kilómetros por carretera del lugar donde se hará la cumbre de mandatarios. Es en esta ciudad desde donde el ex candidato del Partido Liberal pretende ejercer un rol de oposición al gobierno de Lula.

La agenda de Madrid, Atlanta, Montevideo y Miami marcará así los próximos capítulos de una relación bilateral que pasó de las diferencias ideológicas a una crisis abierta, mientras el Gobierno argentino intenta sostener su alineamiento con Washington sin abandonar el respaldo político que le brindó a Bolsonaro.

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MaserGrup crece en Norteamérica al comprar parte del negocio de Skjodt-Barrett

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El grupo industrial catalán MaserGrup crece en Norteamérica. La propietaria de la empresa de alimentación Fruselva ha comprado el negocio de pouches –pack flexible donde va el alimento– para terceros de Skjodt-Barrett en EE.UU. y Canadá. Con ello sumará una planta de 50.000 m² en Indiana con la que consolidará el liderazgo de Fruselva en Norteamérica, al duplicar su presencia, potenciando la línea de alimentación para bebés y snacks saludables para niños.

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Israele oltre Netanyahu. La sfida dell’unità nazionale e la partita con l’Iran secondo Molinari

La democrazia israeliana è in trasformazione, dalle elezioni sono usciti più vincitori, il presidente Isaac Herzog lavora all’unità nazionale e i cambiamenti in corso possono avere impatto non solo in Medio Oriente: questa la lettura del voto nello Stato ebraico da parte di Maurizio Molinari, giornalista e scrittore, già corrispondente de La Stampa da Gerusalemme-Ramallah prima di diventare direttore de La Stampa, di Repubblica e, ora, direttore editoriale del gruppo SAE. Nel suo ultimo libro “Le mappe per capire il potere” (edito da Rizzoli) c’è un’attenta analisi dei cambiamenti in corso in Medio Oriente che aiutano a comprendere anche ciò che sta avvenendo in questi giorni.

Israele senza maggioranza: è la fine dell’era Netanyahu o la prova che resta il leader più abile nel gestire la frammentazione?

La chiave di lettura di questo voto è che hanno vinto in tre. Ha vinto Benjamin Netanyahu, perché il Likud resta il primo partito con 26 seggi e il suo blocco, 53 seggi, è il più numeroso. Ha vinto Gadi Eisenkot, perché Yashar, al debutto, è subito il secondo partito con 21 seggi e lui è il leader indiscusso del fronte del cambiamento. Hanno vinto i partiti arabi, che con 19 seggi ottengono un risultato storico, quasi il doppio della legislatura uscente. Non siamo davanti alla fine dell’era Netanyahu. Siamo davanti alla fine dell’era in cui Netanyahu poteva governare da solo con la destra radicale e i partiti religiosi. Il premier resta indispensabile ma non è più autosufficiente. Ed è proprio questo equilibrio tra vincitori, nessuno dei quali può governare da solo, a rendere l’unità nazionale l’esito più probabile.

Quali scenari di governo sono realistici? E cosa rischia Netanyahu, politicamente e giudiziariamente?

L’ipotesi più probabile, anche se la più difficile, è un governo di unità nazionale tra Likud e Yashar. I motivi sono cinque. L’aritmetica: Likud e Yashar insieme hanno 47 seggi e possono agilmente raggiungere la maggioranza di 61 con alleati di centro e di destra, senza dipendere né dagli arabi né dall’estrema destra. I veti incrociati che bloccano le alternative: Netanyahu esclude i partiti arabi, Liberman rifiuta un governo di minoranza o con arabi e haredi. Liberman, anzi, punta proprio su un’intesa Eisenkot-Netanyahu. L’inchiesta sulle interferenze straniere: è stata aperta un’indagine sul sospetto che Qatar e Turchia abbiano inviato ingenti fondi in Israele per mobilitare l’elettorato arabo e rendere il Parlamento ingovernabile. Il presidente della Commissione elettorale centrale, il giudice Noam Sohlberg, ha ordinato allo Shin Bet di indagare sul sospetto che entità straniere abbiano finanziato la mobilitazione degli elettori arabi. È un passo senza precedenti nella storia elettorale israeliana. Il sospetto riguarda fondi provenienti da Paesi vicini ai Fratelli Musulmani e la polizia ha già arrestato quattro persone nel sud per presunta corruzione elettorale. Finché l’indagine è aperta, un governo dell’opposizione con l’appoggio esterno arabo diventa politicamente ancora più costoso. Il costo del ritorno alle urne: nuove elezioni indebolirebbero un Paese ancora alle prese con Hamas a Gaza e la minaccia iraniana. Senza contare che molti in Israele ritengono che le cinque elezioni successive, fra il 2019 e il 2022, furono il momento nel quale Hamas maturò che c’erano le condizioni migliori per lanciare l’attacco del 7 ottobre. La pressione di Washington. È un fattore cruciale perché Trump ha bisogno di avere in Israele un alleato stabile in vista della ripresa delle operazioni militari contro l’Iran.

Quali sono gli ostacoli maggiori sull’unità nazionale?

L’ostacolo maggiore resta il rifiuto di Eisenkot di servire sotto Netanyahu, anche a rotazione. Ma in Israele le promesse elettorali sono assai spesso posizioni negoziali ed Eisenkot ha già fatto parte del gabinetto d’emergenza dopo il 7 ottobre. La trattativa ruoterà su tre nodi: chi guida per primo, la commissione d’inchiesta sul 7 ottobre e la leva degli ultraortodossi.

Sul piano giudiziario, l’unità nazionale offrirebbe a Netanyahu una via d’uscita. Herzog vuole un accordo tra le parti prima di valutare la grazia, e non esiste un precedente di grazia a processo in corso. Un patteggiamento legato a un passo indietro concordato potrebbe diventare parte dell’intesa di governo.

Dopo la riforma della giustizia, il 7 ottobre e la guerra, questo voto segna un cambiamento politico o un cambiamento della società?

