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¿Cuándo volveremos a viajar en tren sin miedo?

29 October 2026 at 21:30

¿Cuándo volveremos a viajar en tren sin miedo?

Si el accidente de Adamuz nos hizo creer que quedábamos a salvo por décadas, porque un accidente en el AVE era tan improbable que no volvería a repetirse en mucho tiempo, este nuevo accidente tan seguido no pone a cero ningún contador, sino que parece continuar una cuenta que ahora tememos que siga

¿Dónde te pilló la noticia del accidente de Urda? La típica pregunta que años después te hace revivir un suceso que dejó huella. En el caso del accidente del miércoles, es fácil que te sorprendiera a bordo de un tren, incluso en un tren de alta velocidad, que leyeses en tu teléfono la confusa y creciente última hora mientras veías pasar el paisaje a 200 km/h. Yo me enteré justo a la hora en que mi tren debía salir de la estación de Sevilla. Habríamos pasado por el mismo punto del accidente en hora y media. No llegamos a movernos de Santa Justa, y el maquinista avisó por megafonía de la suspensión por “un accidente grave”, se le quebró un poco la voz, debía de saber más que nosotros. Por triste ironía, yo estaba subido a un tren, y estaba leyendo en ese mismo momento un cuento cuyos protagonistas viajaban en un tren, pues yo iba a Madrid para ser jurado de un premio de cuentos… de trenes. 

Perdón por tanto “yo”, “yo”, “yo”, un párrafo entero hablando de mí cuando debería dedicárselo a las 69 víctimas mortales, a sus familias y a los muchos heridos. Pero es que no sé cómo manejar un miedo nuevo, que yo antes no tenía y ahora no me quito: el miedo a viajar en tren. El miedo a volar es tan antiguo como la humanidad, y la mayoría lo llevamos lo mejor posible cuando no queda más remedio que coger un avión. Pero el miedo a subir al tren es un miedo nuevo, que la mayoría no habíamos sentido nunca. Por tanto, era un miedo inexistente, nadie lo había formulado, no sé si existe una palabra acabada en -fobia que lo designe. Los accidentes eran escasos, y en el caso de la alta velocidad, la sensación de seguridad era absoluta. Antes de Adamuz, nadie sentía la mínima inquietud al subir a un AVE. De Angrois nos habíamos olvidado, era una anomalía, la excepción a la regla.

Pero después de Adamuz, tras el espanto inicial, muchos nos sentimos incluso más seguros, por paradójico que parezca. No solo porque confiábamos en que el accidente sirviera para revisar a fondo el sistema, la infraestructura, los protocolos, y extremar las medidas de seguridad. Es que había también un elemento de probabilidad: un accidente de AVE era algo tan inusual, tan improbable, tan inverosímil incluso, que el accidente de Adamuz, por terrible que fuera, nos daba a cambio la tranquilidad de que a nosotros ya no nos pasaría, porque ya les había pasado a otros. Una tranquilidad macabra y egoísta, sí, pero tranquilidad. Como esos desastres naturales que nos dicen que acontecen cada doscientos años, un accidente de AVE ponía otra vez el contador a cero, pasarían décadas antes de otro.

Pero dos accidentes en nueve meses, los dos terribles y de tan alta mortandad, es un suceso que escapa a toda estadística. Es “inverosímil”, dijo el ministro de Transportes horas después. El mismo que en enero, solo unos días después de Adamuz, cuando le preguntaron si deberíamos temer en adelante, dijo: “En treinta y pico años, un accidente con estas características y consecuencias, no se había producido nunca. Por tanto, la probabilidad es muy baja. Bajísima. Así que tranquilidad”. Estos días circula el vídeo con aquellas palabras, a modo de ajuste de cuentas.

Si el accidente de enero nos hizo creer que quedábamos a salvo por décadas, y que podíamos volver a subir confiados al tren, relajarnos con el paisaje o con un libro, sin miedo a romperte la nariz contra el respaldo del asiento de delante, que te caigan las maletas encima, perder una pierna en el amasijo de hierros, o morir aplastado; un nuevo accidente tan seguido no pone a cero ningún contador, sino que parece continuar una cuenta que ahora tememos que siga.

