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Olivia Laing, escritora: “Pasolini vio el regreso del fascismo mucho antes que nadie”

29 October 2026 at 21:30

Olivia Laing, escritora: “Pasolini vio el regreso del fascismo mucho antes que nadie”

La autora del excepcional ensayo 'El jardín contra el tiempo' publica una novela ambientada en la Roma de Cinecittà que remarca los paralelismos entre 'Saló' y 'Casanova' de Fellini

Pedro Almodóvar: “La inteligencia artificial es un peligro, pero nunca podrá escribir 'Hable con ella'”

A mediados de los años 70 del siglo pasado, Italia era un hervidero de creatividad cinematográfica. Los directores que han pasado a la historia rodaron durante aquella época algunas de sus mejores películas. Y algunos murieron asesinados, como en el caso de Pier Paolo Pasolini. Él es uno de los objetos de interés de Olivia Laing, que ha incluido dicho suceso en la trama de su segunda novela El libro de la plata, que la editorial Alpha Decay acaba de publicar en España traducida por Albert Fuentes.

Laing ha ambientado su libro en aquel momento para mostrar el ambiente efervescente de aquel sector dentro de Italia, pero también para advertir de lo que puede suceder en la actualidad. Quien se adentre en el libro conocerá a Nicholas –el único personaje inventado–, un joven inglés que comienza una relación con Danilo Donati, el reputado diseñador de vestuario y escenógrafo. En ese momento, él trabaja con Federico Fellini en Casanova, que se graba en los estudios de Cinecittà en Roma y su amante se convierte en aprendiz.

Gracias a esas enseñanzas, el británico descubre que la belleza puede ser una ilusión creada con recortes de cartón e ingredientes cotidianos como la sal o el azúcar. Y también que no todo es lo que parece. Como él mismo, que guarda un secreto que acerca la trama al thriller, aunque el libro no termine de serlo. Su periplo continúa hasta Venecia, donde Pasolini rueda la que será su última película, Saló o los 120 días de Sodoma.

“Danilo era un verdadero artista, increíblemente ingenioso, un coleccionista ecléctico —una especie de urraca que reunía todo tipo de objetos— y un visionario”, sostiene Laing. Sin embargo, su nombre no dice nada para una parte importante del público, pese a su importancia en las producciones. Pero eso no quiere decir que no fuese afamado en su entorno laboral y, de hecho, Laing quiso huir de la imagen de genio solitario, que le parece muy aburrida. En su novela, recreó cómo era su método, que era muy colaborativo tanto en el set como en su taller. “Fellini definía su forma de trabajar como ‘un cine de papel y tijeras'. Es un arte hecho a mano, fruto del trabajo conjunto de personas en una misma sala”, comenta a elDiario.es. Según su visión, en una época en la que la inteligencia artificial ha convertido la creación humana en algo “atomizado y alienante”, es una alegría recuperar esa forma de producir.

Laing tuvo la idea de la novela mucho antes de empezar a escribirla, concretamente mientras navegaba en un taxi acuático en Venecia. Y con la trama le llegó también el título: “Plata por el cine –que en inglés decimos ‘pantalla de plata’—, pero también ‘plata’ por las ilusiones, los espejos, los reflejos y los sueños”, desarrolla. Realizó muchos viajes a Roma y a Venecia desde Reino Unido para investigar y llegó a visitar incluso Cinecittà. Recopilaba la información que necesitaba en un cuaderno y, cuando llegó septiembre de 2024, se sentó y escribió el libro de rápidamente. Terminó antes de que acabase el otoño.

“Fue una experiencia ideal: podía salir a pasear por los jardines de Villa Borghese, igual que hace Nicholas, o acercarme al Tíber para observar qué color tenía ese día”, explica. Además, tuvo la oportunidad de estudiar el vestuario de Danilo Donati, que se encuentra en el barrio romano del Trastévere, y poco a poco, captó cómo era la ciudad en su época. Define la experiencia como “una forma de trabajar magnífica” y, según lo relata, no cabe demasiada duda.