Il voto descrive un cambiamento profondo della società e il segnale più forte arriva dagli arabi israeliani. L’affluenza nazionale ha toccato il 77,7%, la più alta dal 1999, e quella araba ha sfiorato l’80%. Per la prima volta, secondo le stime preliminari, gli arabi hanno votato in proporzione più degli ebrei.

Il dato più simbolico viene da Gerusalemme Est. Oltre 10.000 palestinesi con cittadinanza israeliana hanno votato, triplicando il dato precedente e rompendo un boicottaggio che durava dal 1967. Questo significa che sta cadendo, tra gli arabi, il tabù dello Stato sionista. Votare per la Knesset vuol dire riconoscere le istituzioni d’Israele come il luogo in cui difendere i propri diritti. È la smentita più netta della narrativa di Hamas e dell’Iran, che descrivono Israele come un’entità da cancellare.

Qui serve una distinzione netta fra il sospetto di ingerenze straniere e il voto popolare. Un conto sono gli eventuali finanziatori stranieri, che vanno perseguiti con rigore. Un altro sono gli elettori arabi, che hanno esercitato un diritto. La polizia ha respinto le accuse del Likud di elezioni “rubate”, affermando che non ci sono prove a sostegno. Eisenkot chiede di indagare a fondo ma avverte di non usare l’inchiesta per ritardare l’insediamento della Knesset. Se Doha e Ankara hanno cercato di sfruttare il voto arabo, è proprio perché quel voto ormai conta. La partecipazione resta una vittoria della democrazia israeliana; l’eventuale interferenza è un attacco contro di essa. Accanto agli arabi, gli altri due vincitori rappresentano Israele che chiede forza contro l’Iran, con Netanyahu, e quello che chiede responsabilità dopo il 7 ottobre, con Eisenkot. Nessuna delle tre identità può governare contro le altre, e l’unità nazionale può essere la risposta politica migliore.

Iran e Hezbollah: un nuovo governo può cambiare strategia senza apparire debole? Discontinuità politica o svolta militare?

Un governo di unità sarebbe la risposta più forte ai nemici di Israele. A Teheran e ai suoi alleati arriverebbe un messaggio chiaro: il Paese è diviso sulla politica, non sulla sicurezza. L’Iran esce dal conflitto iniziato con i raid israelo-americani del 28 febbraio, Hezbollah resta armato a nord e Hamas dentro Gaza. Con l’unità nazionale Netanyahu può incassare la continuità strategica e rafforzare il rapporto con Washington. Eisenkot, ex capo di stato maggiore e autore della dottrina della deterrenza contro Hezbollah, può invece rafforzare una credibilità militare che nessuno mette in dubbio. La dottrina della prevenzione non cambierebbe. Può invece cambiare il metodo: decisioni condivise con gli apparati di sicurezza, invece che dettate dalle esigenze di sopravvivenza di una coalizione. La discontinuità sarebbe politica, non militare.

Senza Netanyahu, Washington perderebbe un alleato privilegiato o guadagnerebbe spazio diplomatico?

Trump è il potenziale regista dell’unità nazionale. Ha sostenuto Netanyahu in campagna elettorale ma fonti a lui vicine riferiscono che vuole escludere Ben-Gvir, e probabilmente Smotrich, dal prossimo governo. Il motivo è strategico: i due hanno votato contro il suo accordo su Gaza e si oppongono alla sua linea sulla Cisgiordania, dove Trump ha detto che non permetterà l’annessione. Un governo con Eisenkot e senza l’estrema destra può servire a tre obiettivi americani: stabilizzare Gaza, allargare gli Accordi di Abramo e aprire la strada alla normalizzazione con l’Arabia Saudita. Nell’entourage di Trump si ipotizza perfino una rotazione con Netanyahu premier per primo ed Eisenkot a seguire. Anche l’ambasciatore israeliano a Washington ha detto che Netanyahu preferisce l’unità nazionale.

La Casa Bianca, ufficialmente, frena: definisce prematuri i resoconti su una preferenza per una specifica coalizione. E Netanyahu ha rassicurato Ben-Gvir e Smotrich. Ma è il gioco delle parti di ogni trattativa. Washington punta su un Netanyahu liberato dagli alleati più scomodi.

Gaza, insediamenti, partner arabi: un nuovo governo può cambiare rotta o il consenso sulla sicurezza lo impedisce?

Qui le novità del voto si incontrano. Un governo di unità senza Ben-Gvir e Smotrich può liberare Israele dal veto dell’estrema destra. E la partecipazione araba, compresa quella di Gerusalemme Est, porta nel sistema politico israeliano una voce che nessun governo potrà ignorare. Ra’am di Mansour Abbas ha accettato Israele come Stato ebraico e democratico, e rappresenta un ponte possibile. Non ci sarà uno Stato palestinese a breve, perché sulla sicurezza il consenso è trasversale e il 7 ottobre ha allontanato di molto nel tempo l’idea della convivenza fra due Stati e due popoli su cui si basavano gli Accordi di Oslo. Ma un governo di unità potrebbe agire in tre nuove direzioni: frenare gli insediamenti non autorizzati, attuare il piano americano per Gaza con Egitto, Giordania e Paesi del Golfo, tornare a dialogare con un’Autorità palestinese riformata.

Il nuovo quadro apre spazio all’Europa o Bruxelles resterà marginale rispetto agli Stati Uniti?

Un governo di unità nazionale può offrire all’Europa la migliore occasione degli ultimi anni. Bruxelles avrebbe di fronte un esecutivo meno ideologico, senza l’estrema destra e più disposto a discutere di Gaza e della Cisgiordania. Ma l’Europa deve prima superare le sue profonde divisioni sul Medio Oriente. Vi sono governi, partiti e leader per i quali le sanzioni contro Israele contano più della condanna del terrorismo di Hamas.

Per contare, l’Ue ha bisogno di strumenti concreti: fondi per la ricostruzione di Gaza, unanimità contro il terrorismo, sostegno alle riforme dell’Autorità palestinese e all’estensione dei Patti di Abramo, investimenti sul corridoio di infrastrutture Imec dall’India all’Europa. E serve riconoscere il valore della partecipazione arabo-israeliana come investimento sulla democrazia d’Israele. Senza coesione Ue, Israele guarderà sempre più a Washington e al Golfo.

