El incendio de este otoño
Hay algo que cada día llevo peor, que me enferma y desconsuela, y es el odio venenoso y sin sentido, la maldad que se refocila en su virulencia, los deseos feroces y absurdos de atormentar y herir que muestran tantas personas. Puedo entender, aunque me asuste y lo repudie, el mal funcional: por ejemplo, que un ladrón, al arrancarle de un tirón el bolso a alguien, haga que su víctima se caiga y sufra heridas. Pero no consigo que me quepa en la cabeza el mal por el mero deleite de hacer daño, las ansias rabiosas de humillar y la ceguera empática que el fanatismo provoca. Toda esa suciedad del alma me deja temblando, porque convierte el mundo en un lugar incompresible y atroz, en una realidad inhabitable.

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