Entre tanta figura italiana, Laing necesitaba un personaje que observara esa realidad desde un punto de vista ajeno a la idiosincrasia del país. De ahí sale Nicholas, que desde las primeras páginas se sabe que huye de algo con pinta de ser, como poco, complicado. “Me interesaba mucho la idea de una persona sumamente bella que irrumpe en la vida de los demás; es aceptada de inmediato, pero, a su paso, siembra el caos”, declara. Cuando se puso manos a la obra, se imaginó un personaje al estilo de El talento de Mr. Ripley, pero el suyo no es manipulador ni cruel. “Nicholas resulta ser una persona bondadosa, aunque profundamente herida y muy joven. Su ceguera es su mayor defecto: no percibe cuándo lo están manipulando y es incapaz de ver el peligro hasta que ya es demasiado tarde”, manifiesta.

Su relación con Pasolini

La primera página de esta segunda novela de Laing está precedida de una cita de Federico Fellini: “Maquillarse es una derivación de nuestra modernidad. Así, lo soy todo y no soy nada. Soy lo que me invento”. Es un trasunto de definición de su personalidad, que la escritora –que se identifica como trans y no-binaria– considera como “el gran soñador, el poeta del deseo humano”. Le encantan sus películas aunque Casanova, que es la que se rueda en el libro, no es su preferida. Aun así, le resulta fascinante porque el realizador “se enfrenta a su propia relación con la seducción. Él percibe el vacío de ese estilo de vida, y la película es, a la vez, bellísima y está impregnada de una profunda repulsión”.

Curiosamente, esa cinta se rodó a la vez que Saló, de Pasolini. A Laing este detalle le parece muy interesante porque ambas “observan con horror la figura del libertino. Vivimos en la era del movimiento Me Too, con un sinfín de relatos sobre violencia sexual —desde el caso Epstein hasta el de Giséle Pelicot—, lo que convierte a ambas películas en obras más importantes y relevantes que nunca”. Además, hay una teoría sobre el asesinato de Pasolini que gira en torno al robo de las bobinas de dicha película y Laing descubrió que también habían desaparecido las de Casanova y que parte del equipo técnico había trabajado en las dos. Ahí, la autora se dio cuenta de que había encontrado el escenario de su novela.

Sin embargo, las dos cintas no tienen nada que ver entre sí ni en su parte visual ni en la forma de expresar las ideas que contienen. Saló es una adaptación libre de Los 120 días de Sodoma del marqués de Sade. Ambientada en los años finales del frente italiano de la Segunda Guerra Mundial, está cargada de violencia, sexo explícito y hasta consumo de heces. Obviamente, tuvo una recepción que osciló entre el escándalo y el aplauso, con más peso en la primera parte de la balanza. El director estaba en el punto de mira de la extrema derecha de su país por sus posicionamientos políticos y murió asesinado en Ostia en 1975. Aunque en aquel entonces se dijo que lo había matado un joven trabajador sexual al que conoció en un prostíbulo en Roma, lo más convincente es que fueron sus enemigos quienes terminaron con él.

“Él escribía sobre la corrupción y el auge del fascismo en Italia. Matarlo de esa manera supuso un doble asesinato: acabó con su vida, pero también destruyó su reputación. En realidad, enterró las advertencias que él estaba lanzando”, apunta Laing, que también firmó un artículo sobre el tema en The Guardian. Pero tampoco quería que su libro se centrase en este suceso, sino que fuese un personaje secundario “dentro de una historia de amor ficticia entre dos hombres. Solo al final del libro Pasolini pasa a ocupar el centro de la escena”.

