Francisco Umbral, una pluma demoledora y venenosa
Una vez le preguntaron al premio Cervantes 1976, Jorge Guillén, si leía algo de la literatura española de su tiempo, él que tantos años había permanecido exiliado, o si le había llamado la atención algún escritor castellano en especial. De forma jovial, entonces, el poeta de Valladolid mencionó a un joven Francisco Umbral, que aunque nacido en Madrid había pasado su infancia y adolescencia en tierras vallisoletanas. En pocas ocasiones, vale la pena destacarlo, el contexto geográfico personal resulta tan ilustrativo de la creación literaria de un artista. Umbral supo literaturizar con destreza la biografía propia y colectiva, fundiendo el género memorialista con lo novelesco, rasgos que empaparon asimismo el resto de su obra periodística y ensayística. Esta fue inmensamente popular en los medios de comunicación del siglo XX, más allá de que en sus novelas fue donde reflejó las experiencias y los hábitos de la sociedad española, desde la posguerra, con un sentido del humor desgarrador y amargo.
Sus inicios literarios estuvieron cerca de un realismo crítico con obras como «Balada de gamberros» (1965) y «Travesía de Madrid» (1966), recreaciones de su infancia y adolescencia provinciana y de sus años juveniles en la capital. Fue el comienzo de una larga serie de libros dedicados a reconstruir la vida cotidiana: «Memorias de un niño de derechas» (1972), «Los males sagrados» (1973), «Las ninfas» (Premio Nadal 1975), «Las respetuosas» (1976), «La noche que llegué al café Gijón» (1977) o «Los helechos arborescentes» (1980), entre otros. Umbral tejió en ellos una España multiforme y compleja, a ras de calle, narrada desde la libertad léxica de quien se sabía cronista de todo un ambiente.
La guerra civil y sus consecuencias recorren buena parte de su narrativa, incluso en obras tardías como «Madrid 1940» (1993) y «Capital del dolor» (1996), donde un adolescente descubre la desolación y la muerte. También retrocedió a las primeras décadas del siglo XX con «Las señoritas de Avignon» (1995). Como escenario recurrente aparece Madrid y toda su fauna, especialmente en su «Trilogía de Madrid» (1984), compuesta por «Los tranvías», «Los alucinados» y «Los cuerpos gloriosos», resultado, según Javier Villán, de una tradición que pasa por Quevedo, Larra, Galdós, Gómez de la Serna y, sobre todo, Valle-Inclán.
Cultivando la escritura íntima
Del esperpento valleinclanesco procede esa deformación de la realidad que permite contemplarla simultáneamente desde múltiples perspectivas, alrededor de un mismo protagonista: la memoria de un Madrid decadente y crepuscular. Junto a esta vertiente narrativa, Umbral cultivó una escritura íntima, lírica y emotiva, menos preocupada por la trama que por la expresión de una experiencia personal. Su culminación fue «Mortal y rosa» (1975), nacida de la muerte de su hijo, «una de las piezas magistrales de la prosa narrativa contemporánea», según Santos Sanz Villanueva, y «el poema en prosa de mi vida», en palabras del autor. Durante los años noventa encontramos a un Umbral cada vez más escéptico, próximo a la política y a la actualidad, que continúa publicando novelas como «La forja de un ladrón» (Premio Fernando Lara 1997), «El socialista sentimental», crónica de los catorce años de Gobierno felipista, o «Historias de amor y Viagra», donde vuelve a confundir géneros literarios con la libertad heredada de Valle-Inclán.
"La escritura perpetua supone una renuncia a la vida. Se vive para escribir lo vivido. Uno ya no sabe si vive o acumula material para escribir"
Umbral
Esa trayectoria tuvo su prolongación más constante en el periodismo, donde Umbral desarrolló una escritura que resulta inseparable de su producción narrativa. La columna le permitía trabajar con idénticos materiales, aunque sometidos a la urgencia de la actualidad y a una extensión limitada. Su dedicación al oficio, sostenida durante más de cincuenta años, constituye el centro de «Escribir lo vivido. Artículos periodísticos (1955-2007)», la antología que Biblioteca Castro publica con edición y notas de Miguel González Somovilla. El volumen reúne 350 textos, de los cuales 303 no habían aparecido anteriormente en libro, una selección considerable dentro de una producción que el propio escritor calculaba en cincuenta mil artículos. La cifra revela una disciplina que terminó convirtiéndose en una manera de entender la existencia.
«La escritura perpetua supone una renuncia a la vida. Se vive para escribir lo vivido. Uno ya no sabe si vive o acumula material para escribir», reconocía Umbral, consciente de que el oficio modificaba su relación con la experiencia. Las conversaciones, los acontecimientos políticos, los ambientes literarios y las circunstancias personales podían transformarse en materia de una columna mediante un lenguaje de asociaciones inesperadas, imágenes audaces y una ironía que no excluía la ternura. Su escritura dependía tanto de los asuntos elegidos como de la perspectiva desde la cual los abordaba, pues incluso los episodios más circunstanciales podían adquirir una dimensión literaria.
