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Jesús Rodríguez, librero de La Buena Vida, recomienda «Glifo», la última novela de Ali Smith

31 October 2026 at 02:39

Donde hace siglos se encontraba la puerta de Valnadú, en el número 5 de la calle Vergara de Madrid, haciendo esquina con la calle de la Unión, junto al Palacio Real, se ubica la librería La Buena Vida. Este «café del libro» abrió en el año 2007 con una vocación de librería independiente y cultural, prestando especial atención a la edición alternativa y a la literatura contemporánea en castellano. En 2018, CEGAL le concedió el Premio a la Librería Cultural del año. Pasamos a echarle un ojo a sus suculentas estanterías y, por qué no, a tomarnos un capuchino... con sacarina, por favor.

Una vez acomodados, nos atiende amablemente Jesús Rodríguez, librero de La Buena Vida. De entrada, nos recomienda dos títulos recientes de narrativa: «Zapote» (los tres editores) del escritor costaricense Luis Chaves, y «Glifo» (Nórdica) de la escocesa Ali Smith. Si en el primero se eleva a símbolo uno de los elementos centrales del universo del autor: su casa de Zapote; en el segundo, se nos pregunta si acaso estamos prestando atención a la historia que nos ha forjado y a la historia que estamos creando. Y lo hace a través de la historia de dos hermanas en una era confusa.

Asimismo, en el apartado de no ficción, nuestro cicerone librero nos conduce hasta un estante de donde saca un libro de canto fino y blanco, se trata de «Desentendimiento» (Caja Negra), el flamante ensayo de la filósofa eslovena Alenka Zupancic. Propone este libro que la forma predominante con la que hoy respondemos a lo traumático no es la negación lisa y llana, sino algo más inquietante: el desentendimiento. No se trata de ignorar la realidad, sino de reconocerla plenamente para, aun así, actuar como si no importara, «fingiendo demencia». Rodríguez, además, nos prescribe una segunda obra de no ficción, «El placer de la domesticación» (Renacimiento) de Javier Pérez Barricarte. «¿Quién no ha jugado por gusto?», se pregunta este ensayo que nos sumerge de manera amena y fascinante en eventos que cambiaron el mundo para siempre: la creación de los Juegos Olímpicos, el desarrollo de juegos de mesa insólitos y las primeras victorias de la Inteligencia Artificial al ajedrez.

Concluímos nuestra visita a la librería con dos recomendaciones que el librero saca del cajón de sastre. Una obra cuya publicación espera especialmente en lo que resta de 2026 : «Jayber Crow», editado por Chai y escrito por Wendell Berry, que es una novela que retrata con maestría los anhelos y las decepciones de todo un pueblo a lo largo de un siglo entero. Además, nos da otro título, esta vez uno de una obra que versa sobre Madrid: «Te quiero porque me das de comer» (Alrevés), la novela de humor negro que David Llorente enmarca en Carabanchel y que es la historia de Max Luminaria, un cirujano –número uno desde la escuela– muy querido en el barrio, pero cuya vida fuera del quirófano no es como la podemos imaginar...

© Sarah Wood/ editorial Nórdica

Ali Smith

Plantagenet: una familia capaz de conquistar un imperio y destruirlo

31 October 2026 at 02:38

En noviembre de 1120, un barco cargado de jóvenes aristócratas ingleses zarpó de Normandía después de una jornada de celebraciones. Los pasajeros y buena parte de la tripulación habían bebido demasiado. Querían alcanzar la embarcación del rey Enrique I, pero apenas habían abandonado el puerto cuando chocaron contra unas rocas. Entre los muertos estaba Guillermo Aetheling, heredero de la Corona, con lo que su padre se quedó sin sucesor masculino. Aquel accidente desencadenó una crisis política que transformaría Inglaterra durante generaciones.

Dan Jones elige este episodio para comenzar «El imperio del león. Auge y caída de los Plantagenet, los grandes reyes guerreros medievales» (traducción de Claudia Casanova), historia de una dinastía que dominó territorios desde Escocia hasta los Pirineos. El naufragio contiene varios elementos que recorren las cientos de páginas del volumen: la fragilidad de las sucesiones, el peso de las decisiones individuales y la facilidad con que una fortuna política podía desaparecer de un día para otro, de tal modo que Jones explica grandes procesos históricos sin perder de vista las circunstancias humanas de sus protagonistas.