El director cinematográfico advirtió antes de su muerte de la vuelta del fascismo. Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de la situación de la política actual, puede darse cuenta de que el italiano tuvo algo de oráculo. “Creo que él previó el tipo de auge de la derecha que estamos presenciando a nivel mundial en la actualidad”, reconoce Laing, que considera que Saló fue su advertencia sobre lo que podría suceder en una situación así. “Especialmente sobre los terribles peligros de la aquiescencia y la complicidad. Considero que los colaboradores y las víctimas —que parecen caminar sonámbulas— que aparecen en esa película tienen precisamente la función de alertarnos sobre esto”, remarca. El filme se tachó de pornográfico, en lugar de como una llamada a la acción y a la resistencia.

Una forma clara de hacer las cosas

Construir un libro sobre un tema o personalidad que le interesa en ese momento de la vida es un modus operandi de Laing. Al repasar su bibliografía, en su mayoría títulos de no ficción, se encuentran ensayos como La ciudad solitaria: Aventuras en el arte de estar solo (Capitán Swing, 2016. Traducción de Catalina Martínez Muñoz), que elaboró cuando se mudó a Nueva York y sintió la sensación en carne propia. En El viaje a Echo Spring (Paidós, 2024. Traducción de Nuria de la Rosa Regot) indaga en la relación de los procesos creativos de grandes escritores norteamericanos con el alcohol, impelida por el alcoholismo de su padre. Y, también en 2024, se inspiró en la restauración de su propio jardín para intentar responder a la pregunta de si aún es posible vivir en un edén a lo largo de El jardín contra el tiempo. En busca de un paraíso común (Capitán Swing, 2024. Traducción de Lucía Barahona).

Su primera novela fue Crudo (Alpha Decay, 2019. Traducción de Albert Fuentes), con la que llegó al público de forma masiva. De hecho, formó parte de la lista de los 100 mejores libros del año del New York Times en la que, aunque parezca larga, no es tan fácil entrar. La protagonista es Kathy, una mujer de 40 años que está a punto de casarse. Pero en lugar de estar feliz, está muy preocupada por la situación política del momento –fue la época del primer mandato de Donald Trump y del Brexit– y se plantea si tiene sentido seguir adelante con sus planes de matrimonio.

Una duda que podría volver a surgirle a día de hoy –al fin y al cabo, Donald Trump vuelve a estar ahí– incluso con más potencia si se rememora lo que predijo Pasolini. “Él vio el regreso del fascismo mucho antes que nadie. Comprendió que, cuando volviera no tendría la forma de nazis con botas militares; vio que se fusionaría con el consumismo y el capitalismo, y que tendría efectos devastadores en el medio ambiente, la cultura y la sociedad. Comprendió que sería, a la vez, banal y brutal”, concluye Laing.

La novela de horror doméstico de Camila Fabbri que refleja la sociedad pospandemia: “Un vecino es una incógnita"

28 October 2026 at 22:40

La novela de horror doméstico de Camila Fabbri que refleja la sociedad pospandemia: “Un vecino es una incógnita"

En 'El año de la serpiente', la escritora argentina habla de la soledad en la ciudad, del miedo al otro y del reptil como metáfora de las masculinidades violentas

Pedro Almodóvar: “La inteligencia artificial es un peligro, pero nunca podrá escribir 'Hable con ella'”

De pronto, un olor penetrante y asqueroso invade la realidad de Aldana. Sospecha que viene del apartamento en el que vive Celeste, una joven de 25 años que estudia arquitectura, así que llama a su puerta, pero nadie le abre. Al no obtener respuesta, va en busca de Gilda, la portera, para que confirme que la peste es real y la ayude a actuar de alguna forma. La situación es alarmante, porque nada bueno suele ocultarse tras un aroma nauseabundo fuera de la gastronomía. Así empieza El año de la serpiente, la nueva novela que Camila Fabbri acaba de publicar en Anagrama.