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Seat dispara las pérdidas operativas a 116 millones en el tercer trimestre

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Seat cerró el tercer trimestre con una fuerte caída del resultado, con unas pérdidas operativas de 116 millones de euros, cinco veces más que los 22 millones en negativo del mismo periodo del año anterior, según las cuentas presentadas este jueves por su matriz, el Grupo Volkswagen, que siguen criterios de la contabilidad alemana. El mayor peso de los eléctricos en las ventas -que dejan menores márgenes- y un entorno de mercado más competido afectan al resultado, se explica. Las fuertes inversiones para electrificar Martorell y escalar la producción también afectan en las cuentas.

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Gli antidoti democratici di Israele funzionano. Sarà il dopo Netanyahu? La lettura dell’amb. Mattiolo

Le urne non hanno consegnato a Israele il verdetto definitivo su Benjamin Netanyahu. Gli hanno però presentato il conto di una stagione politica consumata tra guerre, tensioni interne e un Paese costretto a misurarsi con troppe emergenze contemporaneamente. L’affluenza oltre il 70%, insieme alla mobilitazione degli elettori arabi, racconta una democrazia tutt’altro che rassegnata. Ma la tenuta del Likud dimostra che archiviare Netanyahu è un’operazione molto più complessa del previsto. Ora il pallino passa alle alleanze: il blocco del cambiamento guidato da Gadi Eisenkot cerca i numeri per costruire un’alternativa, mentre sul tavolo restano i dossier più esplosivi, dagli insediamenti in Cisgiordania al servizio militare degli ultraortodossi, fino al futuro del rapporto con Washington e alla minaccia iraniana.

A leggere gli equilibri usciti dalle urne è Luigi Mattiolo, ambasciatore e profondo conoscitore delle dinamiche internazionali. Perché la partita israeliana non si esaurisce nella sfida tra un premier e i suoi avversari: riguarda la capacità di un Paese sotto pressione di cambiare direzione senza perdere di vista la propria sicurezza.

Ambasciatore, partiamo dal dato più evidente: un’affluenza superiore al 70%. Che cosa ci racconta questa partecipazione in un Paese sottoposto a una pressione securitaria straordinaria?

È un dato che colpisce e che merita di essere sottolineato. La partecipazione al voto è un segnale di vitalità democratica, tanto più significativo in un Paese come Israele, che attraversa una fase di forte tensione e deve confrontarsi con minacce su più fronti. È altrettanto importante la partecipazione della popolazione araba israeliana, che ha dimostrato di credere nella democrazia parlamentare del proprio Paese. Non dimentichiamo che Netanyahu aveva cercato di escludere i partiti arabi dalla competizione, ma la Corte suprema ha annullato quella decisione. È un elemento che invita a guardare alla realtà israeliana con maggiore complessità, senza appiattirla sulla narrazione di uno Stato irrimediabilmente antidemocratico.

Eppure chi pronosticava una bocciatura netta di Netanyahu è rimasto deluso. Il Likud ha tenuto e ha sottratto consensi anche alla destra più radicale. È ancora lui il baricentro della politica israeliana?

Il risultato dimostra che Netanyahu conserva una forza politica considerevole. Il Likud ha recuperato voti anche a scapito di altri partiti alla sua destra, un elemento di cui il premier potrà certamente vantarsi. Ma sarebbe sbagliato confondere la tenuta del suo partito con la possibilità di governare senza difficoltà. Il sistema elettorale israeliano, con la sua soglia di accesso alla Knesset, favorisce una rappresentanza articolata e rende indispensabili le coalizioni. Nessuno può governare da solo: la capacità di costruire una maggioranza parlamentare sarà decisiva.

Il blocco del cambiamento guidato da Gadi Eisenkot può davvero contendere il governo a Netanyahu? E quale margine ha per costruire una maggioranza alternativa?

La possibilità esiste, ma dipende dalla capacità di aggregare forze politiche diverse attorno a un progetto comune. Il blocco del cambiamento deve dimostrare di poter andare oltre la contrapposizione a Netanyahu e trovare una sintesi sulle questioni decisive per il futuro del Paese. In questa fase, la costruzione di una maggioranza è più importante del risultato del singolo partito. Il presidente Isaac Herzog dovrà valutare chi abbia le maggiori possibilità di raccogliere almeno 61 deputati su 120. L’incarico potrebbe essere affidato a più di un leader politico: la vera discriminante sarà la capacità di costruire una coalizione sostenibile.

I partiti arabi possono diventare gli arbitri della prossima maggioranza?

È una possibilità concreta. Se il blocco del cambiamento riuscisse a ottenere un sostegno esterno dai partiti arabi, potrebbe aprirsi una strada per la formazione di un governo. Resta anche l’ipotesi di un esecutivo di unità nazionale. L’incertezza è inevitabile, perché il sistema israeliano produce coalizioni composite, spesso fragili. La tenuta degli accordi sarà quindi fondamentale: una maggioranza numericamente sufficiente non è necessariamente una maggioranza in grado di governare con stabilità.

Al di là dei numeri, il voto può segnare una discontinuità rispetto alla stagione politica di Netanyahu?

Il segnale di una domanda di cambiamento esiste, anche se non si è tradotto in una bocciatura inequivocabile del premier. Una parte consistente della società israeliana ritiene che il Paese non possa continuare a essere impegnato contemporaneamente su tutti i fronti. Le questioni della sicurezza restano centrali, ma cresce la consapevolezza che occorra trovare un equilibrio diverso tra esigenze militari, tenuta interna e prospettive politiche. La vera incognita è se questa domanda riuscirà a trovare uno sbocco in una maggioranza parlamentare coerente.

Uno dei dossier più divisivi è quello degli insediamenti in Cisgiordania. Un eventuale governo del cambiamento potrebbe invertire la rotta?