Primero de todo, cabe decir que Jones, nacido en 1981 y formado en Cambridge, donde estudió con el historiador David Starkey, pertenece a una generación de divulgadores británicos que han recuperado la narración histórica para un público amplio. Sus investigaciones han dado lugar a libros como «Los templarios», «Los cruzados» y «Poder y tronos», además de documentales y novelas históricas. Así, su experiencia como investigador y narrador resulta pertinente en una obra poblada de personajes cuyas vidas parecen ofrecer argumentos para la ficción.

La historia de los Plantagenet lleva al lector a observar la Edad Media desde una perspectiva menos rígida que la simple división entre países, puesto que los soberanos ingleses poseían territorios franceses, se casaban con princesas castellanas o navarras, combatían en Tierra Santa y mantenían relaciones cambiantes con otras monarquías. La política se organizaba alrededor de vínculos personales, obligaciones feudales y derechos hereditarios. Una boda tenía consecuencias militares; la muerte de un niño podía desencadenar una guerra, o una disputa entre hermanos decidía quién gobernaría regiones enteras.

La dinastía surgió precisamente de un conflicto sucesorio. Tras la muerte de Enrique I, su hija Matilde, designada heredera, vio cómo su primo Esteban de Blois se adelantaba para ocupar el trono. La guerra civil que siguió, conocida como la Anarquía, dividió Inglaterra durante casi dos décadas. Matilde no consiguió convertirse en reina, pero aseguró los derechos de su hijo Enrique, nacido de su matrimonio con Godofredo de Anjou, asociado al nombre Plantagenet por la retama o «planta genista» que utilizaba como emblema. Jones concede una notable importancia a estas mujeres, cuya influencia política no siempre se correspondía con el lugar que le permitían ocupar. Enrique II llegó al trono en 1154 y protagonizó una gran expansión territorial. Su matrimonio con Leonor de Aquitania, antigua reina de Francia y propietaria de vastos dominios, había reunido bajo una misma autoridad territorios extraordinarios. Leonor, que participó activamente en la política y terminó enfrentada a su marido, ocupa un lugar fundamental en la historia familiar, ya que su matrimonio demuestra cómo las alianzas conyugales constituían operaciones políticas cuyos resultados nadie podía controlar.

Asesinar a un arzobispo

El imperio de Enrique II tampoco era una unidad semejante a los Estados modernos. Cada territorio conservaba sus leyes y señores, mientras el rey recorría enormes distancias para mantener las lealtades; por ejemplo, su capacidad administrativa permitió fortalecer la justicia real y sentar las bases del «common law», el derecho común inglés. Jones relaciona de este modo las decisiones de los monarcas con la evolución de las instituciones: en otras palabras, las medidas tomadas para resolver problemas inmediatos podían sobrevivir durante siglos.

Asimismo, la relación con la Iglesia también estuvo marcada por conflictos de autoridad. Enrique II había convertido a su amigo Thomas Becket en arzobispo de Canterbury, pero ambos terminaron enfrentados por los límites de la jurisdicción eclesiástica. En 1170, cuatro caballeros asesinaron a Becket en la catedral. El crimen causó tal conmoción que el rey acabó realizando una penitencia pública ante su tumba, donde permitió que los monjes lo azotaran. Y es que la legitimidad del soberano dependía tanto de sus victorias como de su relación con la Iglesia.

Las mayores dificultades de Enrique II, sin embargo, procedieron de su descendencia. Sus hijos se rebelaron contra él, Leonor participó en las conspiraciones y los reyes franceses aprovecharon las divisiones. El monarca quería distribuir sus posesiones entre sus herederos sin renunciar al control efectivo de ninguna. Jones encuentra aquí una contradicción recurrente: la familia que había reunido un inmenso patrimonio territorial era incapaz de ponerse de acuerdo sobre su transmisión.

Ricardo Corazón de León heredó el trono en 1189 y pasó a la posteridad como uno de los grandes guerreros medievales. Su participación en la Tercera Cruzada y sus campañas contra Saladino alimentaron una reputación que ha sobrevivido en la literatura. Pero su reinado estuvo condicionado por los gastos militares, las ausencias y las amenazas sobre sus territorios europeos. Capturado cuando regresaba de Oriente, su liberación exigió un rescate extraordinario. Murió en 1199, después de que se infectara una herida de ballesta.

