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La batalla entre PP y Vox por el último escaño: siete provincias donde cambia el equilibrio de la derecha

El análisis territorial de la proyección de escaños el 29N refleja una relevante batalla entre PP y Vox en la distribución de fuerzas con la que ambos podrían afrontar una negociación de investidura. Los mapas con los que trabajan en los "cuarteles generales" de campaña tienen marcadas siete provincias donde el último diputado enfrenta directamente a populares y Vox, aunque las distancias para que cambie de manos son muy diferentes.

Segovia ofrece el enfrentamiento más ajustado de los siete. En las estimaciones, hay un consenso que atribuye el último escaño al PP y sitúa a Vox como siguiente competidor. Una transferencia directa de 0,067 puntos porcentuales del primero al segundo igualaría los cocientes que deciden esa plaza. En Palencia, donde también aparece el PP como titular y Vox como aspirante a arrebatársela, la transferencia calculada asciende a 0,333 puntos. En A Coruña alcanza los 0,450. Las tres circunscripciones muestran oportunidades para que Vox aumente su representación a costa de los populares.

Estas cifras requieren una lectura precisa: expresan cuánto voto tendría que pasar directamente de una candidatura a la otra, manteniendo constantes las restantes, para igualar el cociente del último diputado. Su utilidad para los equipos electorales consiste en localizar los repartos más sensibles dentro del escenario estudiado.

En Madrid, Sevilla y Murcia, la dirección de la disputa se invierte. El último diputado corresponde a Vox y el PP aparece como siguiente competidor. La proyección madrileña concede 16 escaños a los populares y nueve a Vox; la transferencia necesaria para igualar el cociente de esa última plaza es de 0,55 puntos. Si el intercambio se completara sin otros movimientos, el reparto entre ambos pasaría a 17 y ocho, manteniendo sus 25 diputados conjuntos.

Sevilla presenta una disputa de características similares: el escenario central atribuye cuatro diputados al PP y tres a Vox, con una transferencia calculada de 0,68 puntos para igualar el cociente del último escaño. En Murcia, el efecto político sería especialmente visible. Ambos partidos aparecen empatados a cuatro diputados y el último de Vox tiene al PP como siguiente competidor, a una transferencia de 0,88 puntos. Un cambio de titular rompería esa igualdad y dejaría un reparto de cinco a tres favorable a los populares.

Málaga completa el mapa con una distancia considerablemente mayor. El modelo asigna cinco diputados al PP y tres a Vox, y sitúa el último escaño popular frente a una posible disputa con Vox. La transferencia necesaria para igualar los cocientes asciende a 2,26 puntos. Ese intercambio dejaría cuatro diputados para cada partido, pero requiere un desplazamiento de voto mucho más amplio que los calculados en las otras seis provincias.

Un cálculo limitado a estos siete enfrentamientos permite visualizar su alcance. Si el PP conservara las cuatro plazas que tiene atribuidas y obtuviera las tres asignadas a Vox, alcanzaría 136 diputados y Vox quedaría en 64. Si Vox mantuviera sus tres plazas y consiguiera las cuatro atribuidas al PP, el reparto sería de 129 y 71. Ambas hipótesis conservarían los 200 escaños conjuntos. Son ejercicios construidos manteniendo inmóvil el resto del mapa, sin valor de techo o suelo electoral para ninguno de los partidos.

La lectura política es que cada diputado tendría un significado distinto según su procedencia. Una ganancia frente al PSOE ampliaría la representación conjunta de PP y Vox; un intercambio entre ambos modificaría su equilibrio interno. En una eventual negociación, ese reparto contribuiría a determinar la capacidad de cada uno para exigir acuerdos, introducir prioridades y condicionar la acción del Gobierno.

© EFE

La diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo participa en un acto de precampaña electoral en Palencia
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La ira domesticada de Abascal

Santiago Abascal lleva años convocando a los españoles a la revuelta y ahora parece haber descubierto las virtudes de la prudencia. No es que haya perdido la ira, que tantos réditos electorales le ha proporcionado, sino que empieza a comprender que hay un momento para incendiar la política y otro para intentar gobernarla. La indignación, convertida en espectáculo permanente, puede terminar movilizando más a los adversarios que a los propios.

La paradoja tiene su gracia. Abascal, que ha construido su identidad política despreciando las cautelas del Partido Popular, empieza a mimetizarse con Alberto Núñez Feijóo. No en el fondo, naturalmente, pero sí en la conveniencia de administrar las palabras y evitar que cada intervención se convierta en un regalo electoral para Pedro Sánchez. El dirigente que reprochaba al PP su tibieza descubre que moderar el lenguaje no siempre equivale a rendirse. A veces, es puro cálculo.

La visita de Javier Milei a Madrid resulta ilustrativa. Abascal evitó convertir la presencia del presidente argentino y su motosierra en una exhibición de entusiasmo. Feijóo también marcó distancias con sus excesos verbales. Ambos parecen haber comprendido que el espectáculo de la confrontación tiene un límite cuando se aproxima la hora de pedir el voto.

En sus entrevistas de campaña Abascal está confirmando este cambio de registro. La recentralización de competencias y las reformas constitucionales dejan de ser prioridades inmediatas. Incluso las deportaciones masivas aparecen ahora sometidas a los procedimientos del Estado de derecho. Y la violencia doméstica está bien guardada en el armario. Todo responde a un calculado manejo de los tiempos.

Cataluña ofrece una lección. En 2023, la dureza del discurso territorial de Vox contribuyó a alimentar el temor a la derecha, un terreno que Sánchez supo explotar electoralmente. Ahora, el líder socialista necesita repetir aquella operación y busca desesperadamente cómo convertir unas elecciones sobre el desgaste de su Gobierno en un plebiscito sobre el miedo a la alternativa.

Abascal parece decidido a no facilitarle el trabajo. Y ahí reside la ironía: Vox necesita conservar su épica de la rebelión mientras aprende los modales de quienes aspiran a gobernar. Feijóo quiere representar la normalidad; Abascal, la ruptura sin sobresaltos. Y ambos necesitan desactivar el espantajo que Sánchez agita ante la izquierda. La motosierra sirve para abrirse camino, pero Abascal ha descubierto que quizá convenga apagarla antes de llamar a la puerta de La Moncloa.

© EFE

El candidato de Vox a la presidencia del Gobierno, Santiago Abascal, en acto en Palma
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