Los sábados de Lomana: Óscar Puente, de dimisión nada. ¡Que dé la cara!
La desolación, la rabia y la profunda tristeza son algunos de los sentimientos que me invaden, junto al asco y el odio (sentimiento muy desconocido en mí) que me produce este Gobierno de sinvergüenzas que bailan y hablan de amor mientras terminan de destrozarnos a todos con su inoperancia y mentiras, riéndose en nuestra cara. Fue indignante ver cómo se abrazaban el jueves a su llegada al Centro de Coordinación Operativa Integrado (Cecopi) de Toledo. Fernando Grande-Marlaska recibió a Óscar Puente con un efusivo abrazo, ante las cámaras, en pleno luto oficial por la tragedia ferroviaria.
Me pareció una escena de una falta de sensibilidad tremenda. Parecía que quien necesitaba consuelo era el propio ministro de Transportes, como si él fuese la víctima de esta tragedia. ¿Y quién abraza a las familias que han perdido a sus seres queridos? ¿Quién las consuela? No puedo entender que, mientras tantas personas lloran a sus muertos, quienes tienen la obligación de dar explicaciones escenifiquen de esa manera su apoyo mutuo. Hay imágenes que, por muy acostumbrados que estemos a todo, resultan difíciles de digerir.
¿Qué me dicen de Óscar Puente cuando un periodista le pregunta si su dimisión reconfortaría a las víctimas? Contesta que no sabe cuánto sería ese consuelo en una escala del 0 al 100. Su bajeza moral me produce ganas de vomitar y de llorar. Por supuesto, no quiero que dimita; lo que quiero es ver qué va a contar a sus posibles votantes, ya que va el número uno por Valladolid, cuando los quiera convencer en un mitin de sus logros.
Estamos en manos de unos desalmados que nunca han conocido lo que significa la vocación de servicio, el amor a la patria. El grave accidente ferroviario del miércoles en Urda (Toledo) vuelve a abrir un debate incómodo pero imprescindible: la importancia de contar con unos Presupuestos Generales del Estado adaptados a la realidad de cada momento.
Durante años, Pedro Sánchez ha defendido que podía gobernar sin aprobar nuevas cuentas públicas, utilizando presupuestos prorrogados como si las necesidades de un país fueran inmutables. Pero la realidad demuestra exactamente lo contrario. Cada ejercicio plantea desafíos distintos y obliga a establecer prioridades diferentes. Hay años en los que la sanidad requiere más recursos, otros en los que la educación, la defensa o las infraestructuras necesitan una atención especial.
Los presupuestos no son un simple trámite administrativo. Son la herramienta que determina dónde, cómo y en qué se invierte el dinero de todos los españoles. Por eso resulta difícil sostener que un país puede afrontar durante años circunstancias cambiantes con las mismas cuentas. Lo sucedido debería servir para reflexionar sobre las consecuencias de gobernar sin planificación actualizada y sobre el riesgo de considerar prescindible un instrumento tan esencial para la gestión pública. Y también invita a plantearse otra cuestión: si los ministerios más sensibles deben estar dirigidos por perfiles elegidos por su capacidad de gestión y conocimiento técnico, o por responsables cuyo principal mérito es la fidelidad política al presidente. Cuando las decisiones afectan directamente a la seguridad y al bienestar de millones de ciudadanos, la competencia nunca debería ser un detalle secundario.


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