En esta época posterior a todo y anterior a nada, la politóloga Wendy Brown va a lo fundamental. Habla de la transcendencia de las próximas elecciones, de la espiral nihilista del neoliberalismo, del problemón de la lógica masculinista naturalizada, de las demandas que comparten los votantes de izquierda y derecha, y de los movimientos sociales que buscan salida a un mundo en combustión, víctima de un fuego alimentado por demagogos oportunistas.
“Podría haber sido cualquiera de nosotros”. La frase se repite en bucle estos días entre los vecinos de Trappes tras el atentado racista en Francia, que dejó heridas a cinco personas, entre ellas una niña de 12 años, y se cobró la vida de Pengo Bossio Wangi, un hombre de 26 años. Algunos ya no salen de casa por miedo. Otros se sobresaltan cada vez que un vehículo pasa cerca. Casi todos sienten que llevan una diana en la espalda por el simple hecho de ser de origen africano o magrebí. Mientras lloran la pérdida de Bossio Wangi, un joven deportista muy querido en esta ciudad multicultural de la periferia de París —donde crecieron, entre otros, el actor Omar Sy o el futbolista Nicolas Anelka―, los vecinos se preguntan: ¿cuánto odio tiene que albergar una persona para disparar ocho veces a una niña solo por el color de su piel? La hipervigilancia como secuela del atentado los tiene agotados. Pero sobre todo sienten rabia contra quienes dan altavoz al odio en prime time, un día tras otro: medios de extrema derecha como CNews y canales de información continua de corte sensacionalista como LCI o BFM, cuyos platós se han convertido en escenarios de banalización de las ideas racistas.
Hay que espectacularizar la realidad y todo tiene que ser entretenimiento banal y frívolo, incluso obsceno. Y en campaña electoral epatar es lo que importa: hacerse viral, llegar al votante indiferente y al rezagado. Entiendo que la comunicación manda pero ¿no creen ustedes, señoras y señores de la izquierda posmoguay, ecopija y deconstructora, no creen que se están pasando tres pueblos? Mientras las calles arden pidiendo techo, después de ocho años en los que a pesar de tocar algo de poder, aunque fuera de modo tangencial, no derogaron la reforma laboral de Rajoy ni su ley mordaza, ni hicieron nada que cambiara el problema de la vivienda, habiendo destruido la cohesión del feminismo español suplantándolo por una feria de identidades, mientras los trabajadores (rebautizados por ustedes como los de “abajo” o “de la mierda”, expresión que usa Gabriel Rufián para hablar de sí mismo cuando era pobre y currante) sienten sobre el cuello la bota de un sistema que explota cada minuto de su existencia, mientras todo esto pasa, ¿de verdad creen que lo mejor es hablarles a los españoles de comer coños y comer culos? Que no digo yo que el tema no tenga su relevancia pero, señora Montero, ¿acaso va a promulgar usted una ley para que los hombres aprendan el muy noble arte del cunnilingus?