Su hermano Juan Sin Tierra heredó aquellos problemas y agravó otros. Perdió Normandía y extensas posesiones continentales frente al rey de Francia, incrementó los impuestos y provocó una rebelión aristocrática que lo obligó a aceptar la Carta Magna en 1215. Jones sitúa este documento en las circunstancias de su aparición: los barones pretendían frenar los abusos de un monarca al que habían dejado de confiar sus derechos y propiedades. El acuerdo fracasó inicialmente como instrumento de paz, pero sus versiones posteriores adquirieron trascendencia al establecer límites legales al poder real. La evolución política inglesa ocupa un lugar esencial en el libro. Durante el reinado de Enrique III, las tensiones entre el soberano y la nobleza favorecieron nuevas reformas. Las Provisiones de Oxford y las asambleas impulsadas por Simón de Montfort contribuyeron al desarrollo del Parlamento. Mientras defendían sus privilegios, los grandes señores creaban mecanismos destinados a controlar las decisiones de la Corona.

Por otro lado, Jones presta atención a las relaciones de Inglaterra con los reinos ibéricos. Leonor de Inglaterra, hija de Enrique II y Leonor de Aquitania, se casó con Alfonso VIII de Castilla; Berenguela de Navarra fue esposa de Ricardo Corazón de León, y Eduardo I contrajo matrimonio con Leonor de Castilla en el monasterio de las Huelgas de Burgos, en 1254. Años después, Juan de Gante se casaría con Constanza de Castilla, hija de Pedro I. Estas uniones formaban parte de una red de intereses políticos y territoriales que vinculaba a las monarquías europeas. Pese a todo, los vínculos no impidieron los enfrentamientos. Durante la guerra civil castellana, el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, intervino en apoyo de Pedro I y obtuvo una victoria en Nájera, en 1367, pero tuvo consecuencias económicas desastrosas para el príncipe.

Con Eduardo III, Inglaterra se embarcó además en la guerra de los Cien Años. Las victorias de Crécy y Poitiers consolidaron el prestigio militar de los Plantagenet, mientras los arqueros ingleses adquirían un protagonismo decisivo. Pero las guerras coincidieron con la peste negra y profundas transformaciones sociales. Financiar las campañas aumentó la presión fiscal y agravó las tensiones entre la monarquía y sus súbditos. Finalmente, el recorrido concluye con Ricardo II, depuesto en 1399 por su primo Enrique Bolingbroke, futuro Enrique IV. Su caída confirmó que la Corona podía conquistarse mediante la fuerza y abrió un precedente para las guerras de las Dos Rosas. Después de casi tres siglos, la historia regresaba a una cuestión inicial: quién tenía derecho a gobernar y qué ocurría cuando ese derecho era cuestionado.

En suma, Jones reconstruye una Edad Media en la que las relaciones personales tenían consecuencias públicas enormes. Los Plantagenet levantaron un imperio, perdieron buena parte de él y contribuyeron a crear instituciones que sobrevivieron a sus disputas. Revisar hoy sus vidas implica comprender cómo se ejercía el poder y cómo una monarquía feudal fue desarrollando formas de gobierno más complejas. Una historia de la transformación política de Inglaterra y de sus relaciones con Europa.

© La Razón

Laurece Oliver encarnando a Ricardo III

La revolución «Nocilla dream», veinte años después: ¿queda algo para untar?

