Cuando el perro no deja de ladrar: cómo entender y reducir esta conducta
Es extraordinariamente fácil reforzar sin querer algunos comportamientos de nuestros perros. Basta con responder de forma sistemática a una conducta porque, en ese momento, consigue exactamente lo que buscaba. Si ladra para pedir salir y abrimos la puerta, si reclama atención y le hacemos caso o si protesta ante una situación y la resolvemos por él, va a aprender que funciona.
Una de las consecuencias que más complican la convivencia es acabar con un perro excesivamente vocal, de esos que, en nuestros términos, “no se callan ni debajo del agua”. A veces ni siquiera sabemos muy bien cómo hemos llegado hasta ahí. El problema se hace especialmente evidente cuando los ladridos interrumpen una conversación con una visita, dificultan una llamada de teléfono o alteran la tranquilidad de toda la casa. Entonces aparecen soluciones improvisadas, como coger al perro en brazos si es manejable o llevarlo a otra habitación para que nos moleste menos.
Pero antes de intentar que un perro deje de ladrar conviene hacerse una pregunta mucho más importante: ¿por qué está ladrando?
Un perro no ladra porque sí
El ladrido es una conducta normal y una parte importante de la comunicación canina, que utilizan para alertar de que alguien se acerca, saludar a una persona o a otro animal, expresar excitación durante el juego, reclamar atención o comunicar que necesitan algo. También puede aparecer ante la frustración, el aburrimiento, el miedo, la ansiedad o una situación que perciben como amenazante.
Eso hace que ‘dejar de ladrar’ no sea realmente el objetivo más útil. Lo importante es averiguar qué está consiguiendo el perro con esa conducta o qué emoción está expresando. Un perro que ladra porque quiere jugar no necesita exactamente la misma intervención que otro que ladra cuando se queda solo, que reacciona al paso de personas por la ventana o que se excita demasiado cuando llegan visitas.
Además, el ladrido cambia según el contexto. Los estudios sobre comunicación canina han encontrado diferencias acústicas entre los ladridos asociados a situaciones como una perturbación, el aislamiento o el juego, lo que refuerza la idea de que no todos significan lo mismo.
Sí, podemos haberlo reforzado sin darnos cuenta
El aprendizaje puede contribuir a que determinados ladridos se vuelvan cada vez más frecuentes. Si el perro descubre que ladrando consigue atención, comida, juego, acceso al exterior o que desaparezca algo que le molesta, la conducta se va a consolidar porque para él resulta eficaz. Pero es importante recalcar que esto no significa que hayamos ‘echado a perder’ al perro ni que exista una mala educación deliberada.
Muchas veces se trata de respuestas completamente comprensibles. Si el teléfono está sonando, una visita intenta hablar y el perro lleva varios minutos ladrando, cogerlo en brazos puede ser simplemente la manera más rápida de recuperar cierta tranquilidad. El problema aparece cuando esa solución se convierte en la única estrategia y no se trabaja la causa de fondo. Por eso, si el ladrido está muy asentado, resulta más útil observar cuándo aparece, qué lo desencadena y qué ocurre inmediatamente después que intentar corregirlo a ciegas.
Perros con el ‘modo megáfono’ de serie
La selección realizada durante generaciones para obtener perros adaptados a determinadas funciones ha influido en su repertorio de comunicación y en su tendencia a vocalizar. Los trabajos sobre comportamiento canino describen diferencias entre razas y señalan que algunas fueron seleccionadas precisamente para producir determinadas vocalizaciones, como ocurre con distintos perros de rastro utilizados para seguir presas.
Por eso, antes de convivir con un perro también conviene conoce sus características comportamentales. Un bichón maltés, un husky siberiano o determinados sabuesos pueden ser perros especialmente comunicativos y vocales, aunque esto no significa que todos los individuos de estas razas vayan a ladrar constantemente ni que no puedan aprender a controlar mejor la conducta. La variabilidad individual es enorme, pero las tendencias de la raza forman parte de lo que conviene tener en cuenta al elegir un compañero canino. Pretender que un perro seleccionado durante generaciones para utilizar la voz se comporte como si esa característica no existiera va a generar expectativas poco realistas.
Cuando el ladrido se convierte en un problema
El primer paso es reducir las oportunidades de practicar la conducta cuando sea posible. Si ladra continuamente al ver personas desde la ventana, cerrar las cortinas o modificar el acceso a ese punto de observación puede evitar que pase buena parte del día reaccionando a estímulos. Si el problema aparece cuando realizamos llamadas telefónicas, ofrecerle previamente una actividad apropiada puede ayudar a prevenir la situación. La gestión del entorno es una de las primeras medidas recomendadas por los especialistas.
Después llega el aprendizaje. En lugar de centrarse únicamente en conseguir que el perro deje de ladrar, se puede enseñar una conducta alternativa incompatible con esa respuesta. Ir a su cesta, sentarse, permanecer tranquilo o acudir junto a su persona pueden convertirse en formas más eficaces de conseguir atención o afrontar determinadas situaciones.
También es importante premiar los momentos de calma. Si el perro permanece tranquilo cuando suena el timbre, mira por la ventana sin ladrar o espera unos segundos antes de pedir algo, ese comportamiento puede recibir atención o una recompensa. De esta manera aprende que estar tranquilo también funciona.
Castigar empeora el problema
Gritar al perro para que se calle resulta tentador, especialmente después de varios minutos de ladridos, pero no necesariamente le enseña qué queremos que haga en su lugar. Además, si el ladrido está relacionado con miedo o ansiedad, el castigo va a aumentar el malestar y hacer que la conducta empeore.
Por otro lado, hay situaciones en las que no conviene intentar resolverlo todo con conocimientos domésticos. Si un perro empieza a ladrar de forma repentina, lo hace durante periodos prolongados cuando se queda solo, parece angustiado, presenta conductas repetitivas o el comportamiento aparece acompañado de otros cambios, es recomendable consultar con un veterinario. Problemas como la ansiedad por separación e incluso ciertas alteraciones asociadas al envejecimiento, como la pérdida de audición, pueden influir en la vocalización.
El objetivo, por tanto, no es vivir con un perro permanentemente mudo. Los perros ladran porque es una de sus formas de comunicarse. La cuestión está en comprender qué intenta decirnos cada individuo, evitar reforzar sin querer los ladridos que queremos reducir y enseñarle otras maneras de afrontar lo que los desencadena. El objetivo también es, en algunos casos, aceptar que parte de la personalidad de nuestro compañero canino viene con banda sonora incorporada.
Referencias:
- Barking in domestic dogs: context specificity and individual identification. Sophia Yin y Brenda McCowan. Animal Behaviour (2004)
- Barking in family dogs: An ethological approach. Péter Pongrácz. The Veterinary Journal (2010)
