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¿Por qué pasar miedo es hoy moderno?: estos son los motivos

El terror siempre fue el patito feo de la historia del cine. Pese a ser uno de los géneros más populares y amados por el público, desde la perspectiva crítica y cinéfila tradicional pocas veces ha gozado de respeto y estima salvo ejemplos puntuales o bien aquellos consagrados ya por el paso del tiempo. Cuando hoy las películas góticas de la Universal, la RKO o la Hammer son consideradas, en general, clásicos del cine, en su día fueron habitualmente víctimas del desprecio o la mirada por encima del hombro de críticos y publicaciones tanto generalistas como especializadas. Un buen ejemplo de ello es el escaso número de títulos de terror, en cualquiera de sus muchas variantes, que han accedido a los Oscar y otros premios de prestigio, más allá de las típicas nominaciones técnicas. Pero eso, hoy, ha cambiado radicalmente.

En la actualidad no es raro, sino más bien lo contrario, encontrarnos con filmes abiertamente inscritos en el género que acceden no solo a festivales especializados, como el reciente y decano Sitges, sino a otros de clase A, como Berlín, Venecia, Cannes o San Sebastián. Más aún: los mismos Oscar menudean estos últimos años en ejemplos bien característicos como «Déjame salir» (2017), «La sustancia» (2024) o «Los pecadores» (2025), nominados e incluso premiados en categorías tan importantes como mejor actriz, mejor director o mejor guion. Algo prácticamente sin precedentes.

La piedra filosofal

En plena crisis del medio cinematográfico, acosado por el nuevo paradigma de las multipantallas y el mundo digital, el terror parece haberse convertido en el siglo XXI en una especie de piedra filosofal que todavía arrastra a las salas tanto a jóvenes como a veteranos, conquistando en el fin de los tiempos el espacio de prestigio y el reconocimiento durante tantas décadas perseguidos. ¿Cuál es la clave de este éxito, que corre parejo con la celebración universal de Halloween? Aunque cada vez más en desuso, por las connotaciones negativas que a menudo conlleva, el término «elevated horror», es decir: «terror elevado», define en buena medida la naturaleza de este fenómeno.

Títulos como «La bruja» (2015) y el resto de la filmografía de Robert Eggers, «Hereditary» (2018) o «Midsommar» (2019) de Ari Aster, directores y productores como Jordan Peel, Oz Perkins, Julia Ducorneau, Zach Cregger, Coralie Fargeat y otros más jóvenes aún, hasta llegar a la generación actual de Kane Parsons y su «Backrooms», se han empeñado en dar al cine de terror una pátina de profundidad, tanto formal como temática e ideológica, que resulte evidente para el espectador, haciendo que se sienta no ante una «simple» película de miedo, sino ante discursos relacionados con temas relevantes y a la moda como el feminismo, el duelo, la violencia intrafamiliar, las relaciones tóxicas, el racismo, la inclusividad e incluso complejos conceptos filosóficos como lo liminal, acompañados por un tratamiento visual meta-referencial que mira hacia las obras maestras del género de Kubrick, Polanski, Hitchcock o Zulawski, cayendo a menudo en el mero homenaje cuando no en la imitación o el plagio.

El problema de «elevar» tanto el terror es que el verdadero amante de este siente que le están mirando un poco o un mucho por encima del hombro. Tomándole por tonto, como si aquellos elementos siempre implícitos en el género tuvieran que ser ahora explícitos para que «los cojas», dando a entender que este nuevo cine de terror no es «simplemente» tal, sino algo mucho más profundo, menospreciando su naturaleza. Por otro lado, es innegable que esta estrategia «elevada» ha conquistado a un nuevo público que antaño no se hubiera acercado al horror ni con un palo, pero ahora lo mira con nuevos y buenos ojos, como fenómeno trending en el que hay que estar al día.

Esencia tradicional

Afortunadamente, no todo se eleva. Aunque raramente llegan a estrenarse o duran demasiado poco en las escasas salas de cine supervivientes, sigue habiendo una producción de terror que, tan irregular como se quiera, mantiene su esencia tradicional, buscando el entretenimiento macabro, el susto, el escalofrío y la diversión. El verdadero espíritu de Halloween. Desde las franquicias del incombustible James Wan, con sus interminables e irregulares iteraciones del Universo Warren, iniciado en 2013, o la anterior franquicia de «Insidious» (2010), pero también con joyas como «Maligno» (2021) hasta el infame y muy disfrutable «Poohverse», también conocido como Universo de la Infancia Retorcida («Twisted Childhood Universe»), concebido por el británico Rhys Frake-Waterfield, del que nos acaba de llegar su más reciente entrega: «Pinocho está desquiciado» (2026), pasando por la agradable sorpresa que supuso «La momia de Lee Cronin» (2026), un amplio abanico del terror que se niega a elevarse sin sentido, para permanecer apegado a sus valores clásicos, se extiende, sobre todo, por el territorio salvaje de las plataformas digitales, necesitadas de carne y sangre las 24 horas del día. Sabiendo escarbar se encuentran joyas como «Dark Harvest» (2023), de David Slade, y la comedia de terror «Cosecha sangrienta» (2025), de Eli Craig, perfectas para estas fechas, o directores fieles a sí mismos como el denostado Eli Roth, cuyas recientes «Black Friday» (2023) y «Dulce sabor a muerte» (2026), indiferentes a las críticas negativas de esa extraña especie de nuevos aficionados al género, al tiempo puritanos y pretenciosos, ofrecen sangre y diversión garantizadas.

Aunque existen otras tendencias destacadas en este boom del nuevo cine de terror, sobre todo aquellas que miran nostálgicas al pasado, especialmente a los 70, 80 y 90, especialidad del irregular Ti West, reconociendo implícitamente no solo su deuda con ellos sino la superioridad de su producción, entonces despreciada y hoy objeto de culto (Carpenter, Romero, Craven, Cronenberg ...), quizá la variante más interesante que ofrece es aquella en la que, de forma ingeniosa y hábil, se funden y confunden lo «elevado» y lo «bajuno».

La mejor película de Oz Perkins hasta ahora ha sido, sin duda, «The Monkey» (2025), producida por James Wan, muy superior a la tan cacareada «Longlegs» (2024) o a la insufrible «Keeper» (2025). El gran acierto de éxitos como por ejemplo «La sustancia» o «Los pecadores» consistió en disfrazar con ropajes elevados lo que no son en verdad sino un gran guiñol misógino y cruel que estalla en puro splatter y gore (haciendo creer al público que es Cronenberg cuando en realidad es Henenlotter) y una comedia negra («no pun intended») de vampiros y acción salvaje con raíces en Carpenter, Walter Hill y Joel Schumacher, vendida como manifiesto racial.

O el «Weapons» (2025) de Zach Cregger, que arrancando como un Stephen King contado por los Coen culmina en pura diversión sangrienta. El truco final, que sin duda puede satisfacer a los aficionados al género y «engañar» también a los tímidos recién llegados, quizá consista en eso: elevarnos pero no demasiado, sin olvidar nunca que el mejor (y el peor) cine de terror no necesita excusas intelectuales, sociales o políticas, porque sabemos que es el mejor cine para expresar la naturaleza humana, sus deseos y pesadillas, sin pedir perdón ni impartir lecciones morales. ¡This is Halloween!

© Imdb

Una escena de "Halloween: the game", cinta dirigida por Jordan Mathewson; una saga de la que, obvio, deberían ver alguna película esta noche si no las conocen aún
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