Lo que la izquierda quiere en campaña
La izquierda, con el Gobierno al frente, arrancó este periodo preelectoral con un discurso en el que justificaba y comprendía los escraches y los altercados contra los partidos de la oposición y especialmente contra algunos de sus dirigentes más destacados como Isabel Díaz Ayuso. Se esgrimió desde el poder una pose colaboracionista con aquellos que emplearon la violencia de mayor o menos intensidad, pero violencia al fin y al cabo, para acosar al adversario y que no pudiera desarrollar su agenda política en libertad. Hasta el punto de haber consentido la ocupación ilegal de espacios públicos como el de la Puerta del Sol con las voces sanchistas alentando estas conductas antisistema contra la convivencia. La agitación y la propaganda son características en la tradición de la izquierda para tensionar escenarios políticos y electorales desfavorables y pescar en la revuelta lo que no consigue con un desempeño limpio y propositivo. La historia más reciente está repleta de estas operaciones de desestabilización profundamente antidemocráticas. Ni la polarización ni el muro son elementos sobrevenidos, sino la parte esencial de los planes de Sánchez para dividir a los españoles y vencer al precio que sea y con los medios que resulten precisos. Y es exactamente lo que está ocurriendo en estos días en distintas ciudades de nuestro país, sometidas a una virulenta embestida que solo se entiende desde la entera responsabilidad del Ejecutivo que, primero, actuó para crispar el clima ante el 29N y ahora no quiere o no puede garantizar el orden público, la libertad en las calles, el patrimonio público y la propiedad particular. El relato, porque siempre hay un relato para cada crisis con este régimen, se limita, como es habitual, a culpar a la derecha y en concreto a Núñez Feijóo de los estallidos violentos en las calles como si fuera una personalidad influyente entre los embozados reconocibles por no ser recién llegados. En este punto, hay que tener siempre presente que los ministros y los cargos socialistas que sueltan estas simplezas no cuidan la vergüenza ni el respeto por la inteligencia de la gente. El monopolio de la violencia en una democracia corresponde a las autoridades y no hay excusas para que el ciudadano que paga religiosamente sus impuestos sea abandonado y desprotegido por la incompetencia o el tacticismo electoral, o ambos, del Ejecutivo y sus cómplices. Ni Sánchez ni sus coaligados quieren una campaña limpia y por esa razón no hay propuestas sobre la mesa ni se abordan los problemas de la gente. Se vuelcan en señalar a la derecha como los partidos del odio en contraposición con el partido sanchista del amor. Odio es la palabra con la que el presidente adjudica etiquetas morales, abre trincheras y se permite la infamia de dividirnos entre buenos y malos españoles. La izquierda juega con fuego. Veremos si no termina quemándose.


© EFE