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La revolución «Nocilla dream», veinte años después: ¿queda algo para untar?

En 2006, hace veinte años, se publicaba una sorprendente novela, un artefacto literario cuyo título daría nombre a un impactante proyecto narrativo que ahora, con el tiempo transcurrido, conviene revisar, hacer balance de su trayectoria y relevancia. Esa novela, «Nocilla Dream», era la primera de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), entonces un poco conocido escritor con algunos poemarios en su haber. Quien se convertiría en un destacado poeta, ensayista y narrador inauguraba con esta obra la trilogía «Nocilla Project», formada también por los volúmenes «Nocilla Experience» (2008) y «Nocilla Lab» (2009). Este experimento tuvo una potente repercusión entre crítica y público y, entre admiradores y detractores, logró un inexcusable efecto: se puso de moda. No por ello incurrió en la banalidad promocional o el esnobismo estético, sino que se fue afianzando como una propuesta innovadora y rupturista. No era quizá enteramente original, porque su estructura de fragmentación quebrada del argumento, su disposición narrativa en patchwork, y la intencionada divagación errática del relato, además de sus saltos temporales se encontraban ya en «Rayuela», de Julio Cortázar; «Pedro Páramo», de Juan Rulfo; o «La vida instrucciones de uso», de Georges Perec. Lo insólito de esa novela radicaba en la irónica inclusión de términos científicos, en su condición de itinerante «road movie» en una geografía de desolada aridez, y en el extravagante protagonismo de unos atrabiliarios personajes. Sólo por estos referentes ya resulta perfectamente válida y oportuna ahora su reedición definitiva, con prólogo de Laura Fernández.

La trama, de deliberada dispersión argumental, se desarrolla en 113 fragmentos, capítulos breves, retazos de una historia que confluyen en la mítica autopista estadounidense US50, y en un simbólico árbol en el desierto de Nevada del que penden los zapatos que van dejando los viajeros. Pero más allá de estas referencias, se multiplican desarraigados personajes y estrambóticas situaciones: ancianos chinos obsesionados con el surf, un argentino construyendo un extraño monumento a Jorge Luis Borges, el empleado en una gasolinera del desierto de Albacete componiendo descabelladas canciones, el Che Guevara víctima del atropello de una motocicleta, un ex boxeador de San Francisco obcecado con la figura de Colón, un individuo viviendo en la terminal internacional de un aeropuerto, prostitutas soñando con algún cliente que las saque del burdel, o científicos creando la bomba atómica, entre otros trances y escenarios. El cine es un componente aquí de extrema importancia y viene a la memoria en muchos momentos la ambientación de París, Texas, de Win Wenders, con sus inhóspitos espacios desérticos y la descarnada soledad que traspasa toda la historia. Un cierto terror existencial aparece también al recrearse aquí «Los pájaros», de Hitchcock, como símbolo de la amenaza que genera todo lo desconocido.

Recorren estas páginas teorías entre excéntricas y pintorescas, como la expuesta en este fragmento: «Existe un Principio de Reversibilidad universal por el cual sabemos que todo cuanto no podemos ver o detectar con alguno de nuestros sentidos, en justa correspondencia, tampoco podrá ni ver ni detectarnos a nosotros. Así los microbios, así el futuro, así las estrellas ubicadas más allá de nuestro horizonte de sucesos, así el interior de alguien que pasa y saluda, así el 100 % de la gente que ha muerto. Cuando vemos una película no la vemos porque sus personajes no pueden vernos. Pero para entenderlo hay que imaginar que es como si la norma fuera que los hijos no se pareciesen físicamente a ninguno de los padres, para no verse en ellos. No es fácil. Pero hay que entenderlo». Esta novela es también una miscelánea de géneros narrativos; encontramos componentes de ciencia ficción, mesurado terror, intrigante suspense, farsa paródica, relato humorístico, sarcástica erudición, y apocalípticas perspectivas. En suma, un agitado cóctel de arte, ciencia, filosofía, ética y política, mezclado todo ello con la intención de asombrar al lector, acaso desestabilizarlo forzando los límites de la consecuencialidad realista y la verosimilitud cotidiana.

Precisamente por ello se requiere un lector que «olvide» a Galdós, Balzac, Dickens o Delibes y, sin prejuicios objetivistas, se adentre en una aventura de intertextual estructura, fluctuante temporalidad, fragmentario desarrollo y volátil argumento.