Disciplina para entender
La antología permite seguir sus primeros pasos en Valladolid y León, su llegada a Madrid y su consolidación en la prensa nacional. Las colaboraciones proceden de una treintena de medios y abarcan desde las crónicas provinciales hasta sus célebres columnas en «El País» y «El Mundo». La organización combina criterios cronológicos y temáticos, con apartados dedicados a las ciudades, los personajes públicos, los ambientes sociales y las pasiones que Umbral resumía en una enumeración reveladora: «la literatura, el sexo y la política, por este orden». Esa jerarquía explica su particular concepción del periodismo, pues la literatura presidía incluso sus intervenciones más polémicas y sus juicios sobre la actualidad.
"La literatura, el sexo y la política, por este orden"
Umbral
La edición incorpora asimismo una investigación documental de considerable interés. González Somovilla recupera informes policiales y de censura elaborados entre 1970 y 1976, conservados en el Archivo General de la Administración, que muestran la vigilancia ejercida sobre el escritor durante los últimos años del franquismo. Uno de aquellos documentos lo describía como «un izquierdista desafecto al Régimen, de pluma demoledora y venenosa», expresión que permite apreciar la incomodidad que provocaban sus artículos. Umbral contribuyó precisamente a popularizar el término «tardofranquismo», incorporado después al vocabulario político e histórico español. El volumen reproduce también dos textos radiofónicos de 1960 que fueron censurados, además de fotografías familiares, dibujos y documentos profesionales. Ochenta imágenes y numerosas notas complementarias ayudan a reconstruir las circunstancias de unas colaboraciones ligadas a acontecimientos y personajes que pertenecen ya a la historia.
Cómo hacer un artículo
Umbral tenía una idea precisa de las exigencias del articulismo: «Para hacer un buen artículo hay que quemar un ensayo, un soneto y una noticia». En esa combinación de pensamiento, intensidad poética e información se encuentra una de las claves de su estilo. Su defensa de la columna adquirió incluso un carácter de resistencia ante las transformaciones tecnológicas del periodismo. En octubre de 2000 escribió: «Ahora que arrecian las tecnologías mediáticas de todo ese periodismo virtual que da calambre, unos cuantos nos refugiamos en el extremo opuesto, agaritados en el chiscón de la columna, diciendo más verdades, aunque más despacio. Somos los últimos legitimistas de un manierismo periodístico, junto con Baudelaire, Larra, Pasolini, Calvino, Camus y en este plan». La enumeración sitúa deliberadamente su trabajo dentro de una tradición literaria internacional, mientras el desenfado final introduce esa ironía con la que acostumbraba a rebajar sus propias solemnidades.
El personaje público, con sus maneras de dandi, sus polémicas y sus juicios provocadores, terminó ocupando un lugar destacado en la memoria colectiva, aunque su permanencia literaria depende de una obra mucho más compleja que aquella celebridad. Umbral alternó la sátira con la elegía, el retrato social con la confesión íntima y la crítica política con una permanente experimentación verbal. La selección permite apreciar esa diversidad y recuperar numerosos artículos dispersos, mientras los testimonios que cierran el volumen, firmados por Miguel Delibes, Manuel Leguineche, Maruja Torres, Carmen Rigalt, Raúl del Pozo y otros amigos y colegas, completan el retrato de una personalidad que suscitó admiraciones y discrepancias igualmente intensas.
«Escribir lo vivido» ofrece así una perspectiva singular de la historia española entre 1955 y 2007, observada por alguien que participó activamente en su vida cultural y convirtió sus transformaciones en materia literaria. La amplitud de la antología permite comprender mejor la relación entre el novelista, el memorialista y el articulista, tres facetas de una misma dedicación a la escritura. Aquel propósito de «ordenar el mundo en un folio, cada mañana» terminó produciendo una obra desmesurada, nacida bajo la presión del calendario y destinada originalmente a lectores interesados en el presente. Reunidas ahora en libro, aquellas columnas permiten reconocer una literatura capaz de sobrevivir a las circunstancias que la hicieron posible.
Ante la censura y Paco Rabal
«Seudónimo artístico de Francisco Pérez Martínez, natural de Madrid, nacido el 11 de mayo de 1932, hijo de Francisco y de Pilar; persona de ideas de izquierdas y en todos sus escritos hace una crítica parcial y sistemática del Gobierno y del Régimen». Así rezaba la ficha básica de Francisco Umbral, fechada en Madrid el 27 de diciembre de 1971, dentro de un dosier redactado desde el aparato censor del franquismo. Esto sucedía en años especialmente intensos, pues al publicar su libro «El Giocondo» (Planeta, 1970), novela sobre la noche madrileña, se desencadenó un turbio asunto y un problema. El autor del informe escribió que esta obra «reflejaba tan a las claras la vida del actor Paco Rabal, que éste, al reconocerse (aunque no citaba su nombre), mandó a unos guardaespaldas que, a la salida de unos locales de inverecundia de F. U., acometieron a este con barras de hierro, rompiéndole ocho costillas... Umbral permaneció tres meses en una clínica». No está demasiada clara la veracidad de este hecho o si es un mero rumor, pero Anna Caballé sí alude a él en su biografía titulada «Francisco Umbral. El frío de una vida» (2004). Ahí asegura que la novela molestó tanto al escritor Fernando Quiñones como a Paco Rabal, que estuvo «un mes con ganas de resarcirse de lo que consideró una bellaquería».


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