31 October 2026 at 02:30

En 2006, hace veinte años, se publicaba una sorprendente novela, un artefacto literario cuyo título daría nombre a un impactante proyecto narrativo que ahora, con el tiempo transcurrido, conviene revisar, hacer balance de su trayectoria y relevancia. Esa novela, «Nocilla Dream», era la primera de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), entonces un poco conocido escritor con algunos poemarios en su haber. Quien se convertiría en un destacado poeta, ensayista y narrador inauguraba con esta obra la trilogía «Nocilla Project», formada también por los volúmenes «Nocilla Experience» (2008) y «Nocilla Lab» (2009). Este experimento tuvo una potente repercusión entre crítica y público y, entre admiradores y detractores, logró un inexcusable efecto: se puso de moda. No por ello incurrió en la banalidad promocional o el esnobismo estético, sino que se fue afianzando como una propuesta innovadora y rupturista. No era quizá enteramente original, porque su estructura de fragmentación quebrada del argumento, su disposición narrativa en patchwork, y la intencionada divagación errática del relato, además de sus saltos temporales se encontraban ya en «Rayuela», de Julio Cortázar; «Pedro Páramo», de Juan Rulfo; o «La vida instrucciones de uso», de Georges Perec. Lo insólito de esa novela radicaba en la irónica inclusión de términos científicos, en su condición de itinerante «road movie» en una geografía de desolada aridez, y en el extravagante protagonismo de unos atrabiliarios personajes. Sólo por estos referentes ya resulta perfectamente válida y oportuna ahora su reedición definitiva, con prólogo de Laura Fernández.

La trama, de deliberada dispersión argumental, se desarrolla en 113 fragmentos, capítulos breves, retazos de una historia que confluyen en la mítica autopista estadounidense US50, y en un simbólico árbol en el desierto de Nevada del que penden los zapatos que van dejando los viajeros. Pero más allá de estas referencias, se multiplican desarraigados personajes y estrambóticas situaciones: ancianos chinos obsesionados con el surf, un argentino construyendo un extraño monumento a Jorge Luis Borges, el empleado en una gasolinera del desierto de Albacete componiendo descabelladas canciones, el Che Guevara víctima del atropello de una motocicleta, un ex boxeador de San Francisco obcecado con la figura de Colón, un individuo viviendo en la terminal internacional de un aeropuerto, prostitutas soñando con algún cliente que las saque del burdel, o científicos creando la bomba atómica, entre otros trances y escenarios. El cine es un componente aquí de extrema importancia y viene a la memoria en muchos momentos la ambientación de París, Texas, de Win Wenders, con sus inhóspitos espacios desérticos y la descarnada soledad que traspasa toda la historia. Un cierto terror existencial aparece también al recrearse aquí «Los pájaros», de Hitchcock, como símbolo de la amenaza que genera todo lo desconocido.

Recorren estas páginas teorías entre excéntricas y pintorescas, como la expuesta en este fragmento: «Existe un Principio de Reversibilidad universal por el cual sabemos que todo cuanto no podemos ver o detectar con alguno de nuestros sentidos, en justa correspondencia, tampoco podrá ni ver ni detectarnos a nosotros. Así los microbios, así el futuro, así las estrellas ubicadas más allá de nuestro horizonte de sucesos, así el interior de alguien que pasa y saluda, así el 100 % de la gente que ha muerto. Cuando vemos una película no la vemos porque sus personajes no pueden vernos. Pero para entenderlo hay que imaginar que es como si la norma fuera que los hijos no se pareciesen físicamente a ninguno de los padres, para no verse en ellos. No es fácil. Pero hay que entenderlo». Esta novela es también una miscelánea de géneros narrativos; encontramos componentes de ciencia ficción, mesurado terror, intrigante suspense, farsa paródica, relato humorístico, sarcástica erudición, y apocalípticas perspectivas. En suma, un agitado cóctel de arte, ciencia, filosofía, ética y política, mezclado todo ello con la intención de asombrar al lector, acaso desestabilizarlo forzando los límites de la consecuencialidad realista y la verosimilitud cotidiana.

Precisamente por ello se requiere un lector que «olvide» a Galdós, Balzac, Dickens o Delibes y, sin prejuicios objetivistas, se adentre en una aventura de intertextual estructura, fluctuante temporalidad, fragmentario desarrollo y volátil argumento.

Nueva estética

El éxito de esta iniciativa novelesca daría lugar a todo un grupo literario, la Generación Nocilla donde, con mayor o menor proximidad, se integraban, entre otros, escritores como Eloy Fernández Porta, Vicente Luis Mora, Mario Cuenca Sandoval, Lolita Bosch, Javier Calvo, Gabi Martínez, y Jorge Carrión. Una nueva estética cobraba forma narrativa sobre el antecedente lírico de lo que Agustín Fernández Mallo rotulaba como Poesía postpoética, que se entendía, según propia declaración textual como «una red de redes en continua experimentación y expansión, y al poeta, como un laboratorio».