È uno dei terreni sui quali potremmo assistere a una discontinuità. La politica degli insediamenti è stata uno degli elementi caratterizzanti dell’esecutivo Netanyahu e ha alimentato tensioni sia sul piano interno sia nei rapporti con la comunità internazionale. Un governo con una diversa composizione potrebbe quantomeno rimettere in discussione alcune scelte. Ma bisognerà capire quali forze entreranno nella coalizione e quale sarà il loro peso effettivo. Non basta evocare il cambiamento: occorre verificare se esistano le condizioni politiche per tradurlo in decisioni concrete.

C’è poi la questione dell’esenzione degli ultraortodossi dal servizio militare. Perché può diventare una linea di frattura decisiva?

Perché tocca un nervo scoperto della società israeliana: la distribuzione degli oneri della sicurezza. In un Paese che ha affrontato una lunga fase di conflitto, il tema del servizio militare non è soltanto una questione amministrativa, ma riguarda il principio di equità tra i cittadini. Eisenkot ha costruito una parte importante della propria campagna proprio su questo nodo. Un eventuale governo alternativo potrebbe provare a intervenire, ma si troverebbe davanti a resistenze politiche e sociali significative. È una delle questioni sulle quali si misurerà la capacità di un nuovo esecutivo di rispondere alle aspettative dei propri elettori.

Sul fronte palestinese, invece, esiste davvero uno spazio per riprendere un processo politico? O la sicurezza continuerà a dettare l’agenda?

La sicurezza rimane una precondizione imprescindibile. In Israele c’è una convergenza ampia sulla necessità del disarmo di Hamas, considerato un passaggio fondamentale per qualsiasi prospettiva politica credibile. Ma sicurezza e iniziativa diplomatica non dovrebbero essere considerate alternative. La sfida consiste nel creare le condizioni per superare la fase attuale e riaprire uno spazio di confronto tra israeliani e palestinesi. Il disarmo di Hamas, da solo, non risolve tutte le questioni del conflitto: è necessario capire quale assetto possa garantire stabilità e prospettive politiche nel lungo periodo.

Quanto ha pesato l’endorsement di Donald Trump a Netanyahu? E quanto conterà Washington nella fase che si apre?

Non credo che il sostegno di Trump abbia modificato in maniera determinante gli orientamenti dell’elettorato. È possibile che una parte dei votanti che in precedenza guardavano ai partiti ultraortodossi abbia finito per convergere sul Likud, ma sarebbe riduttivo attribuire l’esito del voto a un singolo fattore. Il rapporto con gli Stati Uniti sarà comunque decisivo. Un eventuale governo diverso da quello di Netanyahu potrebbe avere margini differenti nel dialogo con Washington, mentre una sua riconferma non farebbe prevedere cambiamenti sostanziali nell’impostazione dei rapporti bilaterali. Le elezioni di metà mandato americane aggiungeranno un ulteriore elemento di incertezza, anche se il presidente manterrà ampi poteri in materia di politica estera e difesa pure nell’eventualità di una perdita della maggioranza al Congresso.

Se Netanyahu dovesse restare al potere, quale dossier rischierebbe di tornare in cima all’agenda internazionale?

La minaccia nucleare iraniana potrebbe tornare a occupare una posizione ancora più centrale. Se non dovesse aprirsi una nuova stagione politica in Israele, è plausibile che la questione iraniana continui a rappresentare uno dei principali punti di convergenza tra Netanyahu e Trump. Il tema non riguarda soltanto la sicurezza israeliana, ma investe l’intero equilibrio mediorientale e il ruolo degli Stati Uniti nella regione.

Chiudiamo tornando al dato democratico. Il voto può essere letto come una risposta a chi descrive Israele come una democrazia ormai compromessa?

I segnali vanno letti con attenzione, senza trarre conclusioni assolute. L’affluenza, la partecipazione della componente araba e il ruolo di una diaspora israeliana particolarmente sensibile al tema dell’antisemitismo mostrano una società mobilitata e consapevole della posta in gioco. Anche il confronto tra forze politiche profondamente divise testimonia che gli strumenti democratici continuano a funzionare. Questo non significa ignorare le contraddizioni, le tensioni istituzionali o le criticità del rapporto con i palestinesi. Significa riconoscere che la realtà israeliana è più complessa di qualsiasi rappresentazione univoca. La prova decisiva, adesso, sarà trasformare la partecipazione elettorale in una soluzione politica capace di dare stabilità al Paese.

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Ebro triplica ingresos a 310 millones hasta junio y reduce las pérdidas a la mitad

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Ebro Motors Group, matriz de la marca Ebro, cerró el primer semestre con una fuerte subida de los ingresos gracias a la aceleración del negocio, hasta los 309,7 millones de euros, el triple que en el mismo periodo del año pasado, según las cuentas remitidas este miércoles al BME, donde cotiza.

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Il dopo Vučić deve essere l’Ue. La traiettoria di Belgrado per sfuggire a Mosca e Pechino secondo Onori

La piazza può rovesciare gli equilibri, ma è quando entra nelle urne che il dissenso diventa una sfida al potere. La Serbia offre oggi una lezione politica che supera i confini dei Balcani: dopo oltre un decennio di dominio di Aleksandar Vučić, la mobilitazione degli studenti ha trasformato la protesta in consenso elettorale, mettendo in discussione gli assetti consolidati e riportando al centro la lotta alla corruzione, lo Stato di diritto e la credibilità delle istituzioni.

A osservare da vicino questo passaggio è stata Federica Onori, deputata di Azione e capo delegazione dell’Assemblea parlamentare dell’Osce in Serbia. La sua lettura va oltre il ricambio generazionale: il risultato racconta una domanda di democrazia rimasta a lungo senza risposte, ma apre anche una partita decisiva per il futuro europeo di Belgrado. Perché il voto, da solo, non basta a garantire riforme e trasparenza, mentre sul Paese continuano a pesare i legami strategici con Mosca e Pechino. Ora la responsabilità passa anche a Bruxelles: trasformare questa finestra politica in un percorso concreto di avvicinamento all’Unione, senza lasciare che altri attori occupino lo spazio.

