Calabaza en tacha: así puedes hacer el postre de otoño con aromas de la cocina mexicana
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Su nombre viene del tacho, el recipiente en el que tradicionalmente se cocinaba
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En México, el otoño tiene un dulce propio que se prepara cada año para el Día de los Muertos, que se celebra el 1 y 2 de noviembre y es la calabaza en tacha, que se cuece a fuego lento con piloncillo, canela y clavo y que forma parte de muchas ofrendas. Su nombre viene del tacho, el recipiente en el que tradicionalmente se cocinaba.
La calabaza que se usa para este postre no es la naranja y redonda, que asociamos con Halloween, sino la calabaza de Castilla, de cáscara verde o parda y pulpa naranja y firme. En México su temporada coincide con la preparación de las ofrendas y por eso es habitual encontrarla en los mercados en estas fechas.
El origen del nombre está en la producción de azúcar en el México colonial. En los trapiches o molinos, el jugo de caña se cocía en grandes calderas, llamadas tachos, hasta obtener el piloncillo (azúcar de caña sin refinar), y en ellas también se cocinaban trozos de calabaza que quedaban cubiertos de ese dulce oscuro.
Hacerlo en casa no es complicado, aunque requiere paciencia. Lo primero es conseguir una calabaza de Castilla firme y no demasiado madura, porque pasa mucho tiempo al fuego y, si lo está, puede deshacerse y acabar convertida en una pasta. Lo ideal es cortarla en trozos grandes, sin quitar la cáscara, y pincharlos con un palillo o un cuchillo pequeño para que el almíbar penetre hasta el centro.
La receta tradicional de calabaza en tacha
Estos son los ingredientes para seis personas:
- Una calabaza de Castilla de unos 700 gramos
- 200 gramos de piloncillo o azúcar moreno oscuro
- Una o dos ramas de canela
- Una o dos piezas de anís estrellado
- 500 mililitros de agua
- Una naranja pequeña
Para realizar esta receta se aconseja usar una cazuela de fondo grueso o cacerola de hierro fundido. Además, debemos limpiar minuciosamente la calabaza, extraer las pepitas de su interior y trocearla en tajadas anchas. Conservaremos la corteza intacta, ya que resultará fundamental para asegurar la firmeza del ingrediente a lo largo del proceso térmico.
En una cacerola de buen grosor, verteremos el agua junto al piloncillo, la canela, las estrellas de anís, la piel de la naranja y su zumo correspondiente. Llevamos el conjunto a un hervor suave sobre una llama moderada hasta verificar la completa disolución del endulzante.
Debemos acomodar los cortes de calabaza en el recipiente con delicadeza. Cubriremos con la tapa y dejaremos cocer a fuego lento durante un intervalo de 45 a 60 minutos. Giraremos la verdura ocasionalmente hasta conseguir una textura tierna y un tono confitado. Es entonces cuando destaparemos la olla y mantendremos el fuego de 10 a 15 minutos adicionales para que el melado reduzca, gane densidad y consiga cubrir cada pedazo.
Emplataremos la preparación templada con una cobertura generosa de la reducción, o bien podemos reservarla en frío para otro momento, ya que de esta manera se intensifica el perfil aromático de la receta.
Para acompañar este postre, una de las opciones tradicionales es servirlo junto a un vaso de leche fría o un jarrito de café de olla recién hecho, combinaciones que ayudan a equilibrar el dulzor intenso de la melaza. Además, durante la limpieza y preparación inicial de la calabaza, no hay por qué desechar las pepitas que se extraen de su interior. Si se secan adecuadamente y se tuestan con un poco de sal, se convierten en un aperitivo crujiente perfecto para aprovechar la pieza por completo. Guardado en un recipiente hermético, este dulce se conserva en muy buenas condiciones durante varios días, manteniendo intacta esa textura suave.
Una tradición versátil
Lo curioso es que, a pesar de la sencillez del plato, cada persona le puede dar su toque. Unos le ponen más anís; otros, menos canela y hay quien añade una pizca de clavo. No hay una sola manera correcta, ya que la calabaza en tacha es de esas recetas que se aprenden mirando, probando y corrigiendo sobre la marcha. No hace falta una báscula de precisión ni un termómetro. Solo una cacerola grande, un fuego bajo y las ganas de esperar a que todos los ingredientes se junten en uno.
Asimismo, este dulce ocupa un lugar fundamental en la preparación de las ofrendas del Día de Muertos, donde se coloca en los altares junto a las fotografías de los seres queridos para honrar su memoria. La presencia del piloncillo y la canela llena los espacios con un perfume característico que evoca las festividades de principios de noviembre en todo el territorio mexicano.
Cuando el otoño avanza y las tardes se acortan, este dulce aparece casi por inercia. No hace falta anunciarlo, sino que basta con ver los conos de piloncillo y una calabaza de Castilla esperando en la frutería para saber que ya toca. Es un postre que no se inventa nada nuevo y que tampoco busca sorprender con técnicas raras, simplemente está ahí, año tras año, recordando que algunas de las mejores cosas se cocinan despacio.