Los sabores de todos los Santos
Hay fechas en el calendario que tienen sus propios sabores, días que llegan acompañados de recetas, aromas y costumbres que forman parte de nuestra memoria. En Andalucía, la festividad de Todos los Santos ha estado siempre vinculada a una gastronomía particular, hecha de dulces tradicionales, frutos de otoño y elaboraciones que durante generaciones han pasado de las cocinas familiares a los escaparates de nuestras confiterías.
No hace falta más que acercarse estos días a algunas pastelerías para encontrar los tradicionales huesos de santo, elaborados con mazapán y rellenos de yema, o los buñuelos de viento, ligeros y esponjosos, que admiten distintos rellenos. En muchos hogares andaluces también se preparan las gachas dulces, también llamadas poleás en algunas regiones, especialmente arraigadas en Córdoba, Sevilla y otras zonas del interior, con su harina, leche o agua, matalahúva, canela y picatostes. Recetas sencillas, nacidas de una cocina humilde, que han sabido mantenerse vivas gracias a la transmisión familiar.
También las castañas, las nueces, las granadas y otros frutos de temporada han acompañado tradicionalmente estas celebraciones. En numerosos pueblos andaluces, la llegada de noviembre era motivo de reuniones familiares y encuentros alrededor de productos que ofrecía el otoño. Cada localidad tenía sus particularidades, pero todas compartían algo importante: la gastronomía como elemento de convivencia y expresión de una identidad propia.
Sin embargo, en las últimas décadas, estas costumbres han comenzado a compartir protagonismo con una celebración que poco tiene que ver con nuestra tradición. Halloween, con sus disfraces, calabazas y su enorme despliegue comercial, se ha instalado con fuerza en nuestro calendario. Es una muestra más de un mundo globalizado en el que las mismas celebraciones terminan reproduciéndose de manera casi idéntica en lugares muy diferentes.
Nada hay de malo en conocer y disfrutar las tradiciones de otros países, el problema aparece cuando esa incorporación se produce a costa de olvidar las nuestras. Cuando resulta más fácil encontrar una calabaza decorada que unos huesos de santo, o cuando nuestros niños conocen mejor las costumbres importadas que las recetas que preparaban sus abuelos, quizá deberíamos preguntarnos qué parte de nuestro patrimonio cultural estamos dejando atrás.
Porque defender nuestras tradiciones no significa vivir anclados en el pasado, sino comprender que forman parte de lo que somos. Andalucía posee una extraordinaria riqueza gastronómica que no se explica únicamente a través de sus grandes platos, sino también de esas pequeñas costumbres vinculadas al calendario, a las estaciones y a las celebraciones familiares.
Todos los Santos es también una fecha para el recuerdo, y la gastronomía tiene una manera muy particular de mantener vivos esos vínculos entre generaciones. Las recetas familiares, los dulces de temporada y las costumbres que se repiten cada año forman parte de una cultura que sigue teniendo sentido en nuestras mesas, más allá de modas y celebraciones importadas.
No se trata de elegir entre calabazas y huesos de santo, sino de darle el sitio que merecen a nuestras propias tradiciones. Porque Andalucía también se reconoce en sus pequeños rituales, en sus sabores de siempre y en esa forma tan nuestra de celebrar la vida alrededor de una mesa.


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