Lei era in Serbia come capo delegazione dell’Assemblea parlamentare dell’Osce e ha potuto osservare da vicino una mobilitazione che ha trasformato le piazze in consenso elettorale. Che cosa ha reso possibile la vittoria degli studenti e, soprattutto, come sono riusciti a superare la distanza tra protesta e rappresentanza politica, mettendo in difficoltà un sistema che ruotava da anni attorno ad Aleksandar Vučić?

Sono state certamente elezioni storiche. Dopo oltre un decennio segnato dalla leadership di Vučić, il Paese ha scelto una nuova direzione. Per tutta la giornata noi osservatori abbiamo visto file lunghissime ai seggi, un’affluenza molto alta e soprattutto una grande partecipazione dei giovani. Sono stati loro i veri protagonisti. La Lista degli studenti nasce dopo la tragedia di Novi Sad del 2024 ed è cresciuta attorno all’idea della lotta alla corruzione – e credo che la sua forza sia stata proprio questa. Il passaggio dalla piazza alle urne è il percorso che una democrazia dovrebbe sempre offrire al dissenso. E in Serbia è avvenuto in un contesto non semplice: la competizione è stata molto accesa e la campagna squilibrata, con un uso improprio delle risorse pubbliche da parte del partito al governo, pressioni sugli elettori e una copertura mediatica fortemente sbilanciata.

Il successo della lista studentesca ridimensiona anche l’opposizione tradizionale, incapace finora di contendere efficacemente il potere a Vučić. Siamo davanti a un ricambio generazionale oppure a una crisi più profonda dei partiti e delle forme classiche della rappresentanza democratica?

Le elezioni stabiliscono chi parla a nome dei cittadini. Un sistema democratico, però, si misura anche su ciò che accade tra un’elezione e l’altra, se le istituzioni sanno ascoltare, se le voci diverse trovano spazio, se i cittadini si sentono rappresentati. Quando la risposta è no, a volte le persone non smettono di fare politica: la fanno altrove, nelle università, nelle piazze, nella società civile. In Serbia quell’energia è rientrata nel circuito elettorale. Più che una crisi della democrazia, la leggo come una forte domanda di democrazia rivolta alle forme tradizionali della rappresentanza.

La vittoria apre una partita decisiva sul rapporto tra Belgrado e Bruxelles. Il movimento studentesco ha costruito il proprio consenso soprattutto sulla lotta alla corruzione, sullo Stato di diritto e sulla ricostruzione delle istituzioni, senza fare dell’adesione europea la sua principale bandiera. Quali condizioni servono perché questa svolta democratica si traduca in un’accelerazione concreta del percorso europeo della Serbia?

Questo voto può rappresentare una grande chance per il popolo serbo, che ha dimostrato di voler essere davvero protagonista del proprio destino. Ma le istituzioni democratiche forti non nascono in una notte né con un’unica elezione: servono tempo e volontà politica. Le priorità sono già scritte nelle raccomandazioni di ODIHR e della Commissione di Venezia, alcune ancora inattuate. Parlo dell’indipendenza dei media e del loro regolatore, della sicurezza dei giornalisti, della trasparenza sul finanziamento delle campagne, di una separazione netta tra Stato e partito e della fiducia nelle liste elettorali. Per questo, anche se l’Europa non è stata la bandiera della campagna, l’agenda riflette la necessità di rafforzare lo Stato di diritto, uno dei pilastri del sistema di valori europeo.

Che cosa cambia negli equilibri europei? Una Serbia più vicina all’Unione potrebbe contribuire a ridisegnare gli assetti dei Balcani occidentali e a ridurre gli spazi d’influenza di Russia e Cina. Quanto pesa questo risultato nella competizione geopolitica e quale responsabilità ricade ora sull’Europa?

I legami della Serbia con Mosca e con Pechino sono profondi e stratificati, e non è chiaro quale sarà la direzione che intraprenderà il nuovo governo. Con la Russia passano anzitutto dall’energia: NIS, la principale compagnia petrolifera del Paese, è da anni nelle mani di Gazprom, e il futuro di questo asset strategico sarà importante per leggere il posizionamento internazionale della Serbia. A questo si aggiunge un legame politico e culturale di lunga data. Anche con la Cina il rapporto è di natura strategica: dall’acciaieria di Smederevo alle miniere di rame di Bor, fino alle grandi infrastrutture e a un accordo di libero scambio, Pechino è diventata in pochi anni uno dei principali investitori nel Paese. Sono interdipendenze reali. E ogni volta che l’Unione si distrae, altri prendono spazio. Ogni passo della Serbia verso istituzioni più trasparenti e uno Stato di diritto più solido riduce quegli spazi più di qualunque dichiarazione geopolitica. La responsabilità dell’Europa adesso è non sprecare questo momento: accompagnare le riforme, investire nella cooperazione tra parlamenti e offrire segnali tangibili.

Dalla Serbia arriva un messaggio forte, che parte dai ragazzi. Secondo lei potrebbe verificarsi una dinamica simile anche ad altre latitudini in prospettiva?

Ogni Paese ha la sua storia, e il caso serbo nasce da condizioni specifiche: la tragedia di Novi Sad ha scosso profondamente la società ed è stata il catalizzatore di un percorso culminato nel risultato elettorale di questi giorni. Ma il messaggio viaggia oltre i confini, perché quando i giovani vedono nella politica uno strumento credibile, partecipano, eccome. La lezione per l’Europa, anche vedendo quello che succede da noi in questi giorni, è che la distanza tra cittadini e istituzioni non è un destino. Si accorcia con la trasparenza, con la lotta alla corruzione e con istituzioni capaci di ascoltare. E anche l’Osce, in particolare nella sua dimensione parlamentare, può costituire un importante strumento di dialogo per sostenere queste riforme.

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Indra contratará a 50 personas en Barcelona con el despliegue de nuevas estaciones de la red satelital Galileo

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Indra ha firmado este martes en Barcelona dos contratos de 52 millones de euros con la Agencia Espacial Europea para el despliegue de estaciones terrestres para la segunda generación de Galileo, la red europea de satélites para la navegación que compite con el GPS. Uno de ellos, el más grande, será liderado desde Barcelona, para lo que ampliará en 50 personas su plantilla en la capital catalana.