Nueva estética

El éxito de esta iniciativa novelesca daría lugar a todo un grupo literario, la Generación Nocilla donde, con mayor o menor proximidad, se integraban, entre otros, escritores como Eloy Fernández Porta, Vicente Luis Mora, Mario Cuenca Sandoval, Lolita Bosch, Javier Calvo, Gabi Martínez, y Jorge Carrión. Una nueva estética cobraba forma narrativa sobre el antecedente lírico de lo que Agustín Fernández Mallo rotulaba como Poesía postpoética, que se entendía, según propia declaración textual como «una red de redes en continua experimentación y expansión, y al poeta, como un laboratorio».

Se atisbaba ya el arrollador protagonismo de la informática, la mercantilización del arte, la banalización de la cultura, y el imperio de los medios de comunicación. Se entiende aquí la literatura como un ámbito abierto a muy diversas modalidades expresivas, desde el arte pop a la experimentación cibernética, pasando por el cine indie, la prosa poética, el ensayo científico y la publicidad creativa. Todo ello no es ajeno a un emotivo lirismo cosmogónico, con palabras como estas: «La ciudad en la noche vista desde el cielo. Piensa. Una casa, una luz que se apaga. Al instante un número indeterminado de luces a su alrededor también se apagan, y en cascada el círculo oscuro va ampliando su radio hasta que toda la ciudad deja de verse. (...) Cada continente es un punto de luz que ahora se apaga. Por efecto dominó se apagan todos los continentes adyacentes hasta quedar en tiniebla toda esa cara de la Tierra. Piensa. Sólo eso, piensa. En la otra cara aún es de día. Pero piénsalo bien». La formación profesional como físico del autor incluye fórmulas de esa materia en este rompecabezas narrativo, en el que se pueden rastrear las huellas de grandes visionarios de mixtificadora narratividad como Don Delillo, Kurt Vonnegut o J. G. Ballard. Pero si hay una cercana referencia inexcusable esa es la Generación beat, con su imaginario de personajes marginales y desarraigados, rebeldes sin causa en un mundo irreconocible.

En el camino, de Jack Kerouac, fija los patrones de la novela itinerante, plagada de estrafalarias situaciones y disparatados protagonistas. Cabe recordar aquí una novela de culto en el ámbito contracultural de esa generación literaria, «La pesca de la trucha en América» (1967), de Robert Brautigan, un viaje metafórico, fragmentario y estrafalario por los profundos USA. En algún momento de «Nocilla Dream» se alude a la Región de Juan Benet, en una clara referencia de intencionadas similitudes: «Suenan acordes en el desierto de Albacete, siempre suenan. Se extienden en ondas por un paisaje sin rozamiento. Como aquellos acordes monótonos y primitivos que, según Benet, avanzaban por Región y trabajaban golpeando los cristales de las ventanas». Esta alusión no es meramente descriptiva sino que se perfila como una clara adhesión a la narrativa del genial novelista. Coinciden ambos, Benet y Fernández Mallo, en la recreación de una desolada geografía de dimensión ética y estética.

El misterioso álamo sobre el que gravita la novela conlleva un inhóspito paisaje íntimo: «En el momento en que sopla el viento del sur, aquel que llega de Arizona y remonta los diferentes desiertos semihabitados y la docena y media de poblados que con los años se han visto sujetos a un éxodo imparable hasta decaer en poco más que en pueblos-esqueleto, en ese momento, justo en ese momento, los cientos de pares de zapatos que cuelgan del álamo se someten a un movimiento pendular, pero no todos con la misma frecuencia, dado que los cordones por los que están sujetos a las ramas son de una longitud muy diferente en cada uno de ellos». Un estilo este tendente a la parataxis, con irónicas digresiones e intencionadas paradojas, que conforma una narrativa transgresora y rupturista.

Cuando apareció «Nocilla Dream» la crítica literaria osciló entre el esceptismo ante un raro artefacto de esnobistas pretensiones intelectuales, y el admirado entusiasmo ante lo que se consideraba como una necesaria renovación narrativa. Debe tenerse en cuenta que estaba palpitante entonces la vieja cuestión de la decadencia (o no) de la novela. En este sentido, la edición definitiva de «Nocilla Dreams», veinte años después, con su particular estilo, estructura y argumento, posibilita una lectura actual plenamente vigente en su potente intención transgresora.

Lo mejor: El ímpetu renovador y rupturista de una narrativa que pretende vulnerar la convencional expresión realista

Lo peor: Nada a señalar, salvo que se precisa un lector abierto a una innovadora expresividad

© Archivo

El paisaje árido de «París, Texas», filme de Win Wenders, recuerda al narrado por Fernández Mallo

© Miquel González/Shooting

Agustín Fernández Mallo fotografiado la pasada semana en Barcelona
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