Un suceso truculento ocurrido en los años ochenta en Argentina había permanecido en su cabeza y ha servido para perfilar esta historia. Dos primas fueron encontradas muertas en una bañera, con los cuerpos descompuestos. ¿Cómo podía ser que los cadáveres estuviesen tan deteriorados si la autopsia desveló que habían fallecido solo un día antes? La incógnita disparó numerosas teorías, entre ellas que una serpiente estaba vinculada al más que seguro asesinato. Esta idea impactó mucho a Fabbri y decidió que ese reptil sería un personaje esencial, pero silencioso, en la novela: es la mascota del único protagonista masculino del libro.

“La serpiente en mi novela funciona más como una operación metafórica que como animal”, dice a elDiario.es durante una entrevista en Barcelona. Las cualidades que definen a estos reptiles le permiten hablar de ciertas masculinidades: son sigilosas, se desplazan en silencio por el suelo y pueden aparecer al lado de su víctima por sorpresa. “Para mí hay ciertos vínculos con determinados hombres con ciertas características que responden un poco a esa lógica: cuando te querés dar cuenta estás completamente atrapada en algo que no era tan evidente al principio”, desarrolla. Para ella es una especie de “arquitectura del odio” que se erige alrededor de una persona.

El libro de Fabbri comienza como un true crime clásico y que tanto éxito tiene entre el público: una mujer joven aparece muerta en extrañas circunstancias y nadie sabe qué ha podido pasar. Una de las protagonistas de la novela es precisamente esa “víctima perfecta” porque, aunque solo tiene 25 años, no le queda familia, apenas tiene amigos y tampoco se relaciona con sus vecinos. Si le ocurre cualquier cosa, puede que nadie se entere de forma inmediata. “Celeste es una chica que está en una situación muy vulnerable, ya es víctima sin serlo todavía”, comenta la escritora acerca de su personaje, “porque no tiene a nadie en el mundo, su familia murió, heredó y no necesariamente tiene que trabajar para vivir, lo cual no es tan positivo”.

El mal de la vida moderna

La falta de obligaciones hace que se tenga mucho tiempo libre, pero eso disminuye las posibilidades de interactuar con otros seres humanos y disfrutar de esas horas de relajo. El trabajo articula la vida de las personas hasta tal punto que, si no lo tienen, pueden acabar aisladas. Esa circunstancia hace que Celeste caiga de manera fácil en una trampa de la que no puede huir. “Me pareció que era bueno volver a contar la víctima joven pero también con algunos otros matices. Es un feminicidio puro y duro, pero intermediado por una serpiente, hay algo un poco más simbólico ahí y quizás algo de ritual, tenía la necesidad de ir por otro lado para no caer por ahí en un amarillismo que no era lo que estaba buscando”, sostiene Fabbri.

El común denominador de los personajes de la novela es la soledad. Del tipo que se da en las grandes ciudades, donde muchas veces no se sabe absolutamente nada de la persona que vive en la casa de al lado, ni siquiera si daba los buenos días en el ascensor. En la novela de Fabbri, la vecina de Celeste reflexiona acerca de ese desconocimiento cuando se descubre el drama, una reacción que suele ser común en casos dramáticos donde la culpa aflora aunque no tenga demasiado sentido. “Un vecino justamente es eso, como una incógnita. Y está bien que así sea. Si sabes todo lo que le pasa a todos, arriba, abajo, al costado, te vuelves loco”, mantiene la autora.

Aunque la falta de contacto humano cuando se reside en el campo es diferente, para Fabbri la que se experimenta ahora en cualquier contexto es el reflejo del signo de los tiempos. Aunque el confinamiento de la pandemia ya pasó hace años, para la escritora hay algo “que parece que no se hubiera terminado de desarmar” y las relaciones humanas se han quedado algo oxidadas. “Además, una decisión tan consciente de estar adentro de uno con sus pensamientos es un lugar bastante cómodo también. Creo que todo eso atraviesa la novela”, considera. Aunque la relación entre un hombre y una mujer sea determinante para la trama, cree que hay muchos otros temas que la sobrevuelan y que tienen peso más allá de una relación de pareja más o menos desafortunada.