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El panorama de las hipotecas se endurece con la subida del Euribor

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Todavía más difícil... El panorama hipotecario se ha endurecido al ritmo de la subida de los tipos de interés y el Euribor los últimos meses. Hoy con la tasa de referencia en el 3,2%, la oferta de las entidades se ha revisado al alza, señalan los portales especializados, lo que complica el acceso a la financiación.

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L’Unione europea parla inglese, ma deve farsi capire in tutte le lingue

Lettere

L’11 settembre la Commissione europea ha trasmesso al Consiglio la proposta di accordo commerciale tra l’Unione europea e l’India, soltanto in inglese. Le traduzioni ufficiali di un testo simile richiedono mesi, perché i giuristi linguisti devono verificare parola per parola che ogni versione produca gli stessi effetti giuridici. La Commissione punta a far firmare l’accordo entro la fine dell’anno e ha scelto di non aspettarle, impegnandosi a renderle disponibili in vista del voto del Parlamento europeo. Quel voto arriva però dopo la fase in cui i governi, riuniti nel Consiglio, devono esaminare l’accordo e autorizzarne la firma. La Francia si è opposta, sostenendo che disposizioni tecniche di questa portata non possono essere valutate seriamente senza una traduzione.

La questione è meno marginale di quanto sembri. Poiché il commercio rientra nelle competenze esclusive dell’Unione, i parlamenti nazionali non dovranno ratificare l’accordo: possono soltanto chiamare i propri ministri a rendere conto delle posizioni che intendono assumere in Consiglio. Se in quel momento il testo esiste solo in inglese, il loro controllo è diseguale prima ancora di cominciare. La questione, quindi, non è se a Bruxelles si possa lavorare in inglese, ma se sia legittimo chiedere ai cittadini europei e ai loro rappresentanti di esaminare in inglese le decisioni che li riguardano. È un problema di accesso democratico, più che un nuovo capitolo dell’antica disputa europea sulle lingue.

L’Unione ha ventiquattro lingue ufficiali: i cittadini possono rivolgersi alle istituzioni in ciascuna di esse e la legislazione deve essere pubblicata in tutte. Nella pratica, però, Bruxelles funziona sempre più spesso in inglese, e non senza motivo. Secondo l’ultimo Eurobarometro sulle lingue, il 47 per cento degli europei sa sostenere una conversazione in inglese come lingua straniera. La Brexit ne ha paradossalmente rafforzato la posizione: oggi l’inglese è la lingua madre di una piccola minoranza dei cittadini dell’Unione e non è la lingua nazionale di nessuno dei grandi Stati membri. Per quasi tutti è una seconda lingua, e proprio per questo nessuno parte avvantaggiato.

Su questa realtà il filosofo belga Philippe Van Parijs ha costruito uno degli argomenti più convincenti a favore dell’inglese come lingua franca europea. I gruppi multilingui, sostiene, tendono a convergere sulla lingua che chiama «maximin», quella in cui anche i meno competenti se la cavano meglio e che quindi esclude meno persone dalla conversazione. In Europa questa lingua è l’inglese, e le alternative sarebbero peggiori: tornare al francese, lingua di lavoro prevalente delle istituzioni comunitarie fino agli allargamenti del 1995 e del 2004, vorrebbe dire sostituire un privilegio linguistico con un altro.

Van Parijs descrive tuttavia un punto d’arrivo, non la situazione presente. Lo stesso Eurobarometro mostra che più della metà degli europei non sa sostenere una conversazione in inglese, e quasi quattro su dieci non ci riescono in nessuna lingua diversa dalla propria. E la conversazione è la parte più semplice: leggere un accordo commerciale, comprendere un proprio diritto o seguire un’allerta sanitaria è un’altra cosa. Nel febbraio 2020, mentre il Covid-19 si diffondeva, la Commissione pubblicò in un primo momento le informazioni sulla propria risposta solo in inglese. Due giorni dopo c’erano le versioni in maltese e in spagnolo, ma non ancora quella italiana, benché l’Italia fosse allora il Paese europeo più colpito. Gli europei possono anche parlare tra loro in inglese; per capire una decisione che li vincola, o un’informazione pensata per proteggerli, nessuno dovrebbe però aver bisogno di padroneggiare una seconda lingua.

Per decenni questa esigenza si è scontrata con un limite materiale: ogni lingua in più significava più traduttori, più coordinamento e più tempo. Oggi quel vincolo è molto più debole, perché il sistema eTranslation della Commissione copre tutte le ventiquattro lingue ufficiali e produce bozze di traduzione quasi istantaneamente. Tra una traduzione disponibile e una che l’istituzione è disposta a sottoscrivere rimane però una distanza. Un testo apparentemente fluido può perdere una precisazione, eliminare un’ambiguità voluta o introdurre piccole differenze tra una lingua e l’altra, e quando le parole producono effetti giuridici il controllo umano resta indispensabile.

L’alternativa a una traduzione automatica ufficiale, d’altra parte, non è l’assenza di traduzione. Funzionari parlamentari, giornalisti e cittadini possono già incollare un documento disponibile solo in inglese in un chatbot commerciale, ottenendo al posto di un testo autorevole uno leggibile di cui nessuna istituzione risponde. E questi sistemi non si comportano allo stesso modo in ogni lingua: un audit condotto nel 2026 su sei dei principali modelli di intelligenza artificiale ha rilevato che, interrogati sulla guerra in Ucraina, alcuni rispondevano in russo in modo più vicino alle tesi del Cremlino che in inglese o in ucraino. Le traduzioni, insomma, circoleranno comunque; il problema è stabilire chi se ne assume la responsabilità.

Una soluzione è già alla portata delle istituzioni europee: quando una traduzione umana non è pronta, potrebbero pubblicare insieme all’originale una propria versione automatica in ciascuna lingua ufficiale, dichiarata provvisoria, non vincolante e aperta a correzioni. Per le decisioni formali servirebbero, come oggi, le versioni revisionate dai giuristi linguisti, ma governi e parlamenti nazionali disporrebbero da subito di un testo comprensibile per una prima lettura.