No hacía falta que el irresponsable presidente de Andalucía subrayase el miedo que ya tenemos (“Ahora mismo yo no viajaría en el AVE”, ha dicho, sabiendo que muchos lo tendremos que coger sin elección). Durante mucho tiempo seguiremos viajando, claro, pero en tensión, asustados, sobresaltados ante el mínimo temblor o ruido. Perderemos esa calma que nos daba el tren, y que en pocos lugares encontrábamos ya como en un vagón que se desliza suave por la vía.

Exigimos viajar con seguridad, claro, y yo confío en que los responsables tomarán todas las medidas para ello. Pero también exigimos viajar sin miedo, y eso va a ser más difícil.

Esa "mano negra" que incendia y saquea

27 October 2026 at 21:30

Esa "mano negra" que incendia y saquea

Es un clásico en la historia de las luchas sociales: estallidos periódicos de violencia de autoría dudosa, que solo sirven para asustar, criminalizar y reprimir. Pero sea quien sea el instigador, no hay organización ni cerebro criminal que valga si no hay alguien dispuesto a seguir el llamamiento

Los disturbios y saqueos de Barcelona y Bilbao son obra del pérfido Pedro Sánchez, que incendia las calles para perpetuarse en el poder. Que no, que ha sido la extrema izquierda ella solita, sin necesidad de Sánchez. No, los inmigrantes, que quieren destruir nuestra civilización. Ha sido la ultraderecha, que busca crear miedo para presentarse como garante de la ley y el orden. La policía, el Estado profundo, infiltrado para reventar la venidera huelga de vivienda. Rusia, para desestabilizar. Israel, para vengarse de Sánchez. Trump, porque es Trump. Las redes sociales, el algoritmo. Solo ha faltado echar la culpa a la Inteligencia Artificial, y no lo descartemos: un grupo de bots de IA que se ha escapado del control de sus programadores, y extiende el caos como primer paso para dominar a la humanidad y luego exterminarnos.

Puede que bajo el pasamontañas se esconda alguno de los anteriores, incluso varios de los nombrados, actuando a la vez y con objetivos contrapuestos. También puede ser que no haya sido ninguno de ellos, ni ningún otro “autor intelectual”: que la respuesta sea más sencilla y no haga falta una “mano negra” para que unos pocos adolescentes quemen coches y roben zapatillas y móviles. Sin coartada política ni lucha antisistema, podrían haber hecho lo mismo tras un partido de fútbol, en unas fiestas populares, al final de una manifestación o en mitad de una huelga. Ha pasado otras veces.

He nombrado a la “mano negra” con toda intención, rememorando aquella organización fantasmal que recorrió el campo andaluz a finales del XIX y sirvió para reprimir el anarquismo en pleno conflicto de clase. Es un clásico en la historia de las luchas sociales: estallidos periódicos de violencia de autoría dudosa, que solo sirven para asustar, criminalizar y reprimir. Desde aquella “Mano Negra” que nunca se terminó de resolver, son muchos los pasamontañas sospechosos. No extrañe que surjan en tiempos conspiranoides como estos.

Sea quien sea el instigador, no hay organización ni cerebro criminal que valga si no hay alguien dispuesto a seguir el llamamiento. En el siglo XIX eran el hambre y la injusticia en el campo; hoy no sabemos qué motiva a que decenas de adolescentes de Barcelona o Bilbao, como antes los de Francia amparados en las protestas estudiantiles, se arriesguen a ser detenidos y sus familias multadas, a cambio del placer efímero del destrozo callejero, la adrenalina de la guerrilla urbana, unos selfies y vídeos heroicos, y la ganancia puntual de una mercancía tan deseada como prohibitiva para ellos.

No sé si llegaremos a conocer al responsable último del llamamiento y su difusión en redes, si es que hay alguien detrás o todo es improvisación, rabia, nihilismo (nos encanta pronunciar esa palabra hablando de jóvenes violentos), desorientación juvenil o mero afán de pillaje. Lo que sí es transparente es la marrullería con que los habituales intentan sacar tajada política de cualquier cosa, también con esto. Y no cuela, por mucho que se encapuchen con argumentarios.

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