Se atisbaba ya el arrollador protagonismo de la informática, la mercantilización del arte, la banalización de la cultura, y el imperio de los medios de comunicación. Se entiende aquí la literatura como un ámbito abierto a muy diversas modalidades expresivas, desde el arte pop a la experimentación cibernética, pasando por el cine indie, la prosa poética, el ensayo científico y la publicidad creativa. Todo ello no es ajeno a un emotivo lirismo cosmogónico, con palabras como estas: «La ciudad en la noche vista desde el cielo. Piensa. Una casa, una luz que se apaga. Al instante un número indeterminado de luces a su alrededor también se apagan, y en cascada el círculo oscuro va ampliando su radio hasta que toda la ciudad deja de verse. (...) Cada continente es un punto de luz que ahora se apaga. Por efecto dominó se apagan todos los continentes adyacentes hasta quedar en tiniebla toda esa cara de la Tierra. Piensa. Sólo eso, piensa. En la otra cara aún es de día. Pero piénsalo bien». La formación profesional como físico del autor incluye fórmulas de esa materia en este rompecabezas narrativo, en el que se pueden rastrear las huellas de grandes visionarios de mixtificadora narratividad como Don Delillo, Kurt Vonnegut o J. G. Ballard. Pero si hay una cercana referencia inexcusable esa es la Generación beat, con su imaginario de personajes marginales y desarraigados, rebeldes sin causa en un mundo irreconocible.

En el camino, de Jack Kerouac, fija los patrones de la novela itinerante, plagada de estrafalarias situaciones y disparatados protagonistas. Cabe recordar aquí una novela de culto en el ámbito contracultural de esa generación literaria, «La pesca de la trucha en América» (1967), de Robert Brautigan, un viaje metafórico, fragmentario y estrafalario por los profundos USA. En algún momento de «Nocilla Dream» se alude a la Región de Juan Benet, en una clara referencia de intencionadas similitudes: «Suenan acordes en el desierto de Albacete, siempre suenan. Se extienden en ondas por un paisaje sin rozamiento. Como aquellos acordes monótonos y primitivos que, según Benet, avanzaban por Región y trabajaban golpeando los cristales de las ventanas». Esta alusión no es meramente descriptiva sino que se perfila como una clara adhesión a la narrativa del genial novelista. Coinciden ambos, Benet y Fernández Mallo, en la recreación de una desolada geografía de dimensión ética y estética.

El misterioso álamo sobre el que gravita la novela conlleva un inhóspito paisaje íntimo: «En el momento en que sopla el viento del sur, aquel que llega de Arizona y remonta los diferentes desiertos semihabitados y la docena y media de poblados que con los años se han visto sujetos a un éxodo imparable hasta decaer en poco más que en pueblos-esqueleto, en ese momento, justo en ese momento, los cientos de pares de zapatos que cuelgan del álamo se someten a un movimiento pendular, pero no todos con la misma frecuencia, dado que los cordones por los que están sujetos a las ramas son de una longitud muy diferente en cada uno de ellos». Un estilo este tendente a la parataxis, con irónicas digresiones e intencionadas paradojas, que conforma una narrativa transgresora y rupturista.

Cuando apareció «Nocilla Dream» la crítica literaria osciló entre el esceptismo ante un raro artefacto de esnobistas pretensiones intelectuales, y el admirado entusiasmo ante lo que se consideraba como una necesaria renovación narrativa. Debe tenerse en cuenta que estaba palpitante entonces la vieja cuestión de la decadencia (o no) de la novela. En este sentido, la edición definitiva de «Nocilla Dreams», veinte años después, con su particular estilo, estructura y argumento, posibilita una lectura actual plenamente vigente en su potente intención transgresora.

Lo mejor: El ímpetu renovador y rupturista de una narrativa que pretende vulnerar la convencional expresión realista

Lo peor: Nada a señalar, salvo que se precisa un lector abierto a una innovadora expresividad

© Archivo

El paisaje árido de «París, Texas», filme de Win Wenders, recuerda al narrado por Fernández Mallo

© Miquel González/Shooting

Agustín Fernández Mallo fotografiado la pasada semana en Barcelona
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