Non servirebbe inventare tutto da zero. L’India, controparte proprio dell’accordo da cui nasce questa discussione, ha costruito Bhashini, una piattaforma pubblica che usa l’intelligenza artificiale per tradurre tra le numerose lingue del Paese e che sta entrando anche nel lavoro parlamentare. L’esempio indiano mostra che la tecnologia linguistica può essere trattata come un’infrastruttura pubblica, invece di essere lasciata alle piattaforme commerciali. Anche l’Unione ha già in mano buona parte degli strumenti necessari: da quasi settant’anni le sue istituzioni producono versioni parallele e giuridicamente verificate dei propri testi. Quello che è sempre apparso come il costo del multilinguismo è diventato così uno dei patrimoni di dati multilingui più preziosi al mondo. Su questa base, nel luglio 2026, la Direzione generale della Traduzione della Commissione ha reso disponibile, accanto a eTranslation, un proprio modello linguistico istituzionale, sviluppato per lavorare nelle ventiquattro lingue ufficiali.

Non si tratta di costruire una macchina che cancelli le differenze tra le lingue. La filosofa francese Barbara Cassin, che ha lavorato a lungo con i giuristi linguisti della Corte di giustizia dell’Unione, ha invitato a «riflettere non contro, ma con la traduzione automatica». Un servizio pubblico dovrebbe fare proprio questo: usare l’automazione dove funziona, dichiararne i limiti e restituire la parola a traduttori e giuristi quando il testo lo richiede. La stessa logica vale oltre i documenti scritti. Nell’aprile 2024 ha circolato molto un video, dichiaratamente rielaborato con l’IA, in cui il sindaco di Venezia Luigi Brugnaro spiegava ai turisti il nuovo ticket d’ingresso alla città in un inglese fluente e con la propria voce. L’anno successivo, durante la presidenza polacca del Consiglio, la stessa tecnologia è entrata in un contesto istituzionale. Le conferenze stampa ministeriali sono state doppiate in polacco, inglese e francese. Non è difficile immaginare un commissario europeo che parla nella propria lingua mentre ogni cittadino ascolta lo stesso intervento nella sua. Basta che la versione sintetica sia dichiarata e che l’originale resti accessibile.

Nulla di tutto questo obbliga a portare ventiquattro lingue nelle riunioni interne di Bruxelles, dove negoziatori e funzionari possono continuare a lavorare in inglese. La posta in gioco riguarda ciò che accade fuori da quelle stanze. Uno dei limiti più discussi della democrazia europea è l’assenza di un’opinione pubblica comune: le stesse decisioni vengono commentate in ventisette dibattiti nazionali separati, ciascuno con i suoi giornali, le sue polemiche e i suoi tempi. Le lingue non sono l’unica causa di questa frammentazione, ma sono una delle più evidenti. Una traduzione automatica garantita da un’istituzione pubblica permetterebbe a un cittadino italiano di leggere l’intervento di un deputato polacco al Parlamento europeo o i contributi che altri europei inviano alle consultazioni della Commissione. La piattaforma digitale della Conferenza sul futuro dell’Europa, tra il 2021 e il 2022, consentiva già di scrivere in qualsiasi lingua ufficiale e di leggere in traduzione gli interventi altrui. Era uno spazio limitato, ma ha mostrato che una discussione europea può esistere senza passare per una lingua unica.

L’intelligenza artificiale non risolverà il problema politico delle lingue europee, ma rende molto meno credibile la vecchia giustificazione secondo cui ricorrere all’inglese sarebbe inevitabile perché tradurre richiede troppo tempo. Per l’Unione è anche un’occasione. Da decenni le sue istituzioni sono accusate di essere lontane e tecnocratiche, chiuse in un linguaggio che i cittadini non sentono come proprio. Rivolgersi a ciascuno nella sua lingua non basterà a colmare questa distanza, ma ne rimuoverebbe una delle cause più concrete. Un’Unione che riesce a parlare ai propri cittadini nella loro lingua sarebbe, almeno sotto questo aspetto, un po’ meno distante dallo spazio pubblico comune che da decenni prova a costruire.

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Da Belgrado a Brasilia, il consenso non è più blindato. La sfida per l’Europa secondo Pirozzi (Iai)

Le urne non abbattono soltanto governi: possono incrinare sistemi di potere che sembravano inamovibili e rimettere in discussione gli equilibri geopolitici. Dalla Serbia, dove la mobilitazione degli studenti ha trasformato la protesta in una sfida politica alla leadership consolidata, al Brasile, dove Lula ha prevalso su Flávio Bolsonaro, affiora una domanda di cambiamento che attraversa contesti diversi e supera i confini nazionali. Non è ancora una ritirata globale del populismo, né la prova di una nuova stagione democratica. È, piuttosto, il segnale che il consenso resta contendibile e che la partecipazione dal basso può riaprire partite che parevano chiuse.

Per l’Europa, stretta tra le ambizioni delle grandi potenze, le ingerenze esterne e la crescente sfiducia dei cittadini nelle istituzioni, la questione è cruciale: capire se questi scossoni possano diventare un’occasione politica o se finiranno per lasciare spazio a nuove forme di instabilità.

Per Nicoletta Pirozzi, vicedirettrice e responsabile delle relazioni istituzionali dell’Istituto Affari Internazionali (Iai), il caso serbo rappresenta un modello politico di particolare interesse, osservato da mesi e capace di sorprendere per la portata del risultato. Ma la discontinuità elettorale, da sola, non garantisce una svolta geopolitica: la composizione eterogenea del movimento studentesco lascia aperti interrogativi sulla futura collocazione internazionale di Belgrado. Anche in Brasile, la capacità di intercettare il malcontento e costruire coalizioni ampie si intreccia con la ricerca di autonomia dalle grandi potenze. Per l’Unione europea, la sfida è trasformare questi segnali in una strategia, senza sottovalutare le minacce che arrivano dall’esterno e le fratture che attraversano le proprie società.

