Málaga imagina un encuentro imposible entre Munch y Picasso
Munch y Picasso nunca se conocieron, pero sus obras sí han terminado encontrándose. Lo hacen en Málaga, en una de las exposiciones más ambiciosas de la pinacoteca desde su inauguración en 2003. La muestra «MUNCH-PICASSO» reúne más de un centenar de pinturas, grabados y dibujos que proponen un diálogo inédito entre ambos creadores.
La exposición, que se inauguró ayer bajo el paraguas de la mismísima reina Sonia de Noruega, ha sido organizada junto al Munchmuseet de Oslo y la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso. Detrás hay dos años y medio de trabajo y una idea que Paloma Alarcó, la comisaria de la exposición, se formuló desde el principio. Plantearlo «como si Picasso invitara a Munch a su museo para mantener juntos una conversación imaginaria» en cuanto al «lenguaje universal del arte».
La respuesta a ese planteamiento ha terminado ejecutándose a través de siete ámbitos bien ordenados y repartidos por la muestra. Autorretratos, Frente a la muerte, Nocturnos, Femme fragile-Femme fatale, Amor-dolor, Desnudos y Alegría de vivir. Alarcó explica que «enseguida me percaté de que las obras de uno y del otro se expresaban con un misterioso y enigmático parecido». No se trata de hacerlos iguales. La exposición funciona porque no lo son, aunque si compartieron una misma época marcada por las vanguardias, la innovación, las guerras y –es relevante insistir– los derechos de la mujer. Coincidieron en vida 62 años.
La mujer, entre el deseo y el miedo
Una conversación imaginaria –volviendo a la exposición– que se vuelve especialmente intensa en las salas dedicadas a la mujer. En Munch, la figura femenina oscila entre la fragilidad, el deseo y la amenaza. «Pubertad» coloca a una joven sentada al borde de una cama. «Cenizas» lleva esa tensión a un territorio más oscuro. Y después están las melenas, uno de esos detalles que dejan de ser detalle. Cabellos que caen, rodean y terminan atrapando. Alarcó se detiene ahí porque en varias obras de ambos artistas el cabello actúa como una red que altera la relación entre los cuerpos.
En la imagen de arriba, «Cenizas», de Edvard Munch. La larga melena rojiza de la mujer se prolonga hacia el hombre, encogido y con el rostro entre las manos, hasta convertirse casi en una red que todavía lo mantiene atrapado. El cabello es uno de los símbolos recurrentes en la obra del noruego para representar la atracción, el deseo y el poder que se establece entre los cuerpos, una tensión que aquí permanece incluso cuando el vínculo amoroso parece haberse consumido.
A finales del siglo XIX, mientras cambiaba la presencia de las mujeres en el espacio público, Munch escribió que «en la época de transición, el hombre se convierte en el sexo débil». La frase ayuda a entender un imaginario atravesado por la atracción y el temor. Picasso llega al mismo conflicto desde otras formas. El cuerpo femenino se deforma, se fragmenta y pierde cualquier voluntad de armonía clásica. Las relaciones que mantuvo Picasso con Olga Khokhlova, Marie-Thérèse Walter o Dora Maar forman parte –como no puede ser de otra manera– de ese trasfondo, aunque la exposición no reduce las obras a una traducción sentimental o biográfica. Es decir, también entran en juego la mitología, el surrealismo y la voluntad de llevar la figura hasta sus límites.
Ese conflicto continúa en Amor-dolor, donde las relaciones entre hombres y mujeres pierden cualquier apariencia amable. «Ambos combinan esa dicotomía entre amor, dolor, amor y violencia», explicó Alarcó durante la presentación de la muestra. Ahí se enfrentan obras como «La asesina», de Munch, y «Mujer con estilete», de Picasso. El vínculo sentimental aparece aquí marcado por los celos, el rechazo, la posesión o el miedo. Más que un capítulo separado del anterior (el de Femme fragile-Femme fatale), es –podríamos decir– su consecuencia más áspera.
Dos caminos hacia la modernidad
Pero reducir esta muestra a esos paralelismos sería quedarse en la superficie. La exposición quiere demostrar algo más difícil. Que dos artistas de generaciones, geografías y lenguajes distintos participaron de una misma transformación del arte moderno. «Los dos cuestionaron las estructuras artísticas y sociales de su tiempo y su intención era hacer tambalear las viejas creencias», señaló Alarcó. Y los dos, añadió, «crearon un lenguaje nuevo, un lenguaje visual distintivo y experimental».
Ahí está una de las claves del proyecto. No han buscado demostrar que uno copiara al otro ni construir una influencia que no existió, sino ampliar la lectura de sus obras. «De esta exposición me interesa destacar que el arte trasciende fronteras», insistió la comisaria. Porque la modernidad, defendió, «fue un fenómeno amplio y transnacional». París aparece inevitablemente como el epicentro indiscutible de las vanguardias del siglo XIX y principios del XX, pero deja de ejercer como el único centro desde el que explicar todo lo ocurrido.
Picasso, de hecho, no creció ajeno a lo que sucedía fuera de la capital francesa. Alarcó recordó que la Barcelona de finales del XIX «era una ciudad que miraba al norte», donde se representaba a Ibsen y Strindberg y existía interés por Munch y otros artistas nórdicos. El movimiento terminó produciéndose también en sentido contrario. En el 1912 Munch acudió a la gran exposición de la Sonderbund de Colonia, donde vio al Picasso cubista. Fueron los dos únicos artistas vivos que dispusieron de una sala propia. Munch, explicó Alarcó, tuvo ante aquellas obras «dobles sentimientos de rechazo y de contagio».
Así las cosas, la primera parte de la exposición, según la comisaria, «adopta un carácter un poquito más biográfico». En Autorretratos, ambos convierten su propia imagen en materia de investigación. En Frente a la muerte, «La niña enferma», de Munch, queda frente a «La mujer muerta», de Picasso. Detrás están las pérdidas que conocieron muy pronto los dos artistas. «Los dos fueron conscientes de que arte y vida, biografía y estilo son inseparables», sostuvo la comisaria.
La noche, otro tema de la exposición. «Noche estrellada», de Munch, y «Barcelona de noche», de Picasso, muestran dos formas distintas de convertir la ciudad en experiencia. En uno vemos la introspección. En el otro aparecen los ambientes marginales y la vida nocturna.
Por otra parte, en Desnudos, Picasso y Munch muestran cómo transformaron la representación del cuerpo humano, alejándose de los cánones clásicos para convertir el desnudo femenino en un territorio de experimentación formal. La comisaria se ha centrado «en la experimentación del cuerpo humano, que fue esencial para los dos». Munch «exploró especialmente el cuerpo como materia plástica, como motivo de experimentación», mientras que Picasso se interesó por «los principios que gobiernan la forma».
Y después de la enfermedad, la muerte, la noche, el deseo o la violencia llega Alegría de vivir. El cuerpo masculino abandona los interiores y aparece ligado a la naturaleza y el naturismo. De entre todas las obras presentes en esta última parada, «Joven», de Munch, y «Hombre de pie», de Picasso, que algunos consideran un autorretrato del propio autor, ponen el cierre a la muestra.
La exposición es una reflexión sobre la vida. Lo que vivimos, lo que no expresamos y lo que imaginamos. Lo que interpretan (los otros) y lo que interpretamos de nosotros mismo. ¿Acaso somos tan diferentes de aquellos hombres del siglo XX?


© EUROPAPRESS


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