Precisamente, esa unión surge cuando Celeste y Simón se encuentran de forma casual. Si no hubiesen estado en el mismo lugar a la misma hora, nada habría sucedido. El hecho de que una persona a la que no se conoce de nada acabe por tener un lugar esencial en la propia existencia es tan sorprendente, que la chica reflexiona sobre ello en medio de su primera cita. Un cuestionamiento acerca de lo que va a hacer que, por supuesto, aleja de su mente: si todos los individuos que se acercan sin un contexto común previo reflexionasen demasiado sobre ello, la humanidad se habría extinguido mucho antes del cambio climático. A Fabbri le impresiona bastante este tema y cuando en la literatura aparecen estas escenas piensa: “Pero no, hasta hace una hora no sabían ni qué olor tenía esta persona”. Para ella, esos movimientos son casi como una coreografía que se interpreta porque el humano es un animal. “La intimidad finge cosas que no son reales, como que estás abrazado con el otro, pero esto no es real”, considera.

Éxito e incertidumbre

La trayectoria de Camila Fabbri, que fue la única autora argentina de la lista Granta 2021 de escritores en español menores de 35 años, ha pasado por casi todos los géneros literarios. Escribió obras de teatro, cultivó el relato en Estamos a salvo (Temas de hoy, 2022), la crónica novelada en El día que apagaron la luz (Anagrama, 2025) y la novela en La reina del baile, que fue finalista del Premio Herralde en 2023. Ahora ha publicado un nuevo libro de narrativa de ficción, aunque no descarta volver a otros formatos en un futuro. Por el momento, no está escribiendo nada nuevo porque la promoción no deja demasiado tiempo para pensar y, ni siquiera, digerir lo publicado.

Pese a su éxito ascendente, le ha costado asumir que la escritura es su oficio del todo, aunque no se considera una autora de renombre (a estas alturas, otros ya se habrían adjudicado el título). “Estoy construyendo una obra de alguna manera que va de un lugar hacia otro”, explica y añade que cree que “los escritores o las escritoras también tienen un trabajo en este momento para ayudar a seguir pensando, a no dejar de preguntarse cosas a través de la ficción”. La coyuntura política de su país desde que Milei se convirtió en su presidente en 2023 hace que la situación de los trabajadores de la cultura sea, por decirlo suavemente, inestable. “Se instaló la idea de que los artistas viven de arriba o necesitan que lo subvencionen y entiendo que dicho así, sacado de contexto, tiene lógica, pero está esa sensación de que todo el tiempo te están diciendo que lo que hacés no sirve para nada, que vos decís: ”’Sé que tengo que desoírlo', pero es difícil“, dice.

La peor parte se la ha llevado el cine, que se ha quedado prácticamente sin ayudas, cuando era una industria que funcionaba. “Creo que se subvencionan tres películas por año. Esto ya no es un recorte, es un aniquilamiento”, asevera. Le preocupa mucho la actitud de la juventud argentina, que pide la vuelta a unos valores tradicionales o a la idea que tienen de ellos. “Son un poco los hijos de la pandemia, niños que se criaron un poco encerrados y salieron al mundo con odio. Es muy general lo que estoy diciendo, no creo que sea así en todos lados ni todos, pero a mí me asombra un poco”.

El hecho de que Lula haya ganado las últimas elecciones de Brasil le ha dado cierto grado de optimismo, aunque la situación en su país sea muy cambiante y nunca sepan qué va a suceder. Fabbri afirma que no tiene “así como un discurso” y su aportación puede ser más valiosa desde su escritura. “Si hay que firmar algo, firmo. Pero creo que puedo sumar desde otro lado, desde una militancia a mi altura, a mis posibilidades, con mis herramientas”, concluye.

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