La vittoria degli studenti serbi è il risultato di una mobilitazione durata circa due anni, nata attorno alla lotta alla corruzione e alla difesa dello Stato di diritto. Che cosa rende questo modello così interessante? E quanto è replicabile in altri Paesi europei?

È un’affermazione molto importante. Seguivamo questo modello da alcuni mesi e immaginavamo che potesse esserci un cambiamento, anche se la portata della vittoria ha sorpreso tutti. L’elemento più significativo è la capacità di trasformare un malcontento diffuso, soprattutto tra i giovani, in partecipazione politica e quindi in una maggioranza parlamentare, mettendo in discussione una leadership consolidata. La mobilitazione ha trovato nella lotta alla corruzione e nella difesa dello Stato di diritto i suoi principali motori. Non è semplice dire se questa dinamica possa riprodursi altrove. Nel caso serbo, infatti, la protesta si è legata anche alle aspettative di democratizzazione, benessere e avvicinamento all’Europa. È una componente specifica del contesto nazionale, che rende il fenomeno particolarmente interessante ma non automaticamente trasferibile ad altre realtà europee.

La vittoria elettorale non significa necessariamente una svolta europeista. Il movimento studentesco e i suoi referenti politici sono eterogenei, con sensibilità anche vicine alle posizioni russe. Quale spazio ha Bruxelles per riaprire il percorso di avvicinamento della Serbia all’Unione?

Non è automatico che da questo risultato discenda una trasformazione in senso europeista, proprio per l’eterogeneità delle componenti che hanno sostenuto il cambiamento. All’interno del movimento convivono sensibilità diverse, anche rispetto alla collocazione internazionale del Paese. C’è però un dato politico rilevante: l’affermazione di principi come la democrazia e lo Stato di diritto, che appartengono all’eredità europea e possono costituire una base per avvicinare Belgrado a Bruxelles. Su queste fondamenta occorre costruire. Il rinnovamento elettorale può offrire l’occasione per riavviare il processo di avvicinamento all’Unione, ma serve un investimento politico europeo. Bruxelles non può limitarsi a osservare: deve accompagnare il cambiamento, sostenendo le riforme e facendo in modo che le aspettative democratiche trovino uno sbocco concreto.

Dal fronte europeo a quello latinoamericano. In Brasile, Lula ha prevalso su Flávio Bolsonaro in una competizione segnata anche dalla polarizzazione e dal peso internazionale di Donald Trump. Quanto ha inciso il fattore americano e che cosa ci dice questo risultato sulla tenuta del consenso populista?

Il fattore Trump ha inciso parecchio. Lula ha puntato molto su una politica estera orientata all’autonomia strategica e alla diversificazione delle relazioni internazionali, rivendicando la capacità del Brasile di determinare autonomamente le proprie scelte. Sul piano interno, ha saputo intercettare istanze sociali importanti, costruendo una coalizione ampia e mobilitando il consenso attorno alla democrazia e al contrasto alla corruzione. È un elemento significativo: la capacità di aggregare sensibilità diverse e trasformare il malcontento sociale in partecipazione politica può fare la differenza anche in contesti fortemente polarizzati. Naturalmente, Serbia e Brasile sono realtà differenti e non vanno sovrapposte. Ma in entrambi i casi emerge quanto sia importante saper dare rappresentanza a domande di cambiamento che non trovano più risposte nelle leadership consolidate.

Dalla Serbia al Brasile sembra emergere una domanda di autonomia, tanto dalle leadership nazionali consolidate quanto dai condizionamenti delle grandi potenze. È un segnale di arretramento del populismo o piuttosto l’inizio di una nuova fase, nella quale la mobilitazione dal basso torna a condizionare gli equilibri internazionali?

Il messaggio che si può cogliere è proprio la ricerca di autonomia rispetto alle autocrazie e alle grandi potenze internazionali, insieme alla volontà di diversificare i modelli politici rispetto a quelli populisti. In queste esperienze emerge la centralità delle dinamiche democratiche e della mobilitazione dal basso, con lo Stato di diritto come obiettivo politico di riferimento. Non parlerei necessariamente di un arretramento generalizzato del populismo: siamo di fronte a contesti diversi, nei quali il consenso resta contendibile e gli equilibri possono cambiare rapidamente. Il punto è che la partecipazione democratica può riaprire spazi politici che sembravano chiusi. Per capire la portata di questa fase bisogna osservare non soltanto chi vince le elezioni, ma anche quali principi riesce a tradurre in scelte di governo e in una diversa collocazione internazionale.

La vulnerabilità delle democrazie, tuttavia, non dipende soltanto dalle dinamiche elettorali. Disinformazione, ingerenze esterne e sfiducia nelle istituzioni sembrano alimentarsi reciprocamente. Quali strumenti deve mettere in campo l’Unione europea per difendere il proprio modello, soprattutto in vista dei prossimi appuntamenti elettorali?

Una delle principali debolezze delle democrazie europee è la loro permeabilità alle influenze esterne che puntano a frammentare le società e a minare il modello democratico. Non abbiamo ancora tutte le difese necessarie per contrastare efficacemente le ingerenze e la propaganda, comprese quelle riconducibili ad attori come Russia e Cina. Ma il problema non è soltanto esterno: esiste anche uno scollamento tra cittadini e istituzioni, accompagnato da un calo della fiducia e da un dibattito politico sempre più polarizzato. La disinformazione può sfruttare proprio queste fratture, amplificando le divisioni già presenti. Occorre quindi agire su due fronti. Da una parte, ricostruire il rapporto di fiducia tra cittadini e istituzioni, rendendo le persone più capaci di riconoscere e contrastare la propaganda. Dall’altra, l’Unione deve reagire con maggiore fermezza alle ingerenze esterne. Il contesto non è semplice e i prossimi appuntamenti elettorali saranno cruciali. Difendere la democrazia significa rafforzarne la capacità di resistere alle pressioni, ma anche tornare a renderla credibile agli occhi